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El profeta Muhammad (La paz y las bendiciones sean con él) PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Süleyman Eris   
16.05.2007

Si por un momento imagináramos que retrocedemos 1.400 años en el tiempo, encontraríamos el Mundo completamente diferente. Las oportunidades de intercambiar ideas y conocimientos serían escasas, y los medios de comunicación limitados y subdesarrollados. La oscuridad todo lo dominaría, y sólo la tenue y débil luz del aprendizaje, apenas suficiente para alumbrar el horizonte del conocimiento humano, sería visible. La gente de aquel tiempo no tenía amplitud de miras, y sus ideas acerca de la humanidad y el resto de las cosas estaban circunscritas a lo que se encontraba limitado a su alrededor. Sumidos en la ignorancia y la superstición, su incredulidad era tan fuerte y tan extendida que rechazaron considerar algo como elevado y sublime a menos que apareciera envuelto bajo el manto de lo sobrenatural. Habían desarrollado tal complejo de inferioridad que no podían imaginar a ninguna persona poseyendo un alma piadosa o un modo de ser santo.

La patria del Profeta

En aquella era sumida en la ignorancia, la oscuridad se abate más pesada y tupida en unas tierras que otras. Países vecinos como Persia, Bizancio y Egipto poseyeron una tenue luz de civilización, de progreso y de saber, pero la Península Arábiga, aislada y bloqueada por vastos océanos de arena, era cultural e intelectualmente una de las regiones más atrasadas del mundo. Hiyaz, el lugar de nacimiento del Profeta, la paz y las bendiciones sean sobre él, no había superado siquiera el limitado desarrollo de regiones vecinas, y tampoco había experimentado ninguna evolución social o había alcanzado algún desarrollo intelectual de importancia. Aunque su altamente desarrollado lenguaje pudiera expresar hasta los más bellos matices del significado, un estudio de su literatura revela el grado limitado de su conocimiento. Todo esto ilustra sus bajos niveles culturales y de progreso, su naturaleza profundamente supersticiosa, sus costumbres bárbaras y feroces, y sus niveles morales y cognitivos groseros y degradados.

Esta era una tierra sin gobierno alguno, ya que cada tribu reclamaba la soberanía y se consideraba independiente. La única ley reconocida era la de «la selva». El robo, el incendio intencionado y el asesinato de la gente inocente estaban a la orden del día. La vida, la propiedad y el honor estaban constantemente en peligro, y las tribus se encontraban siempre en pie de guerra las unas con las otras. Un incidente trivial podía embarcarlos en una guerra feroz, que a veces desembocaba en una conflagración que sumergía el país entero en una guerra durante décadas. En el libro «La Civilización Árabe», Joseph Hell escribe:

Estas luchas destruyeron el sentido de la unidad nacional y desarrollaron un particularismo incurable: cada tribu se juzga a si misma autosuficiente y en cuanto al resto de tribus las considera como víctimas legítimas para el asesinato, el robo y el pillaje.[19]

Apenas capaces de discriminar entre puro e impuro, legal e ilegal, sus conceptos de moralidades, cultura, y civilización eran primitivos y burdos. Su vida era salvaje y su comportamiento era pri mitivo. Se deleitaban en el adulterio, los juegos de azar y la bebida. Permanecieron de pie desnudos unos frente a otros, sin vergüenza y las mujeres, a su vez, circunvalaban la Kaba desnudas.

Su falso prestigio pidió el infanticidio femenino huyendo de la deshonra de tener a alguien «inferior», que contrajera matrimonio en un futuro con el que acabará siendo heredero de sus posesiones en última instancia, el hombre, según sus costumbres. Ellos se casaron con sus madrastras enviudadas y no sabían nada acerca de los buenos modales a la hora de comer, vestirse y limpiarse. Los adoradores de las piedras, los árboles, ídolos, estrellas, y espíritus, habían olvidado las enseñanzas de los primeros Profetas. Tenían alguna vaga idea acerca de que Abraham e Ismael eran sus antepasados, pero casi todo el conocimiento religioso de estos antepasados y el entendimiento de Dios se había perdido en la noche de los tiempos.

