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El estatus de la mujer en el Islam | Las mujeres y sus derechos legales en las religiones monoteístas |
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| escrito por Dr. Sherif Muhammad | |
| mircoles, 25 de abril de 2007 | |
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El Día Internacional de la Mujer es el 8 de marzo. En reconocimiento a esta celebración, presentamos el siguiente artículo acerca de los derechos de las mujeres según las religiones abrahámicas. Ya que el pensamiento moderno occidental y sus paradigmas están basados en la herencia cultural de Occidente, cuando se hace referencia a la religión se efectúa desde la tradición judeocristiana. Los pensadores occidentales, los orientalistas y los intelectuales «occidentalizados» del mundo musulmán, todos carentes de información verdadera acerca del Islam, han tendido a criticar el Islam desde la misma perspectiva de la crítica hacia la tradición judeocristiana. Lo siguiente es de gran importancia, sobre todo en cuanto a corregir y aclarar este importante asunto desde el punto de vista de la condición de la mujer en el Islam. Introducción Podemos preguntarnos si tienen la misma concepción el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam sobre las mujeres. ¿Sus conceptos son diferentes? ¿Realmente el Judaísmo y el Cristianismo les ofrecen a las mujeres un tratamiento mejor que el Islam? ¿Cuál es la verdad? No es nada fácil encontrar respuestas a estas difíciles preguntas. La primera dificultad es que las personas tienen que ser justas y objetivas, o al menos, deben hacerlo lo mejor que puedan. Esto es lo que el Islam enseña. El Corán ordena a los musulmanes decir la verdad, incluso si no le agrada a aquellos de entre sus parientes: «Siempre que hables, hazlo justamente, aunque se trate de un pariente cercano» (6:152) y: «¡Oh vosotros que creéis! Sed firmes en establecer la justicia dando testimonio por Dios, aunque sea en contra vuestra o de vuestros padres y parientes más próximos, tanto si son ricos como si son pobres». (4:135) A lo largo de esta investigación, me he esforzado por aproximarme al ideal coránico de hablar con justicia. Me gustaría enfatizar que no es mi objetivo con este trabajo denigrar el Judaísmo ni el Cristianismo. Como musulmanes, creemos en los orígenes Divinos de ambas religiones y aceptamos a sus profetas y la revelación que les ha sido descendida. Mi objetivo es tan sólo reivindicar el Islam y rendir tributo al Mensaje final verídico de Dios a la humanidad, un tributo que durante largo tiempo ha sido pospuesto en Occidente. ¿Tiene la culpa Eva? El concepto que tienen tanto los judíos como los cristianos sobre la creación de Adán y Eva está relatado detalladamente en Génesis 2:4 y 3:24. Dios les prohibió a ambos comer las frutas del árbol prohibido. Sin embargo, la serpiente sedujo a Eva para que comiera de dicha fruta prohibida y Eva, por su parte, sedujo a Adán para que comiera con ella. Cuando Dios reprochó a Adán por lo que hizo, Adán le echó toda la culpa a Eva: «La mujer que creaste de mí me dio la fruta del árbol y yo la comí». Por consiguiente, Dios le dijo a Eva: «Aumentaré enormemente tus dolores en la maternidad y con dolor darás a luz a tus hijos. Tu deseo será para tu marido, y él gobernará sobre ti». Y le dijo a Adán: «Ya que escuchaste a tu esposa y comiste del árbol.... Maldita será la Tierra por ti. A través del duro y doloroso trabajo comerás todos los días de tu vida». El Corán no relata dicho acontecimiento de la creación de este modo. Al contrario que la Biblia, la culpa se centra en Adán (2:37) y hace referencia a que Adán fue quien en realidad sedujo a Eva (20:117-120). Además, se entiende de esos versículos que ambos comparten la misma culpa (20:121) y pidieron el perdón juntos (7:19-23). Por lo tanto, el Islam no hace recaer la culpa del «pecado original» tan sólo en la mujer, ni tampoco es la causante de la caída del ser humano desde el Paraíso. El legado de Eva La imagen de Eva como una mujer tentadora ha tenido un impacto sumamente negativo sobre las mujeres a lo largo de la tradición judeocristiana. Por consiguiente todas ellas no eran dignas de confianza, se las consideraba moralmente inferiores y malvadas. La menstruación, el embarazo y la maternidad fueron considerados como el justo castigo por la culpa eterna de la mujer. Para hacerse una idea de la extensión del impacto negativo que ha tenido este concepto, debemos remitirnos a algunos de los más importantes escritos judíos y cristianos. En el Antiguo Testamento nos encontramos con: «Y yo he hallado más amarga que la muerte a la mujer, la cual es redes y lazos su corazón; sus manos como ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador será preso en ella. Lo que aun busca mi alma, y no encuentro: un hombre entre mil he hallado; mas mujer de todas estas nunca hallé (Eclesiastés, 7:26, 28). Toda malicia es poca junto a la malicia de mujer, ¡que la suerte del pecador caiga sobre ella! Por la mujer fue el comienzo del pecado, y por causa de ella morimos todos (Eclesiástico, 25:19, 24). Algunos seguidores de esta tradición registran nueve maldiciones inflingidas a las mujeres debido a «la Caída»: «Dios maldijo a la mujer nueve veces —así como con la muerte—: soportar la sangre de la menstruación y la pérdida de la virginidad, los dolores del parto y el cargo de criar a los hijos, cubrirse la cabeza como si estuviera de luto, perforadas sus orejas como una esclava joven que sirve a su amo, no debe ser tomada en cuenta como un testigo y tras todo esto, la muerte».4 Hasta hoy, los judíos ortodoxos en su oración diaria matinal recitan: «Bendito seas Dios, el Rey del Universo, porque Tú no me has creado como una mujer». Las mujeres, por otra parte, le agradecen a Dios cada mañana porque «me has creado según Tu voluntad».[5] La Eva bíblica ha sido considerada como la responsable de todos los pecados de la humanidad. Su pecado ha sido capital para la fe cristiana en su totalidad porque la concepción cristiana de la razón de la misión de Jesucristo sobre la Tierra se deriva de la desobediencia de Eva a Dios. Ella había pecado y luego había seducido a Adán para que la acompañara en la consecución del pecado. Por consiguiente, Dios los expulsó a ambos del Paraíso enviándolos al mundo terrenal, que entonces fue blasfemado por culpa de ellos. Legaron su pecado, que no había sido perdonado por Dios, a todos sus descendientes y así, todos los humanos nacen con dicho pecado. Para purificar a los seres humanos de su «pecado original», Dios hizo que Jesús se sacrificase en la cruz. Por lo tanto, Eva es responsable de su propio pecado, el de su marido y de todos los que nacen con el pecado original, y la muerte del Hijo de Dios —en la religión cristiana—. En otras palabras, una mujer que había actuado por su cuenta causó la caída de la humanidad.[6] San Tertuliano (200 d.C.) era aún más franco que San Pablo. Acerca de sus «hermanas más queridas» en la fe, dijo: «¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva? La sentencia de Dios sobre vuestro sexo sigue vigente en este siglo: la culpa debe existir también necesariamente. Vosotras sois la puerta del Diablo, sois las transgresoras del árbol prohibido, sois las primeras infractoras de la ley divina, vosotras sois las que persuadisteis al hombre de que el diablo no era lo bastante valiente para atacarle. Vosotras destruisteis fácilmente la imagen de Dios que tenía el hombre. A causa de vuestra deslealtad incluso ha de morir el Hijo de Dios».[7] San Agustín (S. III) era fiel al legado de sus predecesores como cuando le escribió a un amigo suyo: «No hay diferencia, sea una esposa o una madre, ya que es aún Eva la tentadora, que debemos protegernos de cualquier mujer... No consigo ver de qué utilidad le puede ser al hombre una mujer si no es más que para dar a luz». Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino (S. XIII) todavía consideraba defectuosas a las mujeres: «Respecto a su naturaleza individual, la mujer es defectuosa y malnacida, la fuerza activa contenida en la semilla masculina tiende a la producción de una semejanza perfecta en el sexo masculino; mientras la producción de la mujer proviene de un defecto en la fuerza activa o de alguna indisposición material, o incluso de una cierta influencia externa». El reformador protestante Martín Lutero (S. XVI) no podía ver beneficio alguno en la mujer salvo en el hecho de traer al mundo tantos niños como le fuera posible, sin tener en cuenta cualquier otro aspecto: «No importa si se cansan o incluso si se mueren. Dejémoslas morir en el parto, es para eso para lo que están». Si prestamos ahora atención a lo que nos dice el Corán acerca de las mujeres, comprenderemos que la concepción islámica de la mujer es radicalmente diferente de la judeocristiana. Por ejemplo: «Los musulmanes y musulmanas, los creyentes y las creyentes, los devotos y las devotas, los que dicen la verdad y las que la dicen, los que aguantan lo difícil en aras de Dios y las que lo aguantan, los modestos y las modestas, los que gastan de su dinero para los que lo necesitan y las que lo hacen, los que ayunan lo obligatorio, y lo voluntario y las que lo hacen, los hombres y mujeres que guardan su castidad, los que recuerdan con alabanzas a Dios en sumo grado, y las que lo hacen, a todos Dios les perdonará sus pecados, y les dará gran recompensa por sus obras» (33:35). «Los