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escrito por Bediüzzaman Said Nursi   
jueves, 26 de abril de 2007

En el Nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso

«Es cierto que Dios adquiere de los creyentes sus personas y sus bienes, a cambio del Paraíso, como precio de su sacrificio, combatiendo en aras de Su senda, matando a los enemigos de Dios o logrando el beneficio del martirio» (9: 111)

Si quieres llegar a entender cuán honorable y provechosa es dicha transacción con Dios, escucha pues, atentamente, esta parábola:

Cierto día un gobernante entregó a dos de sus súbditos varias propiedades, y de ese modo, a cada uno de los dos concedió una gran finca a la que no le faltaba de nada, estando dotada de materiales, armas, animales, etc. Pero como se hallaban en una época difícil, tiempos de guerra en los que nada quedaba intacto —puesto que la guerra y sus trágicas consecuencias todo lo cambiaba o destruía— el regente, gracias a su amabilidad y misericordia, envió a uno de sus colaboradores más cercanos llevando consigo una orden en la que les comunicaba lo siguiente a estos dos súbditos:

«Vendedme las propiedades que poseéis —en el fondo fui yo quien os la concedió— y yo, por mi parte, las conservaré para vosotros y de este modo, no desaparecerán durante el tiempo que dure la guerra. Yo os las devolveré una vez que ésta termine, y además, os ofreceré un buen precio como si fuesen estas propiedades realmente vuestras —cosa que no es así—. Las posesiones que ahora son vuestras, yo las utilizaré como si fueran mías. Tan sólo sabed que su precio se multiplicará por mil. Además, todos los beneficios que produzcan durante este tiempo os los devolveré de igual manera. Yo me haré cargo de todo gasto y responsabilidad, pues sois ahora pobres y no podéis responsabilizaros de todos los gastos. Y sabed que os permitiré aprovechar y disfrutar de dichas propiedades hasta que llegue la hora de la desmovilización. Tendrán ganancias cinco veces superiores de una sola vez. En caso de que no consideréis venderlas, tened en cuenta que van a desaparecer, puesto que no podéis preservar aquello que poseéis debido a vuestra debilidad, y seréis privados de los excelentes beneficios que os prometí. Las sublimes herramientas y el excelente material, todo esto quedará inservible por la falta de uso. Vosotros seréis los culpables por haber incumplido el pacto en el que me tendríais que devolver las propiedades que os confié. Son pues, numerosas pérdidas. Pero por encima de todo, si realizáis lo que yo os indico, pasaréis a ser soldados libres, funcionarios que actuarán en mi nombre, lejos de ser simples reclutas».[7]

Escucharon atentamente estas palabras elocuentes y entendieron la orden del gobernante. Uno de los dos, concretamente el más inteligente dijo: «Acepto dicho trato con sumo agrado». El otro hombre, de carácter vanidoso, orgulloso y arrogante creyó que su finca nunca declinaría y que el tiempo no causaría en ella daño alguno, diciendo: «No. No obedeceré las órdenes del gobernante. No venderé lo que es de mi propiedad ni tampoco dejaré de disfrutarlo».

Al cabo de un tiempo, el primer súbdito, que había aceptado el trato, ocupó un lugar privilegiadoque era la envidia —en el buen sentido de la palabra— de la gente, pues vivía en el palacio del gobernante, disfrutando de todo aquello que se encontraba a su alrededor. Por otra parte, el orgulloso súbdito sufrió mucho y su caída en desgracia estuvo en boca de todos, pues era culpable de su infortunio, ya que él mismo así lo había decidido.

¡Oh alma presuntuosa! Considera, pues, la realidad implícita en este relato. El gobernante representa al Gobernante eterno, Dios, el Sumo Creador. Las haciendas con sus herramientas, animales, maquinarias etc., representa lo que tú posees en este mundo terrenal que es el cuerpo, el espíritu, la mente, el cerebro y el corazón, además de sentidos como la vista, el oído; es decir todos los sentidos visibles y ocultos. En cuanto al colaborador que portaba la orden, éste no es sino el generoso Mensajero, nuestro Profeta Muhammad (La paz y las bendiciones de Dios sean con él). Y la orden del gobernante hace referencia al Corán, que describe el beneficioso acuerdo en esta bendita aleya: «Es cierto que Dios adquiere de los creyentes sus personas y sus bienes, a cambio del Paraíso, como precio de su sacrificio, combatiendo en aras de Su senda, matando a los enemigos de Dios o logrando el beneficio del martirio» (9: 111). En lo referente a la guerra que todo lo destruye, ésta es la vida mundana con sus situaciones variadas que nos indican que nada en la vida queda intacto, sino que es cambiante de manera vertiginosa.

