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Ramadán: El bendito mes del Islam
Historias del Ramadán | Historias del Ramadán |
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| escrito por Cüneyd Suavi | |
| 19.08.2009 | |
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El árbol del pastor Siempre que el viejo pastor marchaba a los prados para apacentar a sus ovejas, descansaba bajo un manzano cerca de una colina, y si era otoño se dirigirÃa al árbol diciéndole: «¡Venga, estimado árbol, dale una manzana a este anciano!» Y a continuación una deliciosa y madura manzana caÃa del árbol. El anciano tomaba su cuchillo, con su mango labrado en nácar, y cortaba la manzana en trozos. Luego mezclaba estos pedazos con yogur y lo comÃa con gran apetito. El anciano pastor habÃa plantado el árbol hacÃa ya veinte años y lo regaba con frecuencia al principio. Después de hacer las abluciones, regaba el árbol con el agua que permanecÃa en su jarra. El manzano creció y comenzó a dar fruta. En aquel tiempo, el pastor era joven y coger las manzanas no era ningún problema para él. Con los años, sin embargo, el árbol creció en altura y el pastor se hizo más viejo. No importa cuantos años pasaran, el mismo árbol que el pastor habÃa cuidado como si de un bebé se tratara le proporcionaba todavÃa al anciano sus frutas. Cuando el pastor acarició el árbol, le decÃa: «¡Hijo mÃo, envÃame mi parte para hoy!», y una manzana caerÃa sin necesidad de que él tuviera que repetir su petición. Esto continuó durante años sin interrupción. Los aldeanos podÃan contemplar este acontecimiento desde la distancia y corrió el rumor de que el anciano era un santo. Por lo tanto, no dejaban a nadie más recolectar la fruta del «árbol del pastor» y si alguien se atreviera a hacerlo en secreto serÃan reprendidos. Un dÃa, el pastor pidió una manzana de nuevo. Aunque las ramas estaban llenas de manzanas, ninguna de ellas se dejó caer. El anciano repitió su petición, una y otra vez. El árbol no respondió. El anciano se alejó del árbol, las lágrimas comenzaron a rodar por su cara, mojando su barba blanca y buscó el consuelo entre sus ovejas. Era la primera vez que su niño lo habÃa rechazado. El pastor caminaba encorvado, pues su cuerpo se habÃa hecho demasiado pesado para sus débiles piernas, y es que el tiempo no pasaba en vano. Cuando reunió a las ovejas y se dirigió hacia el pueblo, se sorprendió cuando escuchó el adzan de la tarde —la llamada a la oración— que se dirigÃa a todos desde el minarete de la mezquita del pueblo. Fue como haber nacido de nuevo, cayó en la cuenta de algo. Sin prestar mucha atención a su viejo corazón, el pastor lleno de alegrÃa corrió en dirección al árbol. Cuando abrazó al árbol con compasión le dijo: «Querido mÃo antes de permitir que este anciano se lamentara de su suerte, ¿por qué no me avisaste que hoy era el primer dÃa del Ramadán y que tenÃa que ayunar?». Tras romper el ayuno Fuimos invitados a una comida de iftar junto a algunos profesores de universidad por un hombre de negocios. Cuando se acercaba el momento de romper el ayuno el tema de nuestra conversación se tornó hacia la comida. TenÃamos un hambre «voraz» y deseábamos disfrutar de la comida que iban a servirnos. Entonces llegó la hora y nos levantamos. Antes de que llegáramos a la mesa, nuestro anfitrión nos ofreció dátiles para romper el ayuno y aconsejó comer después de que hubiésemos terminado la oración de magrib. Yo no me habÃa podido levantar para realizar la comida antes del amanecer y me desilusionó en extremo dicha sugerencia. Cuando este pensamiento cruzó por mi mente, el anfitrión me dijo: «¿Le gustarÃa dirigir la oración, Sr. Suavi? Oà que usted lo suele hacer a menudo». Me di prisa y di un paso adelante para ubicarme por delante de las filas y comenzar de inmediato ya que no querÃa perder más tiempo. Cuando uno de los profesores comenzó a recitar el qamat, antes de que comenzáramos la oración, mi pobre estómago emitÃa quejidos por el hambre. El comedor estaba lleno de invitados y en el mismo instante en el que estaba a punto de comenzar a recitar la oración, el hijo más joven de nuestro anfitrión entró con una bandeja llena de pizzas, dejando aquella comida maravillosa en la mesa que se hallaba junto a mÃ. Supongo que el chico era algo travieso a su vez, pues debió intuir el hambre que tenÃa; el chico se echó a la boca un gran bocado de una porción de pizza y miró a mis ojos directamente con una sonrisa maliciosa, relamiéndose sus labios. La tentación fue suficiente como para influir negativamente en mi concentración. Detrás de mà se encontraba un profesor de fÃsica de la facultad en donde trabajamos juntos. Yo sabÃa que no le gustaba mucho la pizza y le pedà dirigir la oración ya que no era capaz de hacerlo apropiadamente. Ese buen hombre no rechazó mi petición y tomó mi lugar. Cuando el qamat estaba siendo recitado por segunda vez el chico entró de nuevo, esta vez con una olla llena de arroz cocido con pollo asado. Mi amigo no podÃa apartar sus ojos de los platos deliciosos. Después de tragar saliva se tornó hacia nuestro anfitrión y dijo: «Acabo de recordar que serÃa mucho mejor que el anfitrión dirigiera la oración». Nuestro anfitrión se sorprendió, pero se adelantó en las filas, y alguien más recitó el qamat esta vez, ya que el profesor estaba cansado. Finalmente, logramos comenzar la oración. El hombre era un hafiz, es decir, habÃa memorizado el Corán al completo, versÃculo por versÃculo, y enseñaba a recitarlo a numerosos estudiantes. Leyendo los versÃculos con precisión, el anfitrión no tuvo prisa. Después de haber terminado Fatiha, siguió con la Sura al-Yasin. Pensé que leerÃa simplemente unos versÃculos al principio, pero, ¡ay de mÃ! No fue asÃ, recitó la sura entera y comenzamos la segunda parte de la oración veinte minutos más tarde. Él siguió con la Sura ar-Rahman. Debió haber sido por las bendiciones en el ParaÃso que son mencionadas en estos versÃculos, pero mi hambre se hizo insoportable y mis piernas comenzaron a temblar. Por fin, tras media hora, la oración fue completada. Entonces nuestro anfitrión indicó: «No he podido ayunar hoy puesto que me han operado recientemente. Debéis tener hambre, por favor acercaos a la mesa». Mientras ingerÃamos la comida pensé cuán impotentes criaturas éramos y cuán maravillosas son las bendiciones que nos han sido concedidas. Cada bocado de comida pasó por mi garganta con un sentimiento de apreciación, reflexión, y de sumo agradecimiento. Y me sentà como un sultán en el mes de Ramadán, el «mes sultán de todos los meses». |
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