creyentes y las creyentes se aman unos a otros y se protegen mutuamente a la luz de su fe; ordenan lo que ordena su religión y prohíben lo que veda; celebran sus oraciones a su debido tiempo y pagan el Zakat —limosna prescrita— cumpliendo con lo que ordena Dios y Su Mensajero. Estos son los que serán acreedores de la misericordia de Dios, pues Él es el Poderoso y el Sabio» (9:71). «Y su Señor respondió a sus ruegos, aclarándoles que Él no descuida la recompensa de todo aquel que hace buenas obras, sea hombre o mujer, pues el hombre viene de la mujer y la mujer del hombre» (3:195). «Quien obre mal en la vida mundana, tendrá su merecido castigo en la otra Vida; y quien hace el bien, fuese varón o hembra, siendo creyente, entrará al Paraíso en el que se le proveerá sin limitación» (40:40). «Por cierto que quien practique el bien en la vida, ya sea hombre o mujer, movido en su caridad por la fe, por todo lo que involucra la fe de fuerza y de abnegación, ciertamente le concederemos en este mundo una buena vida caracterizada por la satisfacción, y la serena aceptación de lo que Dios le concederá, por la paciencia y la resignación en las desgracias y la gratitud a Dios por aquellos bienes con que lo agraciará; ciertamente le remuneraremos en el Más Allá con un galardón superior a lo que haya hecho en la vida» (16:97). Está claro que el Corán mira por igual a las mujeres y los hombres. El Corán nunca menciona que la mujer es la puerta del Diablo o embaucadora por naturaleza, o que el hombre es la imagen de Dios, ya que proclama que todos los hombres y todas las mujeres son Sus criaturas. Según el Corán, el papel de una mujer no está limitado tan sólo al parto, se le exige que realice tantas buenas acciones como el hombre. El Corán nunca dice que no haya existido jamás una mujer de recta conducta. Por el contrario, el Corán ha instado a todos los creyentes, mujeres y hombres, a seguir el ejemplo de mujeres ideales como la Virgen María y la esposa de Faraón: «Dios dio un ejemplo a los creyentes: la esposa del Faraón. Dijo: “Señor, construye cerca de tu misericordia un palacio para mí en el Paraíso. Y sálvame del poder del Faraón y de sus actos. El Faraón es excesivamente opresor. Y sálvame de la gente rebelde”. Dios ofreció un ejemplo más a los creyentes: María, la hija de Imrán, quien conservó su virginidad. Introdujimos en su vientre algo de nuestro espíritu y tuvo a Jesús. Creyó en las palabras de Dios: Sus órdenes, Sus prohibiciones y Sus Escrituras reveladas a Sus Mensajeros. Ella era de los constantes en la obediencia a Dios» (66:11-12). Hijas humillantes La Biblia señala que el período de impureza ritual de la madre es doble si se da a luz a una hembra que si nace un varón (Lev. 12:2-5). La Biblia católica lo declara explícitamente: «Es vergüenza de un padre tener un hijo ineducado, pero la hija le nace ya para su confusión». (Eclesiástico, 22:3). En contraste, los muchachos reciben alabanza especial: «El que instruye a su hijo, pondrá celoso a su enemigo, y ante sus amigos se sentirá gozoso» (Eclesiástico, 30:3). Esta misma idea de considerar a las hijas como una fuente de vergüenza condujo los paganos árabes, antes de la llegada del Islam, a practicar el infanticidio femenino. El Corán condenó esta práctica atroz: «Y cuando a uno de ellos se le anuncia el nacimiento de una hija, su semblante se ensombrece de pena y le embarga la angustia. Trata de ocultarse de la mirada de los demás, para que no se percaten de su aflicción y del dolor que le embarga por el nacimiento de una niña y se siente perturbado por un dilema: ¿Debe guardarla a pesar de la deshonra que piensa que le alcanzó? ¿O debe inhumarla viva en la arena para que muera? Reflexiona, ¡que mal juzgan!» (16:58-59). Hay que decir que este siniestro crimen nunca habría cesado en Arabia si no hubiera sido por la contundencia de los términos que emplea el Corán para condenar esta práctica (16:59, 43:17 y 81:8-9). Además, el Corán no hace ninguna distinción entre los chicos y las chicas, ya que considera el nacimiento de una niña, así como el nacimiento de un niño, como un regalo y una bendición de Dios. El Corán incluso menciona primero el regalo del nacimiento de una niña: «El dominio de los Cielos y la Tierra pertenece a Dios. Él crea lo que Él quiere. Regala hijas a quien quiere y regala hijos a quien Él quiere» (42:49). Para acabar con cualquier atisbo de infanticidio femenino en la naciente sociedad musulmana, el Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, prometió a aquéllos que fueran buenos con sus hijas, una gran recompensa si las criaban amablemente: «Aquel que se ocupa de criar y educar a sus hijas y tiene con ellas un trato benévolo, ellas serán para él una protección contra el fuego del Infierno»[8]y «quienquiera que mantenga a dos muchachas hasta que lleguen a la madurez, él y yo estaremos juntos en el Día de la Resurrección» y juntó sus dedos índices en señal de unión[9]. La educación femenina La diferencia entre las concepciones bíblicas y coránicas está más allá de las niñas recién nacidas. Comparemos sus actitudes hacia la mujer que intenta aprender su religión. El corazón del Judaísmo es la Torá, la ley. Sin embargo, según el Talmud, «las mujeres están exentas del estudio de la Torá». Algunos rabinos judíos declararon firmemente: «Preferimos dejar que las palabras de la Torá se destruyan en el fuego a que sean impartidas a las mujeres», y «aquel que enseña a su hija la Torá es como si le enseñara obscenidades».[10] La actitud de San Pablo en el Nuevo Testamento es la que siguente: «Las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea» (I Corintios, 14:34-35). Una corta historia narrada en el Corán resume sucintamente la opinión del Islam: «Jawla era una mujer musulmana cuyo marido Aws declaró en un momento de enojo: “Eres para mí como la espalda de mi madre”. Esto estaba establecido por los árabes paganos como una declaración de divorcio que liberaba al marido de cualquier responsabilidad conyugal pero que no permitía a la esposa abandonar la casa del marido ni casarse con otro hombre. Tras escuchar estas palabras de su marido, Jawla se encontraba en una situación miserable. Ella fue directamente a hablar con el profeta Muhammad para exponerle su caso. El Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, opinaba que ella debía tener paciencia ya que no parecía haber solución alguna. Jawla continuó argumentando ante el Profeta en un esfuerzo por salvar su matrimonio roto. Al poco tiempo, el Corán intervino; la súplica de Jawla fue aceptada. El veredicto divino abolió esta costumbre inmoral. Una Sura del Corán, la número 58, cuyo título es «Al-Muyadila» o «La mujer que se está defendiendo» se reveló después de este incidente: Dios oyó las palabras de la mujer que te consulta sobre su marido, el cual la repudió. Dios oye vuestro diálogo. Dios todo lo oye, todo lo ve (58:1). Una mujer en la concepción coránica tiene el derecho de expresar su punto de vista incluso al mismo Profeta. Nadie tiene derecho a hacerla callar y ella no tiene la obligación de considerar a su marido como única referencia en asuntos legales y de religión. La mujer impura El Antiguo Testamento considera a todas las mujeres que se encuentran durante el periodo de la menstruación como impuras. Además, su «impureza» también impurifica a los demás; cualquier persona u objeto que dicha mujer toque se convierte en impuro durante un día: «La mujer que tiene flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello sobre lo que se acueste durante su impureza quedará impuro; y todo aquello sobre lo que se siente quedará impuro. Quien toque su lecho lavará los vestidos, se bañará en agua y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un mueble cualquiera sobre el que ella se haya sentado lavará sus vestidos, se bañará en agua y será impuro hasta la tarde. Quien toque algo que esté puesto sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se sienta quedará impuro hasta la tarde» (Levítico, 15:19-23). Debido a su naturaleza «contaminante», una mujer con menstruación era a veces «desterrada» para evitar cualquier posibilidad de contacto con ella. La enviaban a una casa especial llamada «Casa de la Suciedad» durante el período completo de impureza.[11]Además, al marido de una mujer con menstruación le estaba prohibida la entrada en la sinagoga si se había impurificado a causa de ella, incluso hasta por tocar el polvo que habían pisado sus pies. Un sacerdote cuya esposa, hija o madre se encontraban en el periodo de menstruación, no podía recitar la bendición sacerdotal en la sinagoga.[12] El Islam no considera que la mujer a la cual le ha venido la menstruación tenga ningún tipo de suciedad contagiosa. Vive su vida normal sólo con una restricción: a la mujer casada no se le permite tener relaciones sexuales durante el período de menstruación. Cualquier otro contacto físico entre las parejas está permitido. La mujer con la regla está exenta de algunas obligaciones rituales como las oraciones diarias y el ayuno. El testimonio de la mujer Otro asunto en el que el Corán y la Biblia discrepan es acerca del valor del testimonio de las mujeres. Es cierto que el Corán recomienda a aquellos creyentes que realicen transacciones financieras, hacerlas ante dos testigos varones o ante un hombre y dos mujeres (El Corán 2:282). Sin embargo, en otras ocasiones el Corán acepta el testimonio de una mujer igual al de un hombre. En realidad, a veces el testimonio de una mujer puede invalidar al de un hombre. Por ejemplo, si un hombre acusa a su mujer de fornicación, tiene que jurar solemnemente cinco veces como evidencia de la culpabilidad de la esposa. Y si la mujer lo niega y jura del mismo modo cinco veces, no es considerada culpable, pero en cualquier caso, el matrimonio se disuelve (24:6-11). Por otra parte, en las incipientes sociedades judías no se permitía testificar a las mujeres,[13]ya que los rabinos consideraban esto como una de las nueve maldiciones inflingidas a las mujeres a causa de «la Caída» (ver el epígrafe «El Legado de Eva»).