La vida de Muhammad antes de su Misión Profética

Así era la patria del profeta Muhammad, tierra natal en la cual nació en el año 571. Su padre Abdullah murió antes de que él naciera, y su madre Amina falleció cuando tenía 6 años. Por consiguiente, él fue privado de cualquier educación y enseñanza que cualquier niño árabe de aquel tiempo recibía. Durante su infancia, cuidó de rebaños de ovejas y cabras con otros muchachos beduinos. Ya que la educación nunca les llegó, permaneció completamente sin instrucción e iletrado.

El Profeta dejó la Península Arábiga sólo en dos ocasiones. Cuando era joven, acompañó a su tío Abu Talib en una caravana comercial hacia al-Sham (entre los territorios actuales de Israel, Palestina, Líbano, Siria y Jordania). Otro momento fue cuando condujo otra caravana comercial hacia la misma región para la viuda Jadiya, una adinerada mujer comerciante originaria de La Meca 15 años mayor que él. Se casaron en últimas instancias cuando el Mensajero tenía 25 años, y vivieron felizmente juntos hasta que ella muriera 20 años más tarde.

Siendo iletrado, no leyó ningún texto religioso judío o cristiano, o tenía cualquier relación apreciable con ellos. Las ideas y costumbres de La Meca eran idólatras y completamente ajenas al pensamiento religioso cristiano o judío. Incluso los hanifs de La Meca, aquellos que siguieron una parte de la religión — libre de toda impureza— de Abraham en una forma adulterada y confusa y rechazaron la idolatría, no fueron influenciados por el Judaísmo o el Cristianismo. Ningún pensamiento judío o cristiano se refleja en el legado poético que se conserva de esta sociedad. Si el Profeta había hecho cualquier esfuerzo por conocer dichos pensamientos, habríamos sido informados de ello.

Además, Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, evitó los estilos intelectuales de poesía y retórica, muy populares en esa zona, antes incluso de su Misión Profética. La historia no registra ninguna diferencia que lo sitúe por encima de los demás, excepto por su compromiso moral, su honradez, su honestidad, su veracidad y su integridad. Él no mintió, una aseveración probada por el hecho de que hasta sus peores enemigos en ningún momento le tildaron de mentiroso. Habló cortésmente y nunca utilizó un lenguaje obsceno u opensivo. Su personalidad encantadora y maneras excelentes cautivaron los corazones de aquellos que lo encontraron. Él siempre seguía los principios de la justicia, el altruismo, y la honradez con los demás, y nunca engañó a nadie o faltó a sus promesas.

Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, se dedico al comercio y a la compraventa durante años, pero nunca se vio implicado en una transacción deshonesta y sucia. Aquellos que mantenían tratados comerciales con él tenían plena confianza en su integridad. Cada uno de ellos le llamó al-Amin (el que dice la verdad, el Veraz y digno de confienza). Incluso sus enemigos le confiaron sus pertenencias preciosas para una custodia segura, y él escrupulosamente cumplió su palabra. Él era la encarnación de la modestia en una sociedad que era presuntuosa e impúdica hasta la medula.

Habiendo nacido y crecido entre gente que consideró la embriaguez y los juegos de azar como virtudes, él nunca bebió alcohol ni jugó. Rodeado por gente despiadada, su propio corazón se desbordó por el néctar de la bondad humana. Ayudó a huérfanos, viudas y al pobre, y era hospitalario con los viajeros. Sin dañar a nadie, se expuso a la privación por ellos. Evitando contiendas tribales, era el principal valedor para la reconciliación. Nunca se doblegó ante cualquier cosa creada ni fue partícipe de los ofrecimientos hechos a ídolos, incluso cuando era niño, ya que odió toda adoración dedicada al que no era el Dios Único. En resumen, su personalidad altísima y radiante, aun cuando se encontraba en medio de un ambiente tan sumido en la ignorancia y la oscuridad, puede ser comparada con un faro de luz que ilumina una noche oscura como boca de lobo, a un diamante que brilla entre un montón de carbón.

