Las Mujeres Imprimir E-Mail
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escrito por Ismail Büyükçelebi   
10.05.2007

Las mujeres instruyen y educan a los niños; establecen el orden, la paz y la armonía en el hogar. Son ellas las primeras maestras en el colegio de la humanidad. En un tiempo en que algunas buscan un nuevo espacio para sí mismas en la sociedad, me gustaría recordarles otra vez la posición sin par que Dios les reservó.

La profundidad interior de una mujer, su castidad y su dignidad, la elevan junto con los mismísimos ángeles y hacen que se asemeje a un diamante sin par. Una mujer de mala reputación es una moneda falsa y una mujer indigna es una marioneta que se ridiculiza a si misma. En la atmósfera destructiva de tales mujeres no es posible encontrar ni hogar saludable ni generación sana.

Una mujer consciente de la virtud en su mundo interior se asemeja a una lámpara colgante de cristal, que con cada movimiento ilumina toda la casa. La noción más importante que debe conocer una mujer es la educación social.

Las mujeres a menudo han sido usadas como objetos de placer, como medios de entretenimiento y como material para publicidad. Sin embargo, hasta ahora todos estos períodos desafortunados han sido punto de partida para que las mujeres se modernicen y encuentren su esencia —tal como las noches son seguidas de los días—.

En el pasado, a un hijo se le llamaba «majdum» y a una hija «karima». Significando «niña de mis ojos», esta palabra expresa un integrante que es muy valioso, tan necesario como valioso y tan delicado como necesario.

Una buena mujer habla sabiamente y tiene un espíritu delicado y refinado. Su comportamiento inspira la admiración y el respeto. Las miradas familiares sienten esta vertiente sagrada de ella y convierten los sentimientos instintivos en contemplación.

Como una flor depositada en el pecho, una mujer bella puede ser objeto de admiración y respeto por un corto espacio de tiempo. Pero, si no ha podido hacer que florezcan las semillas de su corazón y de su espíritu, a fin de cuentas se marchitará y como hojas que caen, serán pisoteadas. ¡Qué fin tan triste para aquellos que no han encontrado el sendero de la inmortalidad!

Gracias a los descendientes de buena condición criados por ellas, el hogar de una mujer madura espiritualmente exhala sin cesar un aroma de dicha, como un quemador de incienso. El hogar «paradisíaco» que «exhala» este aroma es un Jardín del Paraíso indescriptible.

Una mujer cuyo corazón está iluminado con la luz de la fe y cuya mente está iluminada con el conocimiento y el refinamiento social construye su hogar cada día de nuevo al añadirle nuevas dimensiones de belleza. Una mujer disoluta que no conoce su verdadero ser destruye los hogares existentes y los convierte en tumbas.


* Este apartado ha sido extraído de M. Fethullah Gülen, Perlas de la Sabiduría, The Light, Inc., 2005, pág. 68-69.

 
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