[14]En el actual estado moderno de Israel, no se permite a las mujeres dar testimonio en las cortes rabínicas. [15]Los rabinos justifican esta incapacidad citando el Génesis, 18:9-16, donde se dice que Sara, la esposa de Abraham, había mentido y por lo tanto utilizan este incidente como evidencia de que las mujeres son incapaces de ser testigos. Debe resaltarse aquí que esta historia narrada en el Génesis (18:9-16) se ha mencionado más de una vez en el Corán sin que se aluda a ninguna mentira dicha por Sara (El Corán, 11:69-74, 51:24-30). En el Occidente cristiano, tanto el derecho canónico como el civil privaron a las mujeres del derecho a dar testimonio hasta el siglo pasado.[16] Si un hombre acusa a su mujer de fornicación, la Biblia señala que el testimonio de la mujer no tiene valor. La acusada ha de someterse a una prueba. En dicha prueba, la esposa se enfrenta a un complejo y humillante ritual que se suponía demostraba su culpabilidad o inocencia (Números, 5:11-31). Si, tras la prueba se la consideraba culpable, era sentenciada a muerte. Si no se hallaba culpable, al marido no se le castigaba. Si un hombre se casa con una mujer y después la acusa de no ser virgen, el propio testimonio de ella no cuenta. Sus padres deben probar su virginidad ante los ancianos del pueblo. Si no pueden probar la inocencia de su hija, tiene que ser apedreada hasta morir ante la puerta de la casa paterna. Si los padres podían demostrar su inocencia, el marido era multado con sólo cien shekels de plata y no puede divorciarse de su esposa mientras viva (Deuteronomio, 22:13-21). Votos y promesas Según la Biblia, un hombre debe cumplir cualquier juramento que le hizo a Dios y no debe faltar a su palabra. Sin embargo, la mujer no se halla necesariamente obligada por su juramento; ya que esto ha de ser sancionado por su padre, si ella vive en su casa, o por su marido, si está casada. Si el padre o el marido no garantiza el juramento de su hija o su esposa, todas las promesas hechas por ella se vuelven nulas y vacías: «Pero si su padre, cuando la oye decir eso, se lo prohíbe, ninguno de sus votos o promesas por las que ella se obligó tendrán validez... Su marido puede confirmar o anular cualquier voto que ella haga o cualquier juramento o empeño que ella niegue» (Números, 30:2-15). La palabra de una mujer no la compromete por sí misma porque ella es propiedad de su padre antes de casarse y de su marido tras contraer matrimonio. El poder del padre sobre su hija era tan grande que, si quería, podía venderla. Se indica en las escrituras de los rabinos que «El hombre puede vender a su hija, pero la mujer no puede vender a su hija; el hombre puede desposar a su hija, pero la mujer no puede desposar a su hija».[17]El matrimonio representa la transferencia del control del padre al marido: «Los esponsales convierten a la mujer en posesión sacrosanta —propiedad inviolable— del marido...» Obviamente, ya que se considera que la mujer es una propiedad de alguien, no puede prometer nada que su dueño no apruebe. La historia demuestra que esta recomendación bíblica acerca de los votos de las mujeres ha tenido repercusiones negativas en las mujeres judeocristianas hasta comienzos del siglo XX. Una mujer casada en el mundo occidental no tenía ningún estatus jurídico. Ningún acto suyo tenía validez legal. Su marido podía rescindir cualquier contrato, así como tratar o negociar lo que ella hubiera acordado. Las mujeres en el mundo occidental eran consideradas incapaces de elaborar cualquier contrato vinculante porque en realidad ellas eran propiedad de otro.[18]En el Islam, el voto de cada musulmán, sea hombre o mujer, está vinculado con él o ella, nadie puede desdeñar la promesa de otra persona. El incumplimiento de un juramento solemne, hecho por un hombre o una mujer, ha de ser expiado como dice el Corán: «Dios no os tendrá en cuenta la vanidad de vuestros juramentos, pero sí el que hayáis jurado deliberadamente. Como expiación, alimentaréis a diez pobres como soléis alimentar a vuestra familia, o les vestiréis, o manumitiréis a un esclavo. Quien no pueda, que ayune tres días. Cuando juréis, esa será la expiación por vuestros juramentos. ¡Sed fieles a lo que juráis! Así os explica Dios sus versículos. Quizás así seáis agradecidos » (5:89). Los Compañeros del profeta Muhammad, hombres y mujeres, le prestaban personalmente su juramento de obediencia. Tanto las mujeres como los hombres llegaban por separado hasta él y prestaban sus juramentos de lealtad: «¡Profeta! Si llegan ante tí las mujeres creyentes y juran no asociar ninguna deidad a Dios, y juran no robar, no cometer adulterio, no matar a sus hijos, no atribuir a sus esposos los hijos que no son de ellos y que fueron obtenidos con traición y engaños y juran no contradecirte en lo bueno que les aconsejes; si juran todo eso, pedid a Dios que las perdone, Dios posee un perdón y una misericordia inmensos» (60:12). Ningún hombre puede jurar en nombre de su mujer o su hija, ni tampoco invalidar el juramento hecho por cualquiera de sus parientes femeninos. La propiedad de la mujer El Judaísmo, el Cristianismo y el Islam comparten una creencia inquebrantable en la importancia del matrimonio y la vida familiar. No obstante, existen notables diferencias respecto a los límites del liderazgo masculino. La tradición judeocristiana abarca tácitamente la autoridad del marido hasta la propiedad de su esposa. El Talmud describe la situación económica de la esposa de este modo: «¿Cómo puede poseer algo una mujer? Todo lo que tiene ella es propiedad de su marido. Lo que le pertenece a él es suyo y lo que le pertenece a su mujer también es suyo… Las ganancias de la mujer y lo que ella encuentre en la calle también pertenece a su marido. Los bienes de la casa, hasta las migas de pan sobre la mesa, pertenecen al hombre. Si ella invita a alguien a su casa y le da algo de comida, estaría robando a su marido» (San. 71a, Git. 62a). En una familia judía, la propiedad de la hija funcionaba para atraer a los pretendientes. Una familia judía asigna una porción de la propiedad del padre para ser usada como dote cuando se casa la hija. Esta dote hizo que los padres considerasen a las hijas como una pesada carga. El padre tenía que criar a su hija durante años y luego disponer una dote proporcional a la importancia de su matrimonio. Así, una muchacha en una familia judía constituía una carga en lugar de una ventaja.[19] La dote era un regalo de boda presentado al novio bajo los términos de la posesión. El marido actuaba como su dueño efectivo pero no podría venderla. La novia perdía todo el control sobre dicha dote al casarse. El novio tenía que presentarle un regalo de boda a la novia, pero el dueño efectivo de éste también era él mismo desde el preciso momento en que se casan.[20]Por otra parte, todas las ganancias de la mujer durante el matrimonio pertenecen al marido. Ella sólo podría recobrar su propiedad en dos casos: el divorcio o la muerte del marido. Si ella moría primero, él heredaba su propiedad. En caso de la muerte del marido, la esposa podría recobrar la propiedad prematrimonial pero no estaba capacitada para heredar ninguna parte de la propiedad del marido difunto. Hasta hace poco, el mundo occidental continuaba con la misma tradición. Las autoridades religiosas y civiles del Imperio Romano tras la muerte del emperador Constantino —Imperio Bizantino— exigieron un contrato de propiedad como condición para reconocer el matrimonio. Por ejemplo, los derechos de las mujeres bajo las leyes inglesas fueron compilados y publicados en 1632. Éstos «derechos» incluían: «Que aquello que posee el marido es de su propiedad y que aquello que posee la esposa es propiedad del marido».[21]La mujer no sólo perdió su propiedad con el matrimonio, sino que también perdió su personalidad jurídica ya que ninguno de sus actos tenían valor legal. Su marido podía invalidar cualquier venta o regalo realizado por ella y ningún contrato tenía valor legal. La persona con la cual había realizado un contrato era considerada como un delincuente, por participar en un fraude. Es más, ella no podía demandar o ser demandada en su propio nombre, ni podía demandar a su propio marido.[22]En la práctica, una mujer casada era considerada como un niño ante las leyes. La mujer simplemente pertenecía a su marido y por consiguiente perdió su propiedad, su personalidad jurídica y su nombre familiar.