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escrito por Bediüzzaman Said Nursi   
jueves, 26 de abril de 2007

«Los que creen en lo desconocido»

Si quieres saber cuán feliz y bendito es tener fe y cuánto placer y sosiego reside en ello, escucha pues este corto relato:

Un día dos hombres partieron en viaje de placer y negocios. El primero de ellos era una persona melancólica, vanidosa y egoísta, y dio con sus huesos en lo que a él le parecía ser un lugar terrible, por culpa del pesimismo que le caracterizaba. Contemplaba en todo lugar a donde se dirigía a gente discapacitada y pobre que gritaba amargamente por los maltratos recibidos a manos de tiranos. Allá donde fuera tan sólo se presentaba ante sus ojos dicha pena, llegando a imaginar que todo el pueblo que visitaba era algo parecido a un funeral. No encontró otra alternativa que embriagarse para poder seguir viviendo sin sentir pena alguna, ya que según su percepción cada ser no era sino su enemigo declarado. Pese a ello, siguió sufriendo dolorosamente al ver alrededor suyo nada más que aterradoras y tristes exequias así como huérfanos llorando amargamente y desesperados.

En cuanto al otro viajero, quien veneraba a Dios, buscaba la verdad, gozaba de buena moral y destacaba por su imparcialidad y decencia, encontró en su viaje un excelente pueblo que —según decía— era lo más maravilloso y bello que había visto jamás.

Este buen hombre observaba que en el pueblo tenían lugar grandes celebraciones y fiestas por todas partes. En todo lugar apartado apreciaba júbilo y en todo rincón, alegría. Donde quiera que iba contemplaba los templos llenos de gente que recordaba a Dios. Por todo ello, distinguía en cada individuo de dicho pueblo a alguien muy próximo a él, del mismo modo que un amigo íntimo. Veía que todo el Reino celebraba lo que parecía ser una fiesta de recepción de jóvenes que iban a cumplir con su servicio militar. Eran celebraciones llenas de palabras de gratitud y agradecimiento. Escuchaba a las bandas musicales tocar sus apasionadas melodías acompañadas de voces extraordinarias elogiando a los que iban a cumplir con el servicio militar con benditas frases como «Dios es el Más Grande» y «No hay más deidad que Dios».

Mientras el hombre pesimista estaba preocupado por sus penas y las de los demás, el otro se hallaba contentísimo, optimista y alegre, tanto como toda la gente que le rodeaba, y además, había realizado un buen acuerdo y colmaba de agradecimientos a Dios en grado sumo.

Al regresar a casa se encontró con el hombre pesimista, quien le narró acerca de todo lo malo que había visto, a lo que el buen hombre le respondió:

«Parece que has enloquecido. Aquello que se hallaba en tu fuero interno, el pesimismo dentro de ti se vio reflejado en tu entorno, es por ello que viste cada sonrisa como un grito y lágrimas, cada acto de generosidad como derroche y saqueo. Recupera el juicio, purifica tu corazón, tal vez así la melancolía se disipará de tus ojos y quizás puedas contemplar la realidad más espléndida. Tan sólo has de saber que el verdadero Dueño de este Reino es Aquél que es más ecuánime y piadoso, el Todopoderoso y Perfecto y ten siempre presente además que un Reino tan próspero y de un nivel tan notable como el que han visto tus ojos nunca puede ser tan malo como tu imaginación te ha hecho creer». El hombre abatido por el pesimismo recuperó el juicio y comenzó a darse cuenta del error en el que se hallaba, lamentándose: «En verdad que enloquecí por consumir demasiado alcohol... que Dios esté complacido contigo, ¡Oh buen hombre!, pues me has salvado del infierno en que vivía».

¡Oh Alma mía! Ten presente que el hombre pesimista representa al incrédulo o al pecador irresponsable. Para él este mundo terrenal no es sino un gran funeral y todos los seres vivos son huérfanos que lloran por la partida de los seres queridos. Para él los hombres y los animales son creaciones errantes, sin pastor y sin dueño, los azota la muerte y son destruidos sin piedad. Para él, las inmensas creaciones como son las montañas y los mares son representaciones de funerales en silencio y son horribles cadáveres sin almas. Estas sorprendentes y dolorosas quimeras que son producto de la incredulidad y de la perdición del hombre hacen que quien las imagina viva en una tortura interna de manera permanente.

En cuanto al segundo hombre, éste representa al creyente que realmente conoce a Dios Todopoderoso y cree en Él. Para este hombre, el mundo terrenal es una morada donde se recuerda permanentemente a Dios, es un lugar de preparación tanto para los seres humanos como para los animales y también es una gran prueba para genios y humanos.

Todos los muertos —seres humanos y animales— son eximidos de toda responsabilidad, puesto que ya cumplieron su misión y partieron de esta vida terrenal espiritualmente felices. Se encuentran ya en el Otro Mundo sin preocupación alguna, un mundo libre de todo daño material, de todo desastre causado por el clima o cualquier otro motivo para ceder su lugar a una nueva generación que entusiasmadamente cumplirá su misión.

Todos los recién nacidos —hombres y animales— que ingresan en este mundo son soldados u oficiales felices de cumplir con sus tareas. Todo ser vivo es un soldado feliz y es un subordinado recto, complacido y satisfecho. Las voces y los ecos en el mundo no son sino el recuerdo de Dios y las alabanzas a Él por permitirnos asumir nuestras funciones. Son tal vez el agradecimiento y el júbilo por haber cumplido con nuestras tareas o quizás melodías procedentes de nuestro interior debidas a la alegría de trabajar. Para el creyente, todo lo creado es un obediente servidor, con sus semejantes es un buen amigo, y se muestra agradecido hacia Su Creador.

De este modo y gracias a su fe puede tener presentes muchas más verdades, las cuales son realidades sublimes, sutiles y de elevada categoría. La fe es, en verdad, una semilla procedente del árbol Tuba del Paraíso mientras que la incredulidad es el producto de una semilla que procede del árbol Zaqqum del Infierno. La salvación y la tranquilidad, entonces, se hallan pues en el Islam y la fe. Por ello demos gracias a Dios constantemente recitando: «Â¡Gracias a Dios por el Islam y por nuestra perfecta fe!»

Modificado el ( martes, 08 de mayo de 2007 )
 
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