La Misión

En el año 610, cuando tenía 40 años, un extraordinario cambio le acaeció. Su corazón, iluminado con la Luz Divina, tenía ahora la fortaleza para lo que él había ansiado. Durante uno de sus numerosos retiros con la intención de reflexionar en el monte Hira durante el mes de Ramadán, recibió la primera Revelación del Arcángel Gabriel (Yibril). Gabriel le dijo a Muhammad, «Lee». Muhammad respondió, «Yo no puedo leer», porque no había recibido una educación formal y era iletrado. Gabriel entonces lo abrazó hasta que él alcanzó el límite de su resistencia y, después liberándolo, le dijo, «Lee». La respuesta de Muhammad fue la misma de antes. Gabriel le abrazó por tercera vez, y le pidió que repitiera después de él y señaló:

«¡Lee en el nombre de tu Señor que ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo suspendido (en la pared del útero). ¡Lee, que tu Señor es el más Generoso! Enseñó (al hombre) por medio del cálamo. Enseñó a la humanidad lo que no sabía» (Sura al-Alaq, 1-5).

Ese día, a Muhammad le fue concedida su misión como último Profeta, por lo que dejó su confinamiento en la cueva en la cual solía retirarse a intervalos regulares, marchó con su gente, y los invitó a abrazar al Islam.

Muhammad como Profeta y Mensajero de Dios

Durante 40 años, Muhammad vivió como un hombre corriente entre su gente. Él no era conocido como estadista, predicador u orador. Nadie le había oído impartir sabiduría y conocimiento, o hablar acerca de los principios de la metafísica, la ética, la ley, la política, la economía, o la sociología. No tenía ni buena ni mala reputación como soldado y tampoco era conocido como un gran general. No dijo ni comentó nada acerca de Dios, los ángeles, los Libros Revelados, Primeros Profetas, naciones de antaño, el Día del Juicio Final, la vida después de la muerte, o el Cielo y el Infierno. Sin duda tenía un carácter excelente, modales encantadores y excelsa educación, aunque nada de esto hacía prever que llevaría a cabo algo tan grande y revolucionario. Sus conocidos lo tenían presente como un ciudadano sensato, tranquilo, amable, un ciudadano digno de confianza por naturaleza. Pero cuando abandonó la cueva de Hira con un nuevo mensaje, se apreciaba a simple vista que había sido completamente transformado.

Cuando comenzó a predicar, su gente empezó a sobrecogerse y maravillarse, encandilada por su deslumbrante elocuencia y habilidad de palabra. Era tan impresionante y encantador que hasta sus enemigos más temibles tuvieron miedo de escucharle, no sea que su mensaje penetrara en lo más profundo de sus corazones y los hiciera abandonar su pseudo-religión tradicional y su cultura. Estaba así más allá de toda comparación con ningún poeta, predicador u orador árabe, sin importar cuán competentemente experto fuera, ya que no pudieron igualar su hermosa palabra y espléndida dicción cuando él los desafió a hacerlo. Aunque ellos colaboraran entre si, no podrían elaborar ni siquiera una línea que pueda compararse con aquellas que él recitó.

Desafiando una inmediata y más que severa oposición, él hizo frente a sus opositores mostrando una sonrisa y permaneció inmutable ante sus críticas y coacciones. Cuando la gente cayó en la cuenta de que sus amenazas no asustaban a este hombre noble y que las tribulaciones más implacables que les fueron infligidas a él y a sus seguidores no tenían ningún efecto, intentaron otra táctica —que también estaba destinada al fracaso—.

Una delegación de los principales miembros coraichíes (su tribu) le ofreció un soborno para que abandonara su misión:

«Si ansías la riqueza, acumularemos para ti tanto como desees; si buscas el honor y el poder, te juraremos lealtad como nuestro jefe supremo y rey; si deseas la belleza, tendrás la mano de la doncella más hermosa de tu elección».

Las condiciones tentaban sumamente a cualquier persona común, pero no eran de gran importancia a los ojos del Profeta. Su respuesta cayó como un jarro de agua fría en la delegación coraichí, quiénes pensaban que al haber jugado todas sus bazas habían convencido al Mensajero:

«No quiero, ni riqueza ni poder. Dios ha encargado que yo advierta a la humanidad. Os entrego Su mensaje. Si lo aceptáis, tendréis la felicidad y la alegría en esta vida y felicidad eterna en el Más Allá. Si lo rechazáis, Dios decidirá entre nosotros dos.»