[23] Desde el comienzo de su revelación, el Islam le concedió a la mujer casada la personalidad independiente que el Judeocristianismo occidental les ha estado negando hasta hace poco tiempo. En el Islam no tienen la obligación de otorgar regalo alguno al novio ni la novia ni su familia, por lo tanto, la hija musulmana no es considerada como una carga. La mujer es considerada tan digna en el Islam, que no necesita presentar regalos para atraer a los pretendientes. Es el novio el que debe presentarse ante la novia con una dote. Este regalo es considerado de su propiedad por eso ni el novio ni la familia de la novia tienen control sobre éste. La novia retiene su dote incluso si se divorcia posteriormente. El marido no participa de la propiedad de su esposa, excepto en lo que ella le ofrece con su libre consentimiento.[24] El divorcio Las tres religiones poseen diferencias notables en sus actitudes hacia el divorcio. La Biblia condena por completo el divorcio. El Nuevo Testamento aboga inequívocamente por la indisolubilidad del matrimonio. Se atribuye a Jesús el haber dicho: «Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto en el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio» (Mateo, 5:32). Este intransigente ideal es poco realista, ya que asume un estado de perfección moral que las sociedades humanas nunca han logrado. Cuando una pareja comprende que su vida matrimonial está más allá de cualquier arreglo, una prohibición del divorcio no la resolverá. Forzar a las parejas que están a punto de separarse a permanecer juntas contra su voluntad no resulta eficaz ni razonable. No es extraño pues el hecho de que el mundo cristiano se haya visto obligado a admitir el divorcio. Por otra parte, el Judaísmo, permite el divorcio incluso sin motivo alguno. El Antiguo Testamento le concede al marido el derecho de divorciarse de su mujer incluso por sentirse disgustado con ella: «Si un hombre toma a una mujer y se casa con ella, y resulta que en esta mujer no halla gracia para sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa. Si después de salir y marcharse de casa de éste, se casa con otro hombre, y luego este otro hombre le cobra aversión, le redacta un libelo de repudio, lo pone en su mano y la despide de su casa (o bien, si llega a morir este otro hombre que se ha casado con ella), el primer marido que la repudió no podrá volver a tomarla por esposa después de haberse hecho ella impura» (Deuteronomio, 24:1-4). Los versículos anteriores han generado una discusión importante entre los eruditos judíos debido a su desacuerdo sobre la interpretación de las palabras «desagradable», «aversión» y «repudio» mencionadas en éstos. El Talmud registra sus diferentes opiniones: «La escuela de Shammai sostenía que un hombre no debe divorciarse de su esposa a menos que él la haya encontrado culpable de algún tipo de escarceo sexual, mientras la escuela de Hillel dice que puede divorciarse de ella simplemente por haber roto un plato. El rabino Akiba[25]dice que puede divorciarse sencillamente porque ha encontrado a otra mujer más bonita que ella» (Gittin, 90a-b). El Talmud ha recogido varios actos concretos por parte de esposas que obligaron a sus maridos a divorciarse de ellas: «Si ella comiera y bebiera con gula en la calle, si amamantara en la calle, en cada caso —dice el rabino Meir— deberá dejar a su marido» (Git. 89a). El Talmud también ha hecho obligatorio divorciarse de una esposa estéril (aquella que no ha dado a luz durante un período de diez años): «Nuestros rabinos enseñaron: “Si un hombre tomó a una esposa y vivió con ella durante diez años en los que no dio a luz a ningún niño, entonces él se divorciará de ella”» (Yeb. 64a). Una mujer judía no puede iniciar el proceso de divorcio según las leyes judías, pero podría exigir el derecho a divorciarse ante una corte judía siempre que exista una razón importante. Entre estas razones se incluyen: un marido con defectos físicos o con una enfermedad cutánea o un marido que no cumpla con sus responsabilidades conyugales. El Tribunal puede apoyar la demanda de divorcio de la mujer pero sólo el marido puede disolver el matrimonio dándole un acta de divorcio a su esposa. El Tribunal podría azotar, multar, encarcelar o excomulgar al marido para obligarle a entregar la necesaria acta de divorcio a su esposa pero él puede negarse a conceder el divorcio a su esposa y mantenerla ligada a él indefinidamente. Lo peor es que él puede abandonarla sin concederle el divorcio y dejarla, manteniendo ambos la condición de casados y sin divorciarse. Él puede casarse con otra mujer e incluso vivir con una mujer soltera sin casarse y tener hijos con ella (estos hijos son considerados legítimos según la ley judía). La esposa abandonada, por su parte, no puede casarse con otro hombre dado que ella todavía está casada legalmente, ni puede vivir con otro hombre porque sería considerada adúltera y los hijos de esta unión serían considerados ilegítimos durante diez generaciones. Una mujer en semejante posición se denomina agunah (mujer encadenada).[26]Hoy en día existen en el mundo aproximadamente diecisiete mil mujeres judías sufriendo esta situación. Los maridos pueden extorsionar miles de dólares a sus mujeres «agunot» (plural de agunah) a cambio de un divorcio judío.[27] El Islam ocupa un término medio entre el Cristianismo y el Judaísmo, ya que considera el matrimonio como un vínculo santificado que se puede romper sólo por razones convincentes. A las parejas se les ordena emplear todos los medios posibles para salvar su matrimonio, ya que el divorcio es la última opción a tomar. En pocas palabras, el Islam reconoce el divorcio pero intenta evitarlo por todos los medios. Primero nos centraremos en el reconocimiento del divorcio. El Islam reconoce los derechos de cada miembro de la pareja para acabar con su matrimonio; le concede al marido el derecho de divorcio (talaq) y a diferencia del Judaísmo, permite a la mujer disolver el matrimonio a través de la jula —khula—.[28]Si el hombre disuelve el matrimonio, el Corán le prohíbe explícitamente recuperar sus regalos de boda, cuesten lo que cuesten: «En caso de divorciarse de una esposa, para casaros con otra, y que hayáis dado a una de ellas un patrimonio considerable, no os está permitido retomar algo de lo que le habéis dado. ¿Seréis capaces de retomarlo por imputación e iniquidad manifiesta? » (4:20). Si la mujer disuelve el matrimonio, puede devolver la dote a su marido. En este caso, la devolución de la dote es una compensación justa para el marido que decide continuar con su matrimonio aunque su mujer pretenda dejarle. El Corán dice a los musulmanes que no recuperen ninguno de los regalos que hayan dado a sus esposas, excepto en el caso de que la esposa decida disolver el matrimonio: «No os es lícito recuperar nada de lo que les disteis, a menos que las dos partes teman no observar las leyes de Dios. Y si teméis que no observen las leyes de Dios, no hay inconveniente en que ella obtenga su libertad indemnizando al marido. Estas son las leyes de Dios, no las violéis. Quienes violan las leyes de Dios, ésos son los impíos» (El Corán, 2:229). Una vez vino una mujer al Profeta y le pidió que disolviera su matrimonio. La mujer dijo que no se quejaba del carácter ni los modales de su marido, pero a ella honestamente le disgustaba mucho y por eso no podía vivir más con él. El Profeta le preguntó: «¿Le devolverías su jardín —la dote que él le había dado—?» Ella contestó: «Sí». El Profeta le dijo entonces al hombre que recuperase su jardín y aceptó la disolución del matrimonio. (Relatado por el tradicionista Bujari) En algunos casos, una mujer musulmana puede querer mantener su matrimonio, pero verse obligada a pedir el divorcio por diversos motivos importantes, como los siguientes: la crueldad del marido, el abandono sin causa, un marido que no cumple sus responsabilidades conyugales, etc. En estos casos el tribunal islámico disuelve el matrimonio.[29] Para abreviar, el Islam ofrece a la mujer musulmana diversas opciones, el derecho a disolver su matrimonio y exigir el divorcio. De este modo, una mujer no se puede encadenar a un hombre recalcitrante. Fijemos nuestra atención ahora en cómo el Islam desaconseja el divorcio. El Profeta Muhammad, la paz sea con él, dijo a los creyentes que: «De entre todos los actos lícitos, el divorcio es el más odiado por Dios» (Abu Dawud). Un hombre no debe divorciarse de su mujer tan sólo porque no le gusta. El Corán ordena al hombre que sea amable con sus esposas incluso en situaciones de tibieza o disgusto: «Comportaos con ellas como es debido. Y si os resultan antipáticas, puede que Dios haya puesto mucho bien en el objeto de vuestra antipatía» (4:19). El profeta Muhammad, la paz sea con él, dio una instrucción similar: «Un creyente no debe odiar a una creyente. Si a él le disgusta uno de sus rasgos, habrá otro que le agradará» (Muslim). El Profeta también enfatiza que los mejores musulmanes son aquéllos que tratan mejor a sus esposas: «Los más píos de entre los creyentes son aquellos que tienen mejor carácter y los mejores de entre ellos son los que tratan mejor a sus esposas».