Todo esto hace que el hombre se pregunte: «Todo lo que uno posee tarde o temprano desaparecerá de nuestras manos. ¿Acaso no habrá un remedio para ello? ¿Acaso no es posible que la eternidad reemplace todo aquello que desaparece sin dejar rastro?» Mientras el hombre medita y piensa con detenimiento esto, de repente escucha al Corán recitar con un voz celestial: «Sí, existe un remedio para esta enfermedad, vender nuestras posesiones a su Verdadero Creador, a su verdadero Dueño ya que Él mismo nos las ha confiado, es un remedio sutil del que finalmente obtenemos excelentes dividendos, las cuales se dividen en cinco categorías:

PRIMERA GANANCIA: La propiedad pasajera habitualmente se convertirá en sempiterna. Porque nuestra vida limitada, cuando es concedida al Majestuoso Ser Subsistente y Eterno, y es dedicada por y para Él, se vuelve eterna, los minutos dan frutos que son flores que brotan en la Vida Eterna, tal y como las semillas que parecen desvanecerse pero luego surgen desarrollando las mismas flores y espigas.

SEGUNDA GANANCIA: El precio pagado es el Paraíso.

TERCERA GANANCIA: El valor de cada miembro y sentido corporal se multiplica por mil. Por ejemplo, si no dedicas y ofreces tu inteligencia a Dios en su honor, sino que la empleas para satisfacer tus propios caprichos, se convierte, entonces, en un miembro incapaz, debilitado y nefasto, ya que te hace acarrear los dolores de un triste pasado y los temores de un futuro incierto. Se convierte en un instrumento dañino y de mal agüero. ¿Acaso no ves cómo el súbdito pecador no ofrece su inteligencia al Todopoderoso y huye de su vida recta y se integra, equivocadamente, en una vida bohemia, en una vida de ebriedad para así salvarse del tormento y la desazón que sufre? En cambio, aquél que ofrece su conocimiento a Dios, lo emplea y destina en Su Camino, y será entonces una estupenda llave por la que a través de ella se abrirán innumerables tesoros de la Misericordia Divina. Allá donde mire el dueño de este corazón, contemplará la sabiduría divina presente en todo aquello de lo que consta este mundo. De este modo la razón, la inteligencia y el buen juicio permiten a su dueño alcanzar la felicidad eterna.

El ojo y por tanto el sentido de la vista, por ejemplo, es uno de los sentidos por los que a través de su complejo sistema contemplamos el mundo. Si no lo usamos en beneficio de Dios, y desafortunadamente lo empleamos para satisfacer nuestros caprichos, vemos con los ojos bellas escenas que, aunque momentáneas y efímeras, harán de este ser humano un hombre vil que se excita mirando a los placeres. Pero, si tú destinas la vista por y para Su verdadero Creador y empleas tus ojos en aquello que Le satisfaga, entonces los ojos contemplarán el Gran Libro del Universo[8], leerán las maravillas de Dios, presenciaran los milagros divinos en el mundo, como si de una abeja que bebiera el néctar de las flores del gran jardín de Dios se tratase, y permitirán a su poseedor llenar su corazón de luz, sabiduría y amor.

Si no ofreces a Dios tu sentido del olfato y lo empleas tan sólo para el estómago y tu lengua, entonces sucumbirás a la gula como si del vigilante de la fábrica que es el estómago se tratase y te rebajarás. Pero si lo dedicas al Excelso y Generoso Proveedor, el sentido del olfato te hará ascender a otras categorías, te permitirá ser el revisor de la magnífica cocina del Dueño del Poder Divino.

¡Oh, inteligencia, ten cuidado! Qué valor puede tener un simple instrumento al lado de la llave de todos los Tesoros Divinos...¡Oh ojo, mira atentamente! No vale la pena mirar las cosas pecaminosas, llenas de bajeza, si nos es posible contemplar y leer la Biblioteca Divina. ¡Oh lengua! Prueba y verifica qué misión es mejor: ser el guardián de un establo o el encargado del tesoro de la Clemencia Divina.

Cuando comparas el resto de sentidos a la luz de lo ya visto, cuando ves que el creyente goza de una naturaleza digna del paraíso y el incrédulo, una naturaleza digna del infierno, entonces certificas que cada uno de los dos fue merecedor de aquello que recibieron, el creyente por haber empleado sus posesiones en pos de Dios mereció la complacencia del Todopoderoso y la persona escéptica por traicionar Su confianza y emplear sus propiedades para y por su yo carnal, mereció el Infierno.

CUARTA GANANCIA: El ser humano es débil y sus problemas son incontables. Se encuentra indefenso, sus necesidades siempre se hallan en aumento, es incapaz y al mismo tiempo sus necesidades para vivir son abrumadoras. Si no confía en Dios, el Altísimo, el Poderoso, si no se entrega a Él seguirá sufriendo permanentemente. Su conciencia se sumirá en incontables problemas y se convertirá en un criminal o en una bestia.

