Menu Principal
| El Profeta, Sus Esposas y los Niños |
|
|
|
| escrito por Ismail Büyükçelebi | |
| 10.05.2007 | |
|
El Profeta Muhammad personifica el papel de padre y marido perfecto. Él era tan amable y tolerante con sus mujeres que ellas no podÃan concebir sus vidas sin él y tampoco quisieron vivir apartadas de él. Él se casó con Sawda, su segunda esposa, mientras estaba en La Meca. Al poco tiempo, quiso divorciarse de ella por ciertos motivos. Ella estuvo sumamente disgustada al enterarse de esta noticia y le imploró: «Oh Mensajero de Dios, no deseo ninguna cosa mundana de ti. Sacrificaré el tiempo que me tienes asignado, si tú no quieres visitarme. Pero por favor no me prives de ser tu esposa. Quiero ir al Más Allá como tu esposa. No me importa nada más». El Mensajero no se divorció de ella, tampoco dejó de visitarla. Una vez notó que Hafsa estaba incómoda por su situación financiera. Entonces el Mensajero dijo: «Si ella lo desea, puedo dejarla libre», o algo similar. Esta sugerencia le preocupó tanto a ella que solicitó mediadores para que lo convencieran de no lo hiciera. Y él mantuvo a la hija de su fiel amigo como esposa digna de confianza. Sus mujeres veÃan el hecho de divorciarse del Mensajero de Dios como una calamidad, asà de firme se habÃa establecido en sus corazones. Ellas compartieron su vida bendita, suave y natural. Si él las hubiera abandonado, ellas habrÃan muerto de la desesperación. Si él se hubiera divorciado de una de ellas, ésta le habrÃa esperado en el peldaño de su puerta hasta el DÃa del Juicio Final. Después de su muerte, hubo mucha pena y profundo dolor. Abu Bakr y Omar encontraban llorando a las mujeres del Mensajero siempre que las visitaban. Su llanto parecÃa continuar por el resto de sus vidas. Muhammad dejó una profunda huella en cada una de ellas. Él tenÃa nueve mujeres y las trató con igualdad a todas y no tuvo ningún problema serio. Era un marido amable y tierno, nunca se comportó severa o groseramente con ellas. En resumen era el marido perfecto. Cada esposa, debido a su generosidad y bondad, pensaba que ella era la más querida por él. La idea de que cualquier hombre muestre tal igualdad e imparcialidad en sus relaciones con nueve mujeres parece imposible. Por eso, el Mensajero pidió el perdón de Dios por cualquier inclinación involuntaria. Él rezaba: «Puedo haber mostrado involuntariamente más amor a una de ellas que a las demás y esto serÃa injusticia. De este modo, Oh Señor, tomo refugio en Tu gracia para las cosas que están más allá de mi poder»(Tirmizi, Nikah, 41:4; Bujari, Adab, 68). Su suavidad penetró en las almas de sus mujeres tan profundamente, que su despedida condujo a un sufrimiento insuperable. No se suicidaron, ya que el Islam lo prohÃbe, pero sus vidas se llenaron de una pena interminable y de lágrimas incesantes. El Mensajero era amable y tierno con todas las mujeres y aconsejó que todos los otros hombres siguieran su comportamiento. Sad ibn Abi Waqqas describió su bondad de esta manera: Omar dijo: «Un dÃa fui a ver al Profeta y lo vi sonreÃr. ¡Que Dios te haga sonreÃr siempre Oh Mensajero de Dios!», dije y pregunté por qué sonreÃa. «SonrÃo por aquellas mujeres. Charlaban delante de mà antes de que tú llegaras. Cuando oyeron tu voz, todas desaparecieron» contestó él aún sonriendo. Oyendo esta respuesta, levanté mi voz y les dije: «Oh enemigos de vosotros mismos, se asustan de mÃ, pero no se asustan del Mensajero de Dios y no le muestran respeto». «Tú eres duro de corazón y estricto» contestaron ellas (Bujari, Adab, 68). Omar también era sensible con las mujeres. Sin embargo, el hombre más hermoso parece feo cuando se compara con la belleza de José. De la misma manera, la delicadeza y la sensibilidad de Omar parecen violencia y severidad cuando se comparan con las del Profeta. La Consulta