[30] Sin embargo, el Islam, como una religión práctica, reconoce que existen circunstancias en las que el matrimonio llega al borde del colapso. En estos casos, aconsejar la amabilidad y el autocontrol ya no es por más tiempo viable. Entonces, ¿cómo se pueden salvar tales matrimonios? El Corán ofrece algunos consejos prácticos para el cónyuge cuyo compañero es el causante del problema. Si la mala conducta de la mujer está amenazando el matrimonio, el Corán le da al marido cuatro tipos de consejos: «… Mas de aquellas de quienes sospecháis desobediencia, exhortadlas con la buena palabra, mas si persisten, relegadlas solas en su lecho y si persisten, pegadles ligeramente (sin humillarlas). Pero si os obedecen mediante las tres admoniciones citadas, no las provoquéis oprimiéndolas. Sabed que Dios os observa, y os castigará si las agredís, porque Dios es Excelso. Si teméis una ruptura entre los esposos, nombrad un intercesor de la familia de él y otro de ella. Si desean reconciliarse, Dios hará que lleguen a un acuerdo. Dios es Omnisciente y está bien informado» (4:34-35). Los tres consejos iniciales se deben realizar primero. Si fracasan en este esfuerzo, se debe buscar la ayuda de las familias involucradas. En relación a que se golpee a la mujer díscola, es un recurso excepcional al que se recurre en casos de extrema necesidad con la esperanza de que se corrija el mal que lleva a cabo la esposa. Si la medida llega a buen fin, al marido no le está permitido continuar molestando a la esposa como se menciona explícitamente en el versículo. Si dicha medida no teine éxito, entonces el marido debe recurrir al último recurso: la reconciliación a través de la ayuda familiar. El profeta Muhammad, la paz sea con él, dijo que los maridos musulmanes no deben recurrir a estas medidas excepto en casos extremos, como la expresión lujuriosa evidente llevada a cabo por la esposa. Incluso en estos casos el castigo debe ser leve y, si la esposa desiste, al marido no le está permitido molestarla: «En caso de que ellas sean culpables de lascivia manifiesta, podéis abandonarlas en sus lechos e infligirles un ligero castigo. Si os obedecen, no molestarlas más» (Tirmizi). Además, el Profeta, la paz sea con él, condenó cualquier tipo de agresión injustificable. Algunas esposas musulmanas se quejaron a él de que sus maridos les habían pegado. Al oír esto, el Profeta afirmó categóricamente que: «Aquéllos que hacen esto —golpear a sus esposas— no se encuentran entre los mejores de vosotros» (Abu Dawud) y: «El mejor de vosotros es aquél que es mejor para con su familia, y yo soy el mejor de entre vosotros con mi familia» (Tirmizi). El Profeta aconsejó a una mujer musulmana cuyo nombre era Fatima bint Qais, que no se casara con un hombre porque éste tenía fama de pegar a las mujeres: «Yo fui al encuentro del Profeta y le dije: “Abu Yahm y Muawia me han propuesto matrimonio”». El Profeta le aconsejó: «En lo que respecta a Muawia él es muy pobre y Abu Yahm tiene la costumbre de maltratar a las mujeres» (Muslim). El Talmud consiente el maltrato a la mujer como un método de disciplina.[31]Un hombre puede pegar a su mujer incluso por motivos que no son considerados extremos, como negarse a hacer las tareas domesticas. Además, su castigo no tiene que ser leve, ya que puede azotarle o no darle comida.[32] En caso de que una mujer quiera divorciarse, el Corán ofrece el consejo siguiente: «Si una esposa teme desinterés por parte de su marido, en el cumplimiento de sus responsabilidades familiares, no serán recriminados los esposos que busquen la reconciliación en buena forma; el más sensato de ambos debe iniciar la reconciliación que es siempre lo mejor» (4:128). En este caso, se aconseja a la esposa procurar la conciliación con su marido (con o sin la ayuda familiar). El Corán no aconseja a la esposa que lleve a cabo medidas tales como la abstinencia sexual y el maltrato físico. La razón de esta discrepancia podría ser proteger a la esposa de una reacción violenta por parte del marido que tiene ya de por sí mal comportamiento. Semejante reacción física violenta causará, a la esposa y al matrimonio, más mal que bien. Algunos eruditos musulmanes han sugerido que el tribunal pueda aplicar estas medidas contra el marido en nombre de la esposa. Es decir, el tribunal amonesta primero al marido díscolo, luego le prohíbe la cama de su esposa y finalmente ejecuta un castigo corporal simbólico.[33] En resumen, el Islam ofrece a los cónyuges musulmanes soluciones muy viables para salvar sus matrimonios en casos de dificultad y tensión. Si uno de los compañeros pone en peligro la relación matrimonial, el Corán aconseja al otro que haga todo lo posible para savlar este sagrado vínculo. Si todos los medios fracasan, el Islam permite a los compañeros separarse apacible y amistosamente. Las madres El Antiguo Testamento, en varios pasajes, ordena un trato cariñoso y considerado hacia los padres y condena a aquéllos que los deshonran. Por ejemplo: «Quien maldiga a su padre o a su madre, será muerto sin remedio, pues ha maldecido a su padre o a su madre; su sangre caerá sobre él» (Levítico, 20:9) y «El hijo sabio es la alegría de su padre, el hombre necio desprecia a su madre» (Proverbios, 15:20). Aunque honrar solamente al padre se menciona en algunos lugares, como por ejemplo: «El hijo sabio atiende a la instrucción de su padre…» (Proverbios, 13:1), nunca se menciona sólo a la madre. Más aun, no se hace hincapié en el trato amable a la madre como muestra de cariño por su sacrificio y sufrimiento al dar a luz y amamantar; y las madres no heredan nada de sus hijos.[34] Algunos versículos del Nuevo Testamento se pueden malinterpretar fácilmente si se leen literalmente en lo que respecta al estatus de las madres (Lucas, 14:26 y Marcos, 3:31-35). Jesús intentaba enseñar a sus seguidores una lección importante: los vínculos religiosos son tan importantes como los de la familia, la verdadera virtud reside en la creencia en Dios y la servidumbre a Él. En el Islam, el honor, el respeto y la estima inherentes a la maternidad no tienen comparación. El Corán ubica la bondad hacia los padres, como el segundo aspecto en importancia después de rendir culto a Dios Todopoderoso: «Dios prescribió que no veneréis sino a Él y que seáis indulgentes con vuestros padres y cuando uno o ambos lleguen a la vejez y estén junto a ti, en la etapa de la debilidad, no les repruebes cualquier cosa que podrían hacer, expresando tu malestar y tu reprobación; más bien dirígeles palabras afectuosas, suaves y caritativas, expresándoles tu veneración por ellos. Y sé humilde con ellos, por piedad y conmiseración, y di a su respecto: Señor mío, apiádate de ellos como se apiadaron de mí cuando me criaron desde niño» (17:23-24). En diversos lugares el Corán pone especial énfasis en el gran papel de la madre que da a luz y alimenta: «Hemos ordenado al hombre ser benévolo con sus padres, especialmente con su madre, porque se quedó embarazada, y se cansó muchísimo y lo amamantó durante dos años. Recomendamos al hombre agradecer a Dios y a los padres» (31:14). El Profeta describe con elocuencia el lugar tan especial de las madres: «Un hombre le preguntó al Profeta: “¿A quien debo honrar más?” El Profeta contestó: “A tu madre”. “¿Y después?” le volvió a preguntar el hombre. El Profeta le contestó: “A tu madre”. “¿Y luego?” insistió. El Profeta volvió a contestar: “A tu madre”. “¿Y después?” le preguntó el hombre. El Profeta le contestó: “A tu padre”». (Relatado por Bujari y Muslim) Entre unos pocos preceptos del Islam que los musulmanes observan todavía fielmente en nuestro tiempo está el tratamiento considerado hacia las madres. El honor que las madres musulmanas reciben de sus hijos e hijas es ejemplar. Las relaciones intensamente cálidas entre las madres musulmanas y sus hijos así como el respeto profundo con el que normalmente se acercan los hombres musulmanes a sus madres, asombra a los occidentales.[35] La herencia de las mujeres Una de las diferencias más importantes entre el Corán y la Biblia es su actitud hacia la herencia de las propiedades de los parientes difuntos. La actitud bíblica ha sido descrita sucintamente por el rabino Epstein: «La tradición continua e ininterrumpida desde los tiempos bíblicos no otorga a los miembros femeninos del hogar —esposa e hijas— ningún derecho sucesorio en cuanto a la propiedad familiar. En el esquema más primitivo de sucesión, los miembros femeninos de la familia eran considerados parte de la propiedad y alejados del estatus jurídico de heredero, como el esclavo. Considerando, por la promulgación de la Ley Mosaica, que las hijas fuesen aptas para la sucesión en el caso de que no hubiese herederos varones, a la esposa ni siquiera se le reconoció como heredera en casos así».[36] Las reglas bíblicas sobre la herencia se explican en Números, 27:1-11. No se da a la esposa ninguna parte de la propiedad de su marido, mientras que él es el primer heredero de ella, incluso antes que sus hijos. Una hija sólo puede heredar si no existe ningún heredero masculino. Una madre nunca hereda nada mientras que el padre sí. Las viudas e hijas, en caso de que existan hijos varones, están a merced de los herederos masculinos en cuanto a la manutención. La Cristiandad ha mantenido este talante durante mucho tiempo. Tanto en el derecho civil como en el derecho eclesiástico cristiano, las hijas estaban excluidas de compartir con sus hermanos el patrimonio del padre. Además, se privó a las esposas de cualquier derecho de herencia. Estas leyes inicuas sobrevivieron hasta el siglo pasado.