En otra ocasión él dijo a su tío, que estaba siendo presionado por los líderes tribales para persuadirlo a abandonar su misión:

«¡Oh tío! Aunque ellos colocaran el Sol en mi mano derecha y la Luna en mi izquierda para hacerme renunciar esta misión, aun así no desistiría. Nunca desistiré en mi empeño. Esto complacerá a Dios para hacerla triunfar o moriré en mi intento».[20]

La fe, la perseverancia y la resolución con las que llevó su misión al éxito final son una prueba elocuente de la verdad suprema de su causa. Si hubiera existido la más pequeña duda o la incertidumbre en su corazón, él no habría sido nunca capaz de afrontar la tormenta que siguió con toda su furia durante 23 largos años.

Entrega y devoción en el requerimiento a abrazar el Islam

Las primeras personas en aceptar el ofrecimiento de abrazar el Islam por parte del Profeta fueron Jadiya, Ali, Zayd ibn Hariza y Abu Bakr. A ellos le siguieron Osman, Abdurrahman ibn Awf, Sa’d ibn Abi Waqqas, Talha y Zubayr. Estos primeros musulmanes, y en particular el Profeta, sufrieron un gran número de persecuciones y suplicios a manos de los adoradores de ídolos. De hecho, muchos musulmanes, como Yasir y su esposa, Sumayya, fueron asesinados tras una tortura insoportable.

La resistencia de esos primeros musulmanes influyó enormemente en la expansión del Islam. Lo cierto es que en los primeros seis años de su Misión Profética, hombres fuertes y valientes como Hamza y Omar abrazaron el Islam y se integraron entre los Compañeros del Profeta. Ya que el número de aquellos que creían en el Islam incrementó, también lo hizo el número de obstáculos colocados por los paganos para prevenir la expansión de esta nueva fe. En el quinto y sexto año de la Misión Profética algunos musulmanes se vieron obligados, debido a la situación, a obtener permiso del Profeta para emigrar a Abisinia.

Durante el transcurso del séptimo año, los incrédulos aislaron y sitiaron a los musulmanes en una zona delimitada y organizaron un boicot contra ellos. Tenían prohibido comerciar, viajar y establecer relaciones con otras personas. Esta situación duró tres años. En el décimo año de la Misión Profética, tras las muertes consecutivas de Jadiya y Abu Talib, el tormento y el sufrimiento ocasionados por los enemigos del Islam se incrementaron de nuevo aún más. Jadiya y Abu Talib eran personas respetadas en la comunidad y a este respeto habían proporcionado, hasta cierto punto, un grado de protección al Profeta.

El Profeta se dirigió a la población de Taif con la intención de obtener un apoyo externo. Pero el pueblo de Taif no sólo no aceptó el Islam ni le proporcionó apoyo al Profeta, sino que lo recibieron lapidándolo, y tan sólo fue capaz de salvarse protegiéndose en un huerto a las afueras de Taif, cubierto por su propia sangre. En su súplica, después de haber sufrido este horrible trato, el Profeta indicó que si él verdaderamente se hallaba cumpliendo con su misión, entonces tal tortura no significaba nada para su persona. Sin duda alguna actuó de manera correcta y cumplió con sus responsabilidades.

Pese a todas las dificultades, los esfuerzos del profeta Muhammad en pos de expandir el Islam continuaron. Intensificó la mayoría de sus esfuerzos en las encrucijadas e intersecciones de las afueras de las ciudades por donde los viajeros normalmente transcurrían. Finalmente, un grupo de seis personas que había venido de Medina (en aquel entonces llamada Yazrib) con la intención de peregrinar atestiguó la verdad del mensaje que él trajo y prometió cumplir con las estipulaciones del Islam. Al año siguiente, cinco personas de este grupo llegaron desde Medina con otras siete personas y juraron fidelidad al Profeta en Aqaba. Un segundo juramento tuvo lugar al año siguiente en el que participaron setenta y cinco personas, los cuales prometieron proteger al Profeta al tiempo que protegían a sus propias mujeres y niños. En el tiempo que siguió a esto, con el permiso de Dios y el del Profeta, los musulmanes quienes estaban sufriendo en La Meca emigraron de ahí hacia Medina. Esto es conocido como la Hégira en la terminología islámica, y marca el comienzo del calendario islámico. Los últimos en emigrar fueron el Profeta y Abu Bakr. Fue una difícil emigración, con los paganos de La Meca persiguiéndolos desde las cavernas de Zawr, en el sur de La Meca, y continuando dicho acoso hasta casi llegar a la ciudad de Medina. El Profeta y Abu Bakr viajaron rodeados de arduos peligros, pero finalmente consiguieron llegar a Medina. La población de Medina, en contraste con la de La Meca, albergó al Profeta en su seno, reuniéndose alrededor suyo. Proporcionaron apoyo a los que habían abandonado sus hogares en La Meca por la gloria de Dios. Esta es la razón por la cual Dios Todopoderoso llama a la gente de Medina los Ansar (los ayudantes) en el Corán. Y así, una sincera confraternidad fue establecida entre los emigrantes y los Ansar inmediatamente después de la emigración del Profeta. De esta manera, el acto de ayudar a la gente alcanzó una dimensión espiritual. Este respaldo popular ayudó a abordar los problemas psicológicos, los emigrantes encontraron la oportunidad de compartir su experiencia en el Islam con la gente de Medina. Los emigrantes establecieron tiendas y mercados, y fueron capaces de mantenerse a sí mismos en un espacio de tiempo muy breve. De esta forma, los musulmanes favorecieron e impulsaron a su vez la vida económica de la ciudad.