del Profeta con Sus Mujeres El Mensajero hablaba de los asuntos con sus mujeres como si fueran sus colaboradores y amigos. Seguramente él no necesitaba su consejo, ya que él fue conducido por la Revelación. Sin embargo, querÃa enseñar a su nación que los hombres musulmanes debÃan consultar a sus mujeres. Eso era una idea bastante radical en su tiempo, que incluso hoy en dÃa lo es en muchas partes del mundo. Comenzó a enseñar a su gente a través de su propia relación con sus mujeres. Por ejemplo, las condiciones establecidas en el Tratado de Judaybiya decepcionaron y enfurecieron a muchos musulmanes, ya que por una condición estipulada no iban a poder hacer la peregrinación aquel año. Ellos quisieron rechazar el tratado, ir a La Meca y enfrentarse con las posibles consecuencias. Pero el Mensajero les ordenó matar a sus animales de sacrificio y quitarse su atuendo de peregrino. Algunos Compañeros vacilaron esperando que él cambiara de opinión. Él repitió su orden, pero ellos siguieron vacilando. Ellos no se opusieron al Profeta; más bien, todavÃa esperaban que él cambiara de opinión, ya que habÃan salido con la intención de peregrinar y no querÃan parar en mitad del camino. Al darse cuenta de esta renuncia, el Profeta volvió a su tienda y preguntó a Umm Salama, su esposa que le acompañaba entonces, acerca de lo que ella pensaba sobre la situación. Entonces ella se lo dijo, totalmente consciente de que él no necesitaba su consejo. Al hacerlo, el Profeta les dio a los hombres musulmanes una importante lección social: en absoluto no hay nada incorrecto en el intercambio de ideas con las mujeres sobre los asuntos importantes o sobre cualquier otro tema. Ella dijo: «Â¡Oh Mensajero de Dios! No repitas tu orden. Ellos pueden oponerse y asà fallecer. Mata a tu animal de sacrificio y quÃtate tu atuendo de peregrino. Ellos obedecerán, por voluntad propia, cuando ellos ven que tu orden es definitiva.» Él inmediatamente tomó un cuchillo en su mano, salió y sacrificó a su oveja. Los Compañeros comenzaron a hacer lo mismo, ya que ahora estaba claro que su orden no cambiarÃa. Las mujeres son seres secundarios en las mentes de muchos, incluso de aquellos autoproclamados defensores de los derechos de la mujer asà como de muchos hombres autoproclamados musulmanes. Para nosotros, una mujer es la parte que forma un todo, una parte que hace útil las otras partes. Creemos que cuando las dos mitades se unen, la unidad verdadera de un ser humano aparece. Cuando esta unidad no existe, la humanidad no existe—ni el hecho profético ni la santidad ni el Islam. Nuestro maestro nos animó con sus iluminadas palabras a comportarse tiernamente con las mujeres. Él declaró: «Los creyentes más perfectos son los mejores de carácter y el mejor de vosotros es aquel que es más amable con su familia». Está claro que las mujeres han recibido el honor verdadero y el respeto que merecÃan, no solamente en teorÃa, sino en la práctica actual, sólo una vez en la historia—durante el perÃodo del Profeta Muhammad. El Mensajero de Dios Dejaba Decidir a Sus Mujeres Algunas de sus mujeres habÃan disfrutado de un modo de vida extravagante antes de su matrimonio. Una de ellas era Safiyya, quién habÃa perdido a su padre y marido, y habÃa sido tomado prisionera, durante la Batalla de Jaybar. Ella debÃa estar muy enojada con el Mensajero, pero cuando lo vio, sus sentimientos cambiaron completamente. Soportó el mismo destino que las otras mujeres. Lo soportaron porque el amor del Mensajero habÃa penetrado sus corazones. Safiyya era judÃa. Una vez, se quedó consternada cuando le mencionaron esa realidad con ironÃa. Ella le informó al Mensajero sobre este asunto expresando su tristeza. Él la consoló diciéndole: «Si lo repiten diles: Mi padre es el Profeta Aarón, mi tÃo es el Profeta Moisés y mi marido es, como