[37] Entre los árabes paganos anteriores al Islam, los derechos hereditarios se otorgaban exclusivamente a los parientes masculinos. El Corán abolió todas estas costumbres injustas y concedió a todas las mujeres una parte específica en las herencias: «A los hijos (varones) corresponde una legítima parte de la herencia que dejan los padres y los allegados parientes; y a las mujeres, también les corresponde una legítima parte de lo que dejan los padres y los allegados parientes sin obstrucción ni modicidad. Tales partes son obligatoriamente evaluadas, ya sean exiguos o grandes los bienes heredados» (4:7). Las madres, esposas, hijas y hermanas musulmanas habían obtenido derechos hereditarios mil trescientos años antes de que en Europa se reconocieran estos derechos igualitarios. La división de la herencia es un tema muy amplio que incluye una cantidad enorme de especificaciones (4:7, 11, 12,176). La regla general es que la parte que le corresponde a la mujer es la mitad de la que le corresponde al hombre excepto en los casos en los que la madre recibe una parte igual a la del padre. Si se considera aislado de otra legislación relatada, esta regla general puede ser injusta. Para comprender en qué se basa esta regla, se debe considerar que en el Islam las obligaciones financieras de los hombres exceden con mucho a las de las mujeres (véase el epígrafe «La propiedad de la esposa»). Por ejemplo, el novio debe proporcionarle un regalo a su novia como dote. Dicho regalo pasará a ser de su exclusiva propiedad incluso en el caso de divorcio. La novia no tiene ninguna obligación de hacer regalo alguno al novio. Además, el hombre es responsable del mantenimiento de su mujer y sus hijos. Pero la mujer no tiene la obligación de ayudarle en dicha tarea. La propiedad y las ganancias de la mujer sólo le pertenecen a ella excepto las cosas que le ofrece voluntariamente a su marido. Además, el Islam recomienda con vehemencia la vida familiar. Anima enérgicamente a la juventud a casarse, desaconseja el divorcio y no considera el celibato como una virtud (casos excepcionales siempre existen). En una sociedad verdaderamente islámica, la vida familiar es la norma y la vida solitaria es una rara excepción; de este modo, casi todos los jóvenes se casan cuando llegan a la edad de matrimonio. A la luz de estos hechos, se debe considerar que los hombres musulmanes, en general, tienen mayores cargas económicas que las mujeres, y así, las reglas de la herencia quieren compensar este desequilibrio para que la sociedad viva libre de todo tipo de luchas de clase. Después de una simple comparación entre los derechos y deberes económicos de las mujeres musulmanas, una investigadora musulmana del Reino Unido ha llegado a la conclusión de que el Islam no sólo ha sido justo, sino también generoso con las mujeres.[38] La situación de las viudas Dado que el Antiguo Testamento no les concede ningún derecho hereditario a las viudas, estas mujeres estaban entre los miembros más vulnerables de la sociedad. Los parientes varones, que heredaban toda la propiedad del difunto marido de la mujer, solían utilizar esta propiedad para cuidar a la viuda. Sin embargo, las viudas no tenían ningún derecho de asegurarse esta provisión y vivían abandonadas a merced de los demás. Estaban entre las clases más bajas de algunas sociedades antiguas, y la viudez se consideraba un símbolo degradante (Isaías, 54:4). Pero la situación de una viuda en la tradición bíblica se extendía más allá de la exclusión a la propiedad de su marido. Según Génesis, 38, una viuda sin hijos debe casarse con el hermano de su marido, aunque ya esté casado, para que él procure descendencia a su hermano muerto, asegurando así que el nombre del hermano difunto no se perderá: «Entonces Judá dijo a Onán: “Cásate con la mujer de tu hermano y cumple como cuñado con ella, procurando descendencia a tu hermano” » (Génesis, 38:8). No se requiere el consentimiento de esta viuda en este tipo de matrimonio ya que se la considera parte de la propiedad del difunto marido, y su función principal es asegurar la descendencia del marido. Esta ley bíblica todavía se practica en algunas partes del mundo.[39] Por ejemplo, una viuda sin hijos es transferida al hermano de su marido; si su cuñado es demasiado joven para casarse, ella tiene esperar hasta que él llegue a la edad adecuada. En caso de que el hermano del difunto marido se niegue a casarse con ella, entonces queda libre y puede casarse con quien quiera. Los árabes paganos anteriores al Islam tenían prácticas parecidas. Una viuda se consideraba una parte de la propiedad de su marido y era heredada por sus herederos varones. Además, normalmente era concedida en matrimonio con el primogénito de otra mujer del difunto. El Corán rechazó contundentemente y abolió esta costumbre degradante: «No os caséis con las mujeres que desposaron vuestros padres. Es una obscenidad detestada por Dios y por los hombres. Es un abominable designio» (4:22). Las viudas y divorciadas eran tan menospreciadas en la tradición bíblica, que el sacerdote no podía casarse con una viuda, una divorciada o una prostituta: «Tomará una virgen por esposa. No se casará con viuda ni repudiada ni profanada por prostitución, sino que tomará por esposa una virgen de entre su parentela. No profanará su descendencia entre su pueblo, pues soy yo, Dios, el que lo santifico» (Levíticos, 21:13-15). Sin embargo, según el Corán las viudas y las divorciadas tienen la libertad de casarse con quien ellas elijan. Y también, no existe en el Corán ninguna estigmatización de las divorciadas o las viudas: «Cuando os divorciéis de vuestras mujeres y éstas finalicen su plazo de espera (tres ciclos menstruales), retenedlas o dejadlas en libertad como es debido. ¡No las sujetéis a la fuerza, en violación de las leyes de Dios! Quien hace esto es injusto consigo mismo. ¡No toméis a burla los signos de Dios, antes bien, recordad la gracia de Dios para con vosotros y lo que os ha revelado de la Escritura y de la Sabiduría, exhortándoos con ello!» (2:231). «Las viudas que dejéis deberán esperar cuatro meses y diez días; pasado este tiempo, no seréis ya responsables de lo que ellas dispongan de sí mismas conforme al uso» (2:234). «Aquéllos de vosotros que mueran dejando esposas deberían testificar a favor de ellas para su mantenimiento durante un año sin echarlas. Y, si ellas se van, no se os reprochará lo que ellas hagan honradamente respecto a su persona» (2:240). La poligamia La poligamia, una práctica muy antigua, se encuentra en muchas sociedades humanas. La Biblia no lo condena y lo que es más, el Antiguo Testamento y las escrituras rabínicas atestiguan frecuentemente su legalidad. Se dice que el Rey Salomón y el Rey David tuvieron muchas mujeres y concubinas (I Reyes, 11:3 y II Samuel, 5:13). El Antiguo Testamento contiene algunas órdenes sobre cómo repartir la propiedad de un hombre entre sus hijos fruto de diferentes esposas (Deuteronomio, 22:7). La única restricción sobre la poligamia es que un hombre no puede casarse con la hermana de su mujer y que como consecuencia de esto sus esposas pasen a ser rivales (Levítico, 18:18). El Talmud aconseja como máximo cuatro mujeres.[40]Los judíos europeos continuaron practicando la poligamia hasta el siglo XVI. Los judíos orientales practicaron regularmente la poligamia hasta que regresaron al estado de Israel, donde se encuentra prohibida por el derecho civil. Sin embargo, es permisible bajo las leyes religiosas que anulan a las leyes civiles en estos casos.[41] ¿Qué dice el Nuevo Testamento? Según el Padre Eugene Hillman en su profundo libro, La Poligamia a Examen: «En ninguna parte del Nuevo Testamento aparece una orden explícita de que el matrimonio deba ser monógamo o ningún mandato que prohíba la poligamia».[42] Es más, Jesús no habló en contra de la poligamia a pesar de que era práctica común en la sociedad judía de su tiempo. El Padre Hillman resalta el hecho de que la Iglesia de Roma prohibió la poligamia para adaptarse a la cultura grecorromana que prescribía una sola esposa legal mientras toleraba el concubinato y la prostitución. Cita a San Agustín: «Ahora realmente en nuestro tiempo, y siguiendo la costumbre romana, no se permite ya tomar a otra esposa».[43] El Corán también permite la poligamia, pero con ciertas restricciones: «Si teméis no ser equitativo con los huérfanas, entonces contraed matrimonio con las mujeres que os gusten: sean dos, tres o cuatro. Pero si teméis no obrar con justicia, entonces con una sola» (4:3). El Corán limita el número de las mujeres a cuatro bajo la estricta condición de tratar a cada mujer por igual y de manera justa. Es decir, no exhorta a los creyentes a practicar la poligamia ni la representa como un ideal, tan sólo la tolera o la permite. Por ejemplo, puede haber tiempos o lugares a lo largo de los cuales algunas convincentes razones sociales y morales hacen la poligamia más aceptable. Como se indica en el anterior versículo coránico, el problema de la poligamia en el Islam no puede entenderse al margen de las obligaciones que tiene la comunidad hacia los huérfanos y las viudas. El Islam, como una religión universal válida para todos los tiempos y lugares, no puede eludir estas profundas responsabilidades. En la mayoría de las sociedades modernas el número de mujeres sobrepasa al de los hombres. En EE.UU. hay, por lo menos, ocho millones de mujeres más que de hombres. En la República de Guinea hay 122 mujeres por cada 100 varones. En Tanzania, hay una proporción de 95’1 varones por 100 mujeres.