Estos progresos atemorizaron a los paganos de La Meca. Quisieron destruir a los musulmanes antes de que se hicieran aún más fuertes. El resultado de esto se puede contemplar en batallas entre los musulmanes y los paganos, como las de Badr, Uhud, la Batalla de la Trinchera, y Muraysi. En el año 630 d.C, La Meca fue conquistada. El Profeta regresó triunfalmente a la ciudad de la que había tenido que marcharse. El propósito de este regreso era limpiar la Kaba y las áreas circundantes, de ídolos, y transformarlas hasta recuperar su estado original, tal y como lo era cuando fue construida por Adán y reconstruida por el profeta Abraham. El profeta Muhammad no actuó con venganza ni con resentimiento, sino todo lo contrario, promulgó un perdón general. Mostró su grandeza al perdonar cuando él se hallaba en una posición fuerte, estaba planeando la unificación, una celebración, y no tenía tiempo que desperdiciar en asuntos triviales.

La orgullosa y altiva tribu de Hawazin, que no pudo soportar estos nuevos acontecimientos, elaboró planes para evitar el rápido desarrollo de los musulmanes; pero dichos propósitos fueron inútiles. Los Hawazin fueron vencidos en la batalla que entablaron a los musulmanes. Como resultado, el eco de la victoria del Islam resonó por toda la región, iniciándose en la región de Hiyaz, y extendiéndose por toda la Península Arábiga. Habiendo transcurrido un año después de que el Profeta hubiese regresado a Medina, éste recibió a los representantes de cientos de tribus en dicha ciudad.

En el año 632, durante la época del Hayy, el Profeta habló ante más de cien mil musulmanes. Conocido como el Sermón de Despedida, este discurso fue un resumen del pensamiento islámico y presentó los más perfectos principios de los derechos humanos. El amado Profeta, quien fue capaz de comunicar el mensaje confiado a él gracias a su paciencia, determinación y valor, cerró sus ojos a este mundo, un lunes 8 de junio del año 632.

¿Cuál fue su mensaje?

El profeta Muhammad se halla definido en el Corán como un otorgador de buenas nuevas y un advertidor. Cuando regresó a su comunidad con su misión, desafió al corrupto status quo que regía la región así como a las distorsionadas formas de fe. Lo que él predicó a su sociedad y a los pueblos de todas las épocas y condiciones puede ser brevemente resumido del modo siguiente:

Los ídolos que adoráis no son más que meros impostores, por lo tanto dejad de venerarlos. Ninguna persona, estrella, árbol, piedra o espíritu merecen vuestra adoración. No doblegar vuestras cabezas ante ellos en señal de adoración. El Universo entero pertenece a Dios Omnipotente. Tan solo Él es el Creador, Aquel que Nutre, el Sustentador, y de este modo el verdadero Soberano ante Él que todos deberían postrarse y Quién es digno de sus rezos y obediencia. Por ello veneradle solo a Él y obedeced Sus órdenes.