ya sabéis, el Profeta Muhammad, el Elegido. ¿Tenéis algo más que yo para estar orgullosos?» (Tirmizi, Manaqib, 64) El Corán declara que sus mujeres son las madres de los creyentes (33:6). Aunque han pasado catorce siglos, aún disfrutamos al decir «mi madre» cuando nos referimos a Jadiya, Aisha, Umm Salama, Hafsa y sus otras mujeres. Sentimos esto por el amor a él. Algunos las quieren más que a sus madres reales. Ciertamente, este sentimiento debió ser muy profundo y fuerte en los tiempos del Profeta. El Mensajero fue un perfecto cabeza de familia. Tratándolas por igual, siendo un amante de sus corazones, un instructor de sus mentes, un educador de sus almas. El Mensajero sobresalió en cada campo de la vida. La gente no deberÃa compararlo consigo mismo ni con las supuestas grandes personalidades de su tiempo. Los investigadores deben considerarlo como alguien a quien los ángeles están agradecidos, siempre recordando que él sobresalió en todos los aspectos. Si ellos quieren saber sobre Muhammad deben buscarlo en sus propias dimensiones. Nuestra imaginación no puede alcanzarle, ya que ni siquiera sabemos imaginar correctamente. ¡Que la paz sea con él! El Mensajero de Dios y los Niños Él era un marido extraordinario, un padre perfecto y un abuelo sin par. Era único en todos los aspectos. Trataba a sus hijos y nietos con gran compasión y nunca descuidó su labor de dirigirlos al Más Allá y realizar buenas acciones. Siempre sonreÃa cuando estaba con ellos, cuidaba de ellos y los amaba, pero no permitió que descuidaran los asuntos relacionados con la vida después de la muerte. En asuntos mundanos él era sumamente abierto; pero en cuanto a su relación con Dios, era muy serio y circunspecto. Les enseñó cómo vivir la vida humana, pero nunca permitió que descuidaran sus deberes religiosos y se desviaran. Su objetivo último era prepararlos para la Continuación. Su equilibrio perfecto en tales asuntos es otra dimensión de su intelecto Divinamente inspirada. En un hadiz relatado por Muslim, Anas bin Malik, honrado como servidor del Mensajero durante diez años consecutivos, dice: «Nunca he visto a un hombre que sea más compasivo con los miembros de su familia que Muhammad». Si este reconocimiento fuera hecho solamente por nosotros, podrÃa pasar sin importancia. Sin embargo, millones de personas, tan benignas y compasivas que no molestarÃan ni a una hormiga, declaran que él se dedicaba a todo con compasión. Era un humano como nosotros, pero Dios inspiró en él un afecto tan Ãntimo por cada criatura que él podrÃa establecer una unión con todos ellos. Por lo tanto, estaba lleno de un afecto extraordinario hacia los miembros de su familia y otros. Todos los hijos varones del Profeta habÃan muerto. Ibrahim, su último hijo nacido de su esposa MarÃa, también murió en la infancia. El Mensajero a menudo visitaba a su hijo antes de su muerte, a pesar de estar muy ocupado. Ibrahim fue cuidado por una enfermera. El Profeta lo abrazaba, lo besaba y cuidaba de él antes de volver a casa. Cuando Ibrahim murió, el Profeta lo tomó en su regazo otra vez, lo abrazó y las lágrimas describÃan su pena. Algunos se sorprendieron. El Profeta les contestó: «Los ojos se pueden mojar y los corazones pueden estar rotos, pero no decimos nada excepto por lo que Dios estará contento». Señalando su lengua dijo: «Dios nos preguntará sobre esto»(Bujari, Janaiz, 44; Muslim, Fadail, 62). Llevaba a sus nietos Hasan y Husayn sobre su espalda. A pesar de su posición distinguida, lo hacÃa sin vacilar para anunciar el honor que ellos alcanzarÃan más tarde. Una vez cuando ellos estaban sobre su espalda, Omar entró en la casa del Profeta y viéndolos dijo: «Â¡Qué montura tan hermosa tenéis!» El Mensajero añadió inmediatamente: «Â¡Qué jinetes más hermosos!» (Hindi, Kanz al-Ummal, 13:650) El Mensajero era