[44]¿Qué debe hacer una sociedad ante una proporción tan desequilibrada entre los sexos? Existen varias soluciones: el celibato, el infanticidio femenino (el cual se sigue realizando en algunas sociedades) o tolerar la permisividad sexual (por ejemplo la prostitución, el sexo fuera del matrimonio y la homosexualidad). Para otras sociedades, como la mayoría de las sociedades africanas de hoy, la solución más honorable es permitir el matrimonio polígamo como institución culturalmente aceptada y socialmente respetada. Hay una realidad que normalmente las personas occidentales no entienden, y es que las mujeres de otras culturas no tienen que considerar necesariamente la poligamia como un signo de humillación. Por ejemplo, muchas jóvenes novias africanas, sean cristianas, musulmanas o de otra creencia, pueden preferir casarse con un hombre casado que haya demostrado ser un esposo responsable. Muchas mujeres africanas instan a sus maridos a que consigan una segunda esposa y de ese modo no se sienten solas.[45]Un estudio realizado en la segunda ciudad más grande de Nigeria, con más de seis mil mujeres, de edades comprendidas entre los 15 a los 59 años, mostró que el sesenta por ciento de estas mujeres estarían contentas si sus maridos tomaran a otra esposa. Sólo el veintitrés por ciento expresó enfado ante la idea de compartir a su marido con otra mujer. En una encuesta realizada en Kenia, el setenta y seis por ciento de las mujeres considera positivamente la poligamia. En un estudio emprendido en la Kenia rural, veinticinco de cada veintisiete mujeres consideraron que la poligamia es mejor que la monogamia. Estas mujeres sienten que la poligamia puede ser una experiencia feliz y beneficiosa si las esposas cooperan entre sí.[46] La poligamia en muchas sociedades africanas es una institución tan respetable que algunas iglesias protestantes están mostrándose más tolerantes hacia ello. El obispo de la Iglesia Anglicana en Kenia declaró que: «Aunque la monogamia puede ser ideal para la expresión del amor entre marido y mujer, la iglesia debe considerar que en determinadas culturas, la poligamia es socialmente aceptable y que la creencia de que la poligamia es contraria a la Cristiandad no puede mantener-se por más tiempo».[47]Después de un cuidadoso estudio de la poligamia africana, el sacerdote David Gitari, de la Iglesia Anglicana, ha concluido que la poligamia, como idealmente suele practicarse, es más cristiana que el divorcio y las segundas nupcias, hasta donde alcanzan los intereses de las esposas y los hijos abandonados.[48]Yo conozco personalmente a algunas esposas africanas muy cultas que, a pesar de haber vivido en Occidente durante muchos años, no tienen ninguna objeción contra la poligamia. El problema del desequilibrio en la proporción de los sexos se torna verdaderamente problemático en tiempos de guerra. Las tribus de los indios nativos americanos sufrían graves desproporciones entre los sexos a causa de las bajas que se producían tras las batallas. Las mujeres de estas tribus, que de hecho disfrutaban de un estatus bastante alto, aceptaron la poligamia como la mejor protección frente a la alternativa de ser excesivamente tolerantes en materia sexual. Después de la Segunda Guerra Mundial había en Alemania alrededor de siete millones más de mujeres que de hombres (de las cuales unos tres millones de ellas eran viudas). Había cien hombres de entre veinte y treinta años por cada ciento sesenta y siete mujeres de esa misma edad.[49]Muchas de estas mujeres necesitaban un hombre no sólo como compañero sino como proveedor de bienes para la casa en un tiempo de miserias y penalidades inconcebibles. Numerosas muchachas jóvenes y viudas mantuvieron relaciones con miembros de las fuerzas de ocupación. Muchos soldados americanos y británicos pagaban sus placeres mediante cigarrillos, chocolate y pan; los niños se ponían contentos con los regalos que aquellos extranjeros les dejaban.[50]Actualmente en los lugares donde se ha cometido una limpieza étnica, como Bosnia, hay un hombre por cada diez mujeres y en Kosovo, hay un hombre por cada cinco mujeres. En este punto debemos preguntar a nuestra conciencia: ¿Qué resulta más digno para una mujer? ¿Ser una segunda mujer aceptada y respetada como hicieron las indias nativas o ser una prostituta a causa del hambre que sufren ella y sus hijos? Es interesante mencionar que en una conferencia internacional de la juventud celebrada en Munich en 1948 se debatió el problema del gran desequilibrio en la proporción numérica entre ambos sexos en Alemania. Cuando se concluyó que ninguna solución podía ser satisfactoria, algunos participantes propusieron la poligamia. La reacción inicial de la concurrencia fue una mezcla de miedo y rechazo. Sin embargo, después de un estudio detallado de la propuesta, los participantes estuvieron de acuerdo acerca de que era la única solución viable. Por consiguiente, la poligamia fue incluida entre las recomendaciones finales de la conferencia.[51] Hoy en día, el Mundo posee más armas de destrucción masiva que nunca. El Padre Hillman ha reconocido cuidadosamente esta verdad: «Es bastante probable que estas técnicas genocidas, como la guerra nuclear, biológica o química, puedan producir tan drásticos desequilibrios entre ambos sexos, que el matrimonio polígamo se convertiría en una forma necesaria de supervivencia... Entonces, contrariamente a la costumbre y la ley anteriores, surgirían tendencias naturales y morales en favor de la poligamia. En semejante situación, los teólogos y los líderes de la Iglesia elaborarían rápidamente razones de peso y textos bíblicos para justificar una nueva concepción del matrimonio».[52] Incluso en nuestros tiempos, la poligamia sigue siendo una solución viable a algunas enfermedades de la sociedad moderna. Las obligaciones comunitarias que el Corán menciona en relación con la permisividad de la poligamia son en la actualidad más viables en algunas sociedades occidentales que en África. Por ejemplo, en los EE.UU. hay una severa crisis de este tipo en la comunidad afro-americana. Uno de cada veinte varones jóvenes de color puede morir antes de alcanzar los 21 años. Para los que se hallan entre los 20 y los 35 años de edad, el homicidio es la principal causa de la muerte.[53]Además, muchos de ellos están en paro, en la cárcel o sumidos en la drogadicción.[54]Como resultado, una de cada cuatro mujeres de color de cuarenta años nunca se ha casado.[55]Además, muchas jóvenes afroamericanas se convierten en madres antes de cumplir los veinte años y se encuentran necesitadas de provisión. La consecuencia final de estas trágicas circunstancias es que un número creciente de mujeres de color se comprometen con lo que se denomina un «hombre compartido».[56]Es decir, muchas de estas solitarias y desgraciadas mujeres mantienen relaciones con hombres casados. Las esposas ignoran frecuentemente el hecho de que están «compartiendo a sus maridos» con otras mujeres. Algunos analistas de lo que se denomina «la crisis del hombre compartido» recomiendan enérgicamente a la comunidad afroamericana una poligamia de consenso como solución temporal a la escasez de varones hasta que se emprendan las necesarias reformas en la sociedad americana a más largo plazo.[57]El problema del «hombre compartido» en la comunidad afro-americana fue el asunto central de un debate que tuvo lugar en la Universidad de Temple, ubicada en Filadelfia, el 27 de enero de 1993.[58]Algunos de los conferenciantes recomendaron la poligamia como remedio potencial para la crisis. También sugirieron que la poligamia no debería estar prohibida por la ley, particularmente en una sociedad que tolera la prostitución. En su Plural Marriage for Our Time, Philip Kilbride, un antropólogo americano de confesión católica, propone la poligamia como una solución a algunas enfermedades de la sociedad americana. Defiende que el matrimonio polígamo puede ser, en muchos casos, una alternativa potencial al divorcio, evitándose así el impacto perjudicial que ejerce el divorcio sobre muchos niños.[59] En 1987, una encuesta dirigida por el periódico estudiantil de la Universidad de Berkeley, en California, preguntaba a los estudiantes si estaban de acuerdo con que la ley debía permitir a los hombres tener más de una esposa como solución a la evidente escasez de varones solteros en California. Casi todos los estudiantes estuvieron de acuerdo con la propuesta. Una estudiante incluso declaró que un matrimonio polígamo podría satisfacer sus necesidades emocionales y físicas, al mismo tiempo que le daría más libertad que una unión monógama.[60] De hecho, este mismo argumento también es empleado por las escasas mujeres mormonas[61]fundamentalistas que todavía practican la poligamia en los EE.UU. Ellas creen que la poligamia es la forma ideal para que una mujer tenga una profesión e hijos, ya que las esposas se ayudan entre sí para cuidar de los hijos.[62] En el Islam la poligamia es un hecho de mutuo consentimiento. Nadie puede obligar a una mujer a que se case con un hombre ya casado. Además, la esposa tiene el derecho de estipular que su marido no se case con otra mujer como segunda esposa.[63]Por otra parte, la Biblia recurre a veces a forzar la poligamia. Por ejemplo, una viuda sin hijos debe casarse con el hermano de su marido, aún cuando él ya esté casado (véase el epígrafe «La condición de las viudas»), prescindiendo de su consentimiento (Génesis, 38:8-10). Billy Graham, un eminente cristiano evangelista, ha reconocido este hecho: «La Cristiandad no puede transigir en la cuestión de la poligamia. Si el Cristianismo actual no puede hacerlo, es en su propio detrimento. El Islam ha permitido la poligamia como una solución a las enfermedades sociales y ha permitido un cierto grado de libertad a la naturaleza humana, pero sólo dentro del marco estrictamente definido por la ley. Los países cristianos hacen un gran alarde de monogamia, pero en realidad practican la poligamia. Nadie ignora el papel que desempeñan las amantes en la sociedad occidental. En este sentido, el Islam es una religión fundamentalmente honesta, y permite a un musulmán casarse con una segunda esposa si puede, pero prohíbe estrictamente todas las relaciones amorosas clandestinas como medio de salvaguardar la integridad moral de la comunidad».