El robo y el pillaje, el asesinato y la rapiña, la injusticia y la crueldad, y todos los vicios de los cuales os com- placéis son pecados a los ojos de Dios. Abandonad el camino equivocado hacia la maldad. Decid la verdad. Sed justos. No matad a nadie, ya que aquel que mate a una persona injustamente es como si hubiera matado a toda la humanidad, y quienquiera que salve la vida de una persona será como haber salvado a toda la humanidad (5:32). No robéis a nadie, pero tomad vuestra parte legal que justamente os corresponde y dad aquello que corresponde a otros en justa manera.

No establezcáis y asociéis otras deidades con Dios, o seréis condenados y abandonados. Si uno o ambos de vuestros padres llegan a la vejez y viven con vosotros, habladles con respeto y piedad, debéis ser humildes con ellos. Dad a vuestros parientes lo que les corresponde. Dad al necesitado y el viajero, y no despilfarréis. No matéis a vuestros niños porque temáis caer en la pobreza o por otros motivos. Evitad el adulterio, ya que es indecente y malo. No toquéis la propiedad del huérfano ni del débil.

Cumple con el pacto, porque seréis preguntados por ello. No estaféis ni timéis cuando midáis y peséis artículos en las relaciones comerciales. No persigáis aquello de lo que no tenéis ningún conocimiento, ya que vuestros oídos, ojos, y corazón serán preguntados acerca de ello. No camines arrogantemente, ya que nunca la Tierra se abrirá a tu paso o conseguirás hacer cumbre en las montañas gracias a tu orgullo. Hablaos cortésmente el uno al otro, ya que Satán utiliza un lenguaje obsceno para provocar la lucha. No retiréis la cara en desprecio y enfadéis a otros o caminéis con imprudencia sobre la Tierra.

Dios no ama a aquellos que se jactan y vanaglorian, por lo que debéis ser modestos en vuestros modales y contener vuestra lengua. No burlaros de los demás, ya que ellos pueden ser mejores que vosotros. No os critiquéis los unos a los otros ni os llaméis con apodos ofensivos. Evitad la desconfianza y el recelo, ya que la más pequeña desconfianza es un pecado. No espiéis o calumniéis los unos a los otros. Sed seguidores devotos de la justicia y testigos para Dios, aunque ello signifique ponerse en contra de vosotros, o vuestros padres y parientes, sin tener en cuenta si son ricos o pobres. No os desviéis en pos de caprichos banales. Sed testigos firmes de Dios ecuánimemente, y no dejad que vuestro odio hacia los demás se convierta en injusticia hacia ellos.

Dominad vuestra furia y perdonad las ofensas de los demás. Los actos de bondad y los de maldad no se parecen, rechazar el mal acto con uno bueno; así podréis vencer vuestra enemistad y ser amigos leales. La recompensa para una mala intención es un mal similar; pero quienquiera que perdone y rectifique a la persona malvada con la bondad y el amor será recompensado por Dios. Evitad el alcohol y los juegos de azar, ya que Dios los ha prohibido.

Sois seres humanos, y todos los seres humanos sois iguales a los ojos de Dios. Nadie nace con la mancha de vergüenza sobre su cara o la capa de honor alrededor de su cuello. La única gente excelsa y honrada es aquella consciente de Dios y que es piadosa, auténtica en palabras y hechos. Distinciones en el nacimiento o la raza no son criterios de grandeza y honor.

Durante un día después de que muráis, apareceréis ante una Corte Suprema y explicaréis todos vuestros hechos, ninguno de los cuales puede ser escondido. El registro de vuestra vida será un libro abierto a Dios. Vuestro destino será determinado por vuestras acciones buenas o malas. En el tribunal del Juez Verdadero —Dios Omnisciente— no puede haber ninguna recomendación injusta o favoritismo. No podréis sobornarlo, y vuestro linaje o vuestra familia serán ignorados. La fe verdadera y las buenas acciones tan solo os beneficiarán entonces. Aquellos que siguieron este camino residirán en el Cielo de la felicidad eterna, mientras aquellos que no lo hicieron residirán en el fuego de Infierno.[21]


[19] Joseph Hell, The Arab Civilization («La Civilización Árabe»), Cambridge: W. Heffer and Sons, 1926, pág. 10.
[20] Ibn Hisham, Sirat al-Nabawiya, 1:282.
[21] Citado de Towards Understanding Islam, («Hacia el Entendimiento del Islam»), al-Mawdudi, I.I.F.S.O., 1970, págs. 69-70.

 
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