completamente equilibrado al educar sus hijos. Los amaba muchÃsimo a ellos y a sus nietos y les infundió el amor. Sin embargo, nunca dejó que abusaran de su amor. Ninguno de ellos deliberadamente pretendió hacer nada malo. Si ellos cometieran un error involuntario, la protección del Mensajero impedirÃa que se apartaran del camino recto. Lo hizo protegiéndolos con amor y en un aura de dignidad. Por ejemplo, una vez Hasan o Husayn quisieron comer un dátil que se habÃa dado para que se distribuyera entre los pobres como limosna. El Mensajero inmediatamente lo tomó de su mano y dijo: «Nos está prohibido tomar algo dado como limosna».(Muslim, Zakat, 161) Al educarlos estableció un principio de educación muy importante cuando eran jóvenes para que fueran sensibles sobre los asuntos prohibidos. Siempre que regresaba a Medina, llevaba a los niños sobre su montura. En estas ocasiones, el Mensajero no sólo abrazaba a sus nietos sino también a los que estaban en su casa y los que vivÃan cerca. Ganó sus corazones por su compasión. Amaba a todos los niños. Amaba a su nieta Umama tanto como querÃa a Hasan y Husayn. A menudo salÃa con ella sobre sus hombros y hasta dejaba que estuviera sobre su espalda mientras rezaba. Cuando se postraba la bajaba; cuando terminaba de postrarse, la ponÃa otra vez sobre su espalda (Bujari, Adab, 18). Él mostró este grado de amor a Umama para enseñar a sus seguidores varones cómo tratar a las niñas. Eso era una necesidad vital, ya que tan sólo una década antes la norma social de sepultar vivas a las niñas pequeñas tan solo por el hecho de ser niñas era muy común. Tal afecto público paternal para una nieta no habÃa sido visto nunca antes en Arabia. El Mensajero proclamó que el Islam no permitÃa ninguna discriminación entre los hijos y las hijas. ¿Cómo podrÃa ser de otro modo? Uno es Muhammad, la otra es Jadiya; uno es Adán, la otra es Eva; uno es Ali, la otra es Fátima. Por cada gran hombre hay una gran mujer. Él los amó y los dirigió hacia el Más Allá, hacia la belleza eterna y desapegada del mundo y hacia Dios. Por ejemplo, una vez vio a Fátima llevar puesto un collar—una pulsera, según otra versión—, y le preguntó: «Â¿Quieres que los habitantes de la Tierra y del Cielo digan que mi hija lleva una cadena del Infierno?» Estas pocas palabras, que venÃan de un hombre cuyo trono fue establecido en su corazón y quién habÃa conquistado todas sus facultades, hacen que ella relate este hecho con sus palabras asÃ: «Vendà inmediatamente el collar, compré un esclavo y después lo liberé y luego fui al Mensajero. Cuando le dije lo que habÃa hecho, se puso contento. Con sus manos dirigidas al cielo le dio las gracias a Dios: «Â¡Sean todas las gracias con Dios!, quien protegió a Fátima del Infierno» (Nasa’i, Zinat, 39). Fátima no cometió ningún pecado al llevar el collar. Sin embargo, el Mensajero quiso salvaguardarla en el cÃrculo del muqarrabin—próximos a Dios—. La advertencia que le dirigió a ella estaba basada en taqwa— honradez y lealtad a Dios—y qurb—aquello que nos acerca a Dios— Eso era, en cierto modo, un abandono de las cosas mundanas. Y también es un ejemplo de la sensibilidad que caracterizaba a la madre de la casa del Profeta que representará la comunidad musulmana hasta el DÃa del Juicio Final. Ser la madre de los hombres piadosos como Hasan, Husayn y Zayn al-Abidin no era seguramente ningún cometido común. El Mensajero la preparaba para que fuera primero la madre de su propia casa—Ahl al-Bayt—y luego la de aquellos que descenderÃan de estos. Bujari y Muslim dieron otro ejemplo sobre cómo los educó. Ali relata:
Fátima sigue relatando:
* Este apartado ha sido extraÃdo (y parcialmente editado) de (M.Fethullah Gülen, El Profeta Muhammad, The Light, Inc., 2005, pág.173-178) |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|




