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Creencia y Devoción
Quinta Palabra | Quinta Palabra |
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| escrito por Bediüzzaman Said Nursi | |
| 26.04.2007 | |
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En el Nombre de Dios, el Compasivo y Misericordioso «Por cierto que Dios está con los que temieron la ira de Dios apartándose de lo que prohibió e hicieron el bien obedeciendo sus órdenes. Dios les ayudará y hará triunfar en la vida y les acordará la mejor recompensa en el Más Allá». (16: 128) Si deseas conocer en qué grado el acto de realizar la oración prescrita así como alejarse de los pecados son las verdaderas tareas del ser humano —además de estar íntimamente relacionadas con la naturaleza intrínseca hombre— entonces presta atención a esta alegoría: Durante una guerra un soldado había sido adiestrado para cumplir con sus tareas mientras que otro no era más que un recluta, aún esclavo de sí mismo. El primero se preocupaba de la instrucción y los asuntos marciales y nunca se detenía a pensar acerca de su propia persona, como por ejemplo en asuntos de la comida y el sustento. Él sabía que este punto no era de su incumbencia, puesto que su vida, su sustento alimenticio, la curación de sus enfermedades y otros asuntos eran un deber que correspondía al estado. Su única preocupación tenía que centrarse nada más que en su adiestramiento militar pero sin dejar de lado sus labores habituales de cocinar o lavar sus utensilios, por ejemplo. Si alguien le preguntaba que qué hacía al verle realizar esto último, él respondía «Realizo voluntariamente ciertas tareas del estado» pero nunca podría decir «Estoy ganándome la vida». En cuanto al otro soldado, aquél que no cumplía con sus deberes, no se adiestraba ni daba importancia tampoco a la guerra, decía: «Es un deber del estado y no es asunto mío». Empleaba su tiempo en los asuntos de su vida y desertaba de las filas del ejército para frecuentar el mercado en donde comprar y vender. Un día, el soldado de quien hablamos en primer lugar le dijo: «¡Compañero! Tu deber principal es adiestrarte para estar preparado ante la guerra por el bien de tu país y por eso te hallas aquí. Confía enel soberano en lo relacionado con tu sustento, él no te va a dejar hambriento, puesto que es su tarea principal.Además, te hallas limitado y pobre, no puedes hacerte cargo de tus necesidades principales por ti mismo. Y por encima de todo, estamos en guerra y si abandonas el campo de batalla te conviertes en un desertor. Temo por ti, pues tal vez te consideren desobediente y por ello te castigarán severamente. El soberano tiene que hacerse cargo de las necesidades de nuestra vida y él a su vez nos empleará para llevar a cabo esta misión. Debemos adiestrarnos y estar preparados para la guerra. El monarca nos facilitará todo lo necesario para dicho propósito». Te das cuenta, pues, qué le pasaría al soldado despreocupado si no le diese la importancia que así requiere a los consejos de su homólogo. ¡Cuánto perdería y cuán en peligro se hallaría! ¡Oh alma indolente! El campo de batalla no es sino la vida mundana y el ejército dividido en regimientos representa a las generaciones y este regimiento en particular —que abordé en la alegoría— es la misma sociedad musulmana contemporánea. Los dos soldados representan a dos modelos de musulmanes. Uno que es conocedor de Dios, cumplidor de sus deberes para con Él y que se mantiene alejado por completo de los pecados. Es un buen musulmán, lucha frente a su yo carnal y frente al demonio para no sucumbir a los pecados. El otro soldado es un hombre pecador que tan sólo corre tras su sustento, llegando en ocasiones a acusar en vano al verdadero Otorgador. En pro de obtener su sustento, abandona sus obligaciones religiosas y sucumbe a los influjos del pecado. En cuanto a la instrucción que he mencionado anteriormente, hace referencia a la devoción a Dios capitaneada por la oración a través de las oraciones prescritas. La guerra no es más que la representación de la lucha interna del ser humano para vencer sus caprichos y deseos carnales y de este modo alejarse por completo de las maldades, resistir frente a las astucias del demonio y así poder salvar su corazón y su espíritu de la perdición. Las dos tareas citadas son fácilmente comprendidas cuando las explicamos: Dar la vida y mantenerla —responsabilidad del Creador— y la veneración a Quien nos otorgó dicha vida, suplicarle por nuestro bien y confiar en Él. Ciertamente Aquél que nos concedió la vida, hizo de ésta un perfecto milagro, un símbolo asombroso de su Poder Divino: Él mismo es el que cuida de nuestra vida y le otorga su sustento. ¿Necesitas un argumento más explicito de lo que estoy tratando para convencerte? El animal más débil y perezoso recibe el mejor y más apetitoso alimento (como los peces y los gusanos de las frutas) y los seres más vulnerables reciben asimismo el mejor sustento (como los bebes recién nacidos o los niños pequeños durante el período de lactancia). Para comprender que el asunto del sustento lícito no tiene relación alguna con la fuerza o el poder, sino con la necesidad apremiante de todos los seres, es suficiente hacer una comparación entre los peces y los zorros; entre los bebes recién nacidos que no poseen fuerza alguna y las fieras feroces y por último entre los árboles inmóviles y los animales que corren. Todos son nutridos por el Todopoderoso. La persona que abandona su salat —oraciones diarias prescritas— y no lo realiza debido a que se preocupa únicamente de la búsqueda de su sustento se asemeja al soldado que deserta y abandona su período de instrucción o su trinchera en el frente para deambular por los mercados. Pero aquel que realiza su oración sin detenerse a buscar su sustento, sino que lo encuentra en la gran «cocina» del Generoso y Otorgador —la Tierra—, se halla en verdad en el buen camino, está dotado de un carácter recto y apropiado, y asimismo efectúa una forma de veneración hacia Dios. Es más, la naturaleza innata del ser humano y lo que Dios ubicó en él en relación a los asuntos espirituales reflejan que el ser humano ha sido creado para y por la devoción a Dios puesto que, en realidad, todo lo que el hombre desarrolla en su vida gracias a las fuerzas otorgadas por Dios ni siquiera lo levan a ubicarse en la categoría de los pájaros —que quizás disfruten de la vida mejor que el hombre—, sino que pasa a ser el gobernante de este mundo cuando cumple con Dios y Le venera. ¡Oh alma mía! si consideras que la vida mundana es el objetivo de la existencia y derrochas toda tu fuerza en dicho propósito, entonces te empequeñecerás más que cualquier pájaro. Pero si el Más Allá es tu meta y consideras la vida terrenal como un medio y campo de cultivo —de buenas acciones— serás, entonces, el señor de los seres vivos y un siervo sumiso ante la generosidad de su Creador así como un distinguido huésped en este mundo. Tienes, pues, dos caminos a elegir, considera cuál elegirás. Ruega por lo tanto a Dios, el Misericordioso, por la guía y el éxito. |
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| Modificado el ( 08.05.2007 ) |
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