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Algunos Destellos del Sistema Económico Islámico PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Ismail Büyükçelebi   
miércoles, 09 de mayo de 2007

El Islam guía a sus seguidores en todas las fases y actividades de la vida, tanto material como espiritual. Su enseñanza básica sobre economía es mencionada en diversos pasajes coránicos. Podemos encontrarla expresada muy claramente en varios versículos, así como en los mencionados anteriormente, que Dios creó todo en la Tierra, en los mares y en los cielos para beneficio de la humanidad, queriendo decir con esto que todo se somete a Él y que puede ser empleado por la humanidad, cuyo cometido es conocer y aprovechar toda la creación de un modo racional y pagar el debido respeto al futuro.

La política económica del Islam es explicada en términos inequívocos: «…para que así no haya privilegios para vuestros ricos» (59:7). La igualdad de toda la gente en riqueza y prosperidad no nos promete ser un beneficio sin mezclas. Por ejemplo, debido a que la gente no tiene talentos naturales iguales, incluso si la igualdad total fuera alcanzada, los derrochadores caerían muy pronto en dificultades y comenzarían a envidiar y a codiciar la buena fortuna de otra gente. Más aún, en los terrenos filosóficos y psicológicos, parece ser que es debido a los intereses de la humanidad el que existan diferencias en los niveles de riqueza.

El sustento humano se halla en un progreso constante, ya que la humanidad continúa dominando y explotando una cosa tras otra en la creación de Dios, mientras que los animales no han cambiado en nada su sustento desde que Dios creó a las especies. Una de las causas de esta diferencia, como fue descubierta por los biólogos, es la existencia simultánea de una sociedad, una cooperación y una libertad de competencia entre la gente que vive en esa sociedad. Quizás la cooperación social más desarrollada es la que puede ser encontrada entre las abejas, las hormigas y las termitas, de entre todo lo que vive de manera colectiva y con completa igualdad en cuanto a sustento. Pero no existe competencia entre sus miembros, ni tampoco alguna abeja que sea más inteligente o trabajadora puede vivir más cómodamente que las demás. De este modo, ninguna de estas especies evoluciona, cambia o tiene algún progreso en el sentido humano de esos términos.

La Historia de la Humanidad muestra que cada avance y descubrimiento para estar más cómodo, llegó a existir a través de la competencia y el deseo de mejorar, así como a través de la existencia de grados de riqueza o pobreza. La libertad absoluta llevaría a la gente malvada a explotar al necesitado y a eliminarlos de forma gradual. Así que cada civilización progresiva y cada cultura saludable tuvo que imponer ciertos deberes (por ejemplo, pagar impuestos, prohibir la opresión y la farsa), y recomendar ciertos actos supererogatorios (es decir, la caridad y gastar en el camino de Dios), y sin embargo, al mismo tiempo permitir un buen grado de libertad de pensamiento y de acción a sus miembros, para que cada persona se beneficie a sí misma, a su familia, amigos y más tarde a la sociedad. Esta es la exigencia del Islam.

El Islam ha basado su sistema económico en su principio fundamental. Si bien este tolera la riqueza, impone obligaciones más fuertes a los ricos. Por ejemplo, ellos tienen que pagar impuestos para ayudar al pobre, y no pueden dedicarse a las prácticas económicas inmorales (es decir, la explotación, el asesoramiento y la acumulación de riqueza. Para lograr esta meta, el Islam crea varias leyes, así como algunas recomendaciones (por ejemplo, la caridad y el sacrificio), con la promesa de una recompensa (en otro mundo) espiritual. Más aún, este distingue entre el mínimo necesario y la plenitud deseable, y entre aquellas leyes que son acompañadas de sanciones materiales y aquellas que no son por persuasión y educación.

Podemos describir este aspecto moral en primer lugar a través de varios ejemplos. El Islam ha empleado varios términos destacados para mostrar que pedir caridad de otros es abominable y una fuente de vergüenza. Al mismo tiempo, este elogia enormemente a aquellos que ayudan a otros, llamando «la mejor persona» a aquellos quienes sacrifican y prefieren a otros sobre sí mismos. De igual manera, la avaricia y el desperdicio están prohibidos.

Un día el Profeta necesitó unos fondos monetarios considerables para una causa pública. Uno de sus amigos le ofreció una cierta cantidad y, cuando el Profeta le preguntó acerca de esto, él respondió: «Yo no he dejado nada en mi casa más que el amor de Dios y el de Su Mensajero». Esta persona recibió el agradecimiento más cálido del Profeta. Pero en otra ocasión, otro Compañero que estaba seriamente enfermo le dijo, cuando él fue a preguntarle acerca de su salud: «Oh Mensajero de Dios, yo soy un hombre rico y quiero legar todo lo que poseo para el bienestar de los pobres». El Profeta le contestó: «No, es mejor dejarlo a tus parientes que tienen medios independientes de sustento para que ellos no sean dependientes de otros y tengan que rogar». Cuando el hombre disminuyó su oferta a dos tercios y después a la mitad, el Profeta aún lo rechazó, diciendo que esto era demasiado. Cuando el hombre finalmente le propuso dar un tercio de su propiedad en caridad, el Profeta dijo: «Bueno, aún un tercio es una gran cantidad». (Abu Dawud, «Zakat», 45)

Un día el Profeta vio a un Compañero en un miserable atuendo. Cuando él le preguntó por qué, él respondió: «Oh Mensajero de Dios, yo no soy pobre del todo, pero prefiero gastar mi riqueza en los pobres en vez de en mí mismo». El Profeta le remarcó: «No. A Dios le gusta ver en Su siervo los trazos de la bondad que Él le ha concedido» (Abu Tirmizi, «Birr», 63).

No existe contradicción en estos informes, ya que cada uno tiene su propio contexto y se refiere a casos individuales distintos. Los musulmanes tienen permitido determinar cuánta caridad quieren dar después de que su riqueza ha excedido el mínimo obligatorio.


* Este apartado ha sido extraído (y parcialmente editado) de Muhammad Hamidullah, Introduction to Islam, Ahmad Shafa‘at y Asghar Qureshi, Hamdard Islamicus 20, no.3 [Julio-Septiembre 1997])

 
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