[64] Muchos países, tanto musulmanes como no musulmanes, han proscrito la poligamia. Casarse con una segunda mujer, incluso con el consentimiento libre de la primera, es una violación de la ley. Pero engañar a la mujer, es absolutamente legítimo hasta donde la ley lo permite. ¿Cuál es la sabiduría legal que existe detrás de tal contradicción? ¿Las leyes son para premiar la decepción y castigar la honestidad? Es una de las paradojas más incomprensibles de nuestro moderno y «civilizado » mundo. El velo Por último, arrojemos un poco de luz acerca de lo que en Occidente se considera como el mayor símbolo de la opresión y servidumbre de lasmujeres, es decir, el velo o cubrirse la cabeza. ¿Es cierto que no hay nada parecido al velo en la tradición judeocristiana? Según el rabino Dr. Menachem M. Brayer, un profesor de Literatura Bíblica en la Universidad de Yeshiva y el autor de La mujer judía en la literatura rabínica, era una costumbre entre las mujeres judías cubrirse la cabeza al salir a la calle y a veces dejando sólo un ojo descubierto.[65]Cita algunos dichos de famosos rabinos: «No es propio de las hijas de Israel salir con la cabeza descubierta» y «Maldito sea el hombre que permite que el pelo de su esposa sea visto.... una mujer que muestra su pelo como adorno trae la pobreza». Las leyes rabínicas prohíben la recitación de las bendiciones u oraciones en la presencia de una mujer casada con la cabeza descubierta, porque descubrir el pelo de la mujer se considera «desnudez».[66]También menciona que: «Durante el período tanaítico la negligencia de las mujeres judías al velo se consideraba una afrenta a su modestia. Cuando descubría su cabeza, podía ser multada con cuatrocientos zuzim por esta ofensa». El profesor Brayer también explica que el velo de una mujer judía no siempre se consideraba un signo de modestia. En ocasiones, simbolizaba un estado de distinción o lujo, ya que el velo personificaba la dignidad y la superioridad de una mujer noble. Y también representaba la inaccesibilidad de una mujer como una posesión sagrada de su marido.[67] El velo significaba la autoestima de una mujer y su posición social. Mujeres de las clases bajas lo llevaban a menudo para dar la impresión de un estatus más elevado. Dado que el velo era un signo de nobleza, no se les permitía a las prostitutas cubrir la cabeza en la antigua sociedad judía. Sin embargo, ellas a menudo se cubrían la cabeza con un velo especial para verse respetables.[68] Las mujeres judías en Europa continuaron llevando velos hasta el siglo XIX, cuando sus vidas se integraron más en la cultura secular que las rodeaba. Debido a la vida europea secular del siglo XIX se vieron obligadas a quitarse el velo y algunas mujeres judías consideraron más conveniente reemplazar el velo tradicional por una peluca como forma alternativa de cubrirse el pelo. Actualmente, la mayoría de las mujeres judías devotas solamente se cubren la cabeza en las sinagogas.[69]Algunas de ellas, como las seguidoras del Jasidismo,[70]todavía llevan peluca.[71] ¿Y acerca de la tradición cristiana? Las monjas católicas se han cubierto la cabeza durante siglos. Pero hay más, como aprendemos de las importantes declaraciones de San Pablo sobre el velo: «Sin embargo, quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta a su cabeza. Y toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta a su cabeza; es como si estuviera rapada. Por tanto, si una mujer no se cubre la cabeza, que se corte el pelo. Y si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o raparse, ¡que se cubra! El hombre no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen y reflejo de Dios; pero la mujer es reflejo del hombre. En efecto, no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre. Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre. He ahí por qué debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por razón de los ángeles» (I Corintios 11:3-10). La razón de San Pablo en favor del velo de las mujeres es que el velo es el signo de la autoridad del hombre, que es la imagen y la gloria de Dios, sobre la mujer, que fue creada del hombre y para él. En su famoso tratado Sobre el Velo de las Vírgenes, San Tertuliano escribió: «Jóvenes mujeres, llevad puestos vuestros velos en las calles, debéis llevarlos en la iglesia, llevadlos cuando estáis entre los extraños, y llevadlos entre vuestros hermanos...» Entre algunas de las leyes canónicas de la Iglesia Católica, existe una ley que exige a las mujeres que cubran sus cabezas en la iglesia.[72]Algunas sectas cristianas, como los Amish y los Menonitas, todavía mantienen a sus mujeres con la cabeza cubierta hoy en día.[73] Por todo lo visto anteriormente, es obvio que el Islam no inventó la práctica de cubrirse la cabeza, aunque la suscribió. El Corán insta a los hombres y a las mujeres creyentes a bajar su mirada y a guardar su modestia, exhortando a las creyentes a que extiendan el velo hasta cubrirles el cuello y el pecho: «Di a los creyentes que bajen la vista con recato y que sean castos…Y di a las creyentes que bajen la vista con recato, que sean castas, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino a sus esposos, a sus padres, a sus suegros, a sus propios hijos, a sus hijastros, a sus hermanos, a sus sobrinos carnales... ». (24:30-31) El Corán deja bastante claro que el velo es esencial para la modestia y la importancia de la modestia: «¡Profeta! Di a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que deben echarse por encima sus vestimentas externas cuando estén en público...» (33:59). Éste es el asunto esencial: la modestia se prescribe para proteger a las mujeres de ser molestadas o simplemente la modestia es una protección. Así, el único propósito del velo en el Islam es la protección. Distinto de su estatus en otras tradiciones, cubrirse no es signo de la autoridad del hombre sobre la mujer, ni una señal del sometimiento de la mujer al hombre; ni tampoco señal de lujo y distinción de algunas mujeres nobles casadas. No es más que un signo de modestia designado para proteger a la mujer. Según la filosofía islámica siempre es preferible estar protegido que apesadumbrado. De hecho, el Corán está tan interesado en la protección de los cuerpos y la reputación de las mujeres, que un hombre que acuse falsamente a una mujer de indecencia será castigado severamente: «A quienes difamen a las mujeres honestas sin poder presentar cuatro testigos, flageladles con ochenta azotes y nunca más aceptéis su testimonio. Esos son los perversos». (24:4) Algunas personas, especialmente en Occidente, tienden a ridiculizar el sólido argumento de la modestia como protección. Su argumento es que la mejor protección consiste en ampliar la educación, las actitudes civilizadas y el autocontrol. Nosotros decimos «Está bien pero no es suficiente». Si la civilización es suficiente para la protección, entonces ¿por qué las mujeres en América del Norte no se atreven a andar solas en una calle oscura o atravesar un aparcamiento vacío? ¿Por qué una universidad respetable como la Universidad de Queen's teine en su campus un servicio de transporte exclusivo para las estudiantes femeninas? Si el autocontrol es la solución, entonces ¿por qué hay tantos casos de acoso sexual en las noticias de todos los medios de comunicación? Un ejemplo de hombres recientemente acusados por acoso sexual incluye a oficiales del ejército, directores, profesores de universidad, jueces e incluso funcionarios del más alto rango. No daba crédito a mis ojos cuando leí las siguientes estadísticas, escritas en un folleto distribuido por el Decano de la Oficina de Mujeres en la Universidad de Queen’s: «En Canadá, una mujer es agredida sexualmente cada seis minutos, una de cada tres mujeres canadienses es agredida sexualmente en algún momento de su vida, una de cada cuatro mujeres está en peligro de violación o intento de violación durante su período de vida, una de cada ocho mujeres es asaltada sexualmente mientras asiste al colegio o la universidad; y los resultados de un estudio demuestran que el 60% de los varones universitarios de cierta edad dijeron que cometerían un ataque sexual si tuvieran la seguridad de no ser detenidos». Algo marcha fundamentalmente mal en la sociedad en la que vivimos. Un cambio radical en el estilo de vida y la cultura de la sociedad es absolutamente necesario. Se necesita una cultura de modestia: modestia al vestir, en el discurso y en los comportamientos de los hombres y mujeres. De otro modo, las crudas estadísticas cada día empeorarán y desgraciadamente sólo las mujeres pagarán el precio de tal infortunio. * Dr. Sherif Muhammad, Escritor y pensador islámico así como ingeniero industrial, que reside en la actualidad en Canada. [4] Leonard J. Swidler, Women in Judaism: The Status of Women in Formative Judaism (Metuchen, NJ: Scarecrow Press, 1976), pág. 115. |
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| Modificado el ( mircoles, 25 de abril de 2007 ) |
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