QUINTA GANANCIA: Es conocido ya por parte de los que realmente se dedican en cuerpo y alma a la veneración a Dios que estar al servicio de Dios y venerarle, recordarle y alabarle nos permite obtener numerosos frutos del Paraíso. Y vendrán a ti cuando realmente los necesites. De este modo, el acuerdo que narraba la alegoría alcanzará el éxito y devengará en cinco categorías de ganancias. Si rechazas dicho trato, sufrirás a su vez cinco perdidas:

PRIMERA PÉRDIDA: Lo que tú amas, ya sean tus bienes o incluso tu descendencia, aquello que anhelas y te fascina especialmente de la vida y de la juventud, todo eso se desvanecerá, dejando tras de sí pecados, dolores que habrás de cargar sobre tu espalda irremediablemente.

SEGUNDA PÉRDIDA: Serás castigado por haber traicionado lo que Dios te ha confiado. Ya que emplear los más valiosos instrumentos en la más vil de las obras te lleva a cometer una injusticia contra tu alma.

TERCERA PÉRDIDA: Has insultado la sabiduría divina,

pues has degradado lo más sublime de las capacidades

humanas hasta alcanzar la categoría de los animales.

CUARTA PÉRDIDA: En tu impotencia y pobreza vas a lamentarte hasta la eternidad, te quejaras continuamente por los golpes de lo efímero y la separación. Y te sentirás incapaz hasta la eternidad.

QUINTA PÉRDIDA: Los valiosísimos obsequios —la inteligencia, el corazón, el sentido de la vista, etc.— que Dios Misericordioso te ha concedido para que puedan ser abiertas las puertas de la eterna felicidad. ¡En qué desastre te verías envuelto si al hacer un mal uso de dichos presentes te son abiertas las puertas del Infierno!

Ahora, fijémonos en el acuerdo en sí. ¿Es tan pesado y trabajoso que numerosas personas intentan evadirlo? No, de ninguna manera. Ni fatigoso, ni agotador. Porque el marco en donde se desarrolla lo lícito es amplio y por lo tanto, es más que suficiente para alejarnos de lo ilegítimo. En relación a aquello que Dios nos ordenó realizar, esto a su vez es liviano y nada abundante. Además, ser un verdadero siervo de Dios constituye un gran honor, más allá de toda descripción, un placer indescriptible.

Tu deber es, pues, comenzar cualquier acto en Nombre de Dios, actuar siempre en Nombre de Dios, dar y recibir en Su Nombre y obedecer Su permiso y Su Ley. Si cometes un pecado, busca Su perdón diciendo «Â¡Oh Señor! Perdona mis pecados, acéptame como tu siervo más humilde para venerarte y haz de mí como aquellos buenos servidores que cuidan lo que les has confiado hasta el Día de la Restitución. Amén». Y de este modo suplicarle.


[7] Algunos lectores pueden llegar a entender una amenaza de esto. Sin embargo, la existencia humana aquí es una realidad originada de la voluntad humana. Por lo tanto esto es mucho más que un trato, ya que la creación de todos nosotros, realizada por Dios, es una bendición pura. ¿Cuánta gente se queja de estar en el mundo? ¿Existe alguien que no ame la vida? Sólo aquellos que emplean mal su fuerza de voluntad y se sumergen en la disipación se quejan de la vida. Ningún verdadero creyente se lamenta. El hecho de que no nos agrade tal o cual cosa en la vida y en el mundo es debido a que descuidamos nuestras responsabilidades como los seres más ensalzados. La información que Dios nos facilita acerca de como actuar y obrar en la vida y por la tanto recompensándonos con la felicidad eterna es una bendición tan grandiosa e infinita como la eternidad. Si algunos todavía contemplan una amenaza en estas palabras, dicha amenaza es también bendición pura, puesto que nos obliga a encontrar el camino recto y alcanzar la felicidad en ambos mundos, donde una promesa no es suficiente para ciertas personas debido a su indecisión, a que están espiritualmente corruptas, y se obstinan en cambiar sus caminos. (Nota de los editores)

[8] De acuerdo a las reflexiones y pensamientos de Said Nursi, Dios creó el universo como un «libro» para ser «leído» por aquellos que quieren aprender de Él, y hallarse cerca de su presencia. El orden del universo, su regularidad, su interrelación, su funcionamiento, etcétera muestran algunos de sus Nombres y Atributos. Los otros son mostrados por los miembros animados e inanimados de Su creación, como por ejemplo el Todo-Compasivo, Sumo Proveedor, Todo-misericordioso, Clemente, etcétera. (Nota de los editores)

Modificado el ( martes, 08 de mayo de 2007 )
 
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