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Sheij Salah Al-Din de Konya, El «Zarqubi» u Orfebre PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Sefik Can   
viernes, 06 de abril de 2007

Salah al-Din Faridun nació en una aldea cerca de Konya. Su padre se llamaba Yaðý Basan. Ya que su aldea estaba a las orillas del lago Beyþehir, la familia se ganaba la vida pescando. Salah al-Din llegó a Konya, aprendió el oficio de orfebre, estableció su propio negocio y se ganó la vida trabajando como orfebre. Salah al-Din, que era una persona religiosa y virtuosa, estaba al servicio del estimado amigo y delegado del padre de Rumi, Sayyid Burhan al-Din y había avanzado considerablemente en la Senda del sufismo con sus modales, sinceridad y devota veneración hasta que alcanzó el cargo de sheij convirtiéndose en el delegado de Sheij Sayyid Burhan al-Din. Su sheij apreciaba mucho a esta pura persona, a este enamorado de Dios. Según cuenta Aflaki, Sayyid Burhan al-Din dijo lo siguiente acerca de Salah al-Din Zarqubi: «Obtuve dos grandes cosas de mi sheij, Sultán al-Ulama. Una de ellas fue la elocuencia y la otra los bellos estados espirituales. Expresé la elocuencia a Mevlana Yalal al-Din porque sus estados espirituales eran muy bellos. Y ofrecí mis estados espirituales a Sheij Salah al-Din porque carecía de estados espirituales». En realidad, Salah al-Din era iletrado aunque, eso sí, un creyente muy piadoso, devoto, radiante de fe. Había entregado su corazón al Amor Divino y había alcanzado numerosos estados espirituales

Cuando su sheij Sayyid Burhan al-Din fue a Kayseri, Salah al-Din regresó a su aldea, se casó y tuvo hijos. Regresó a Konya cierto viernes, con la intención de visitar la mezquita Abul Fazl para el rezo del Viernes. Tras el rezo, Rumi empezó a dar su sermón, hablando con pasión y belleza. Ese día, el sermón de Rumi trataba sobre los estados espirituales, las virtudes y el Amor Divino de su sheij Sayyid Burhan al-Din. Mientras Salah al-Din, «el orfebre», escuchaba a Rumi, de repente vio a su sheij Sayyid Burhan al-Din en la persona de Rumi. Era como si Rumi se hubiese ido y Sayyid Burhan al-Din hubiese tomado su lugar, se hubiese sentado y estuviese diciendo estas fervorosas y bellas palabras. Salah al-Din no pudo controlarse; se levantó, empezó a lanzar exclamaciones devotas y corrió hacia Rumi. Llegó al lugar donde Rumi estaba enseñando y cayó a sus pies. Esto sucedió tras la muerte de Sayyid Burhan al-Din en 1239, antes de que Shams visitase Konya, en 1244.

Salah al-Din Zarqubi quería a Rumi muchísimo. Le tenía un profundo respeto porque ambos habían recibido las bendiciones del mismo sheij, Burhan al-Din Tirmizi. Ambos se encontraban integrados en la orden «Kubrawiyya». Ambos se habían evadido en Dios. Rumi también quería a sheij Salah al-Din mucho y le solía auxiliar en todo lo que podía. Pero ya que Rumi estaba ocupado con un íntimo amigo más intenso, al principio no mostró mucho interés en él. Cuando perdió la esperanza de encontrar a Shams, se volcó hacia Salah al-Din con todo su corazón y atención. Le eligió como su legado y dijo a sus amigos y discípulos que le siguieran. Ya que Rumi nunca se limitó a los términos y métodos de otros grandes sufíes para explicar la verdad y para asuntos relacionados con la educación de los discípulos, como por ejemplo cómo llegar a ser un buen discípulo, ni siguió tampoco un conjunto estricto de reglas, indicó: «No sé demasiado. Me hallo embriagado con el vaso del Amor Divino». Inundado con el Amor Divino y el éxtasis, no tenía tiempo para preocuparse por «esto o lo otro».

Rumi no se preocupó por aquellos que querían unirse a su orden. Después de encontrar a Shams, indicó esta obligación a un sheij maduro elegido de entre sus amigos preferidos. Cuando ofreció la obligación del liderazgo espiritual a Salah al-Din, estaba haciendo la misma cosa. En este nuevo amigo del corazón, el sheij orfebre, vio la luz divina de Shams y empezó a considerarle como Shams. Sultán Valad nos narra como Rumi hizo de Salah al-Din su amigo del corazón y su compañero del modo siguiente: «Cuando encontró la luz bendita y el reflejo de Shams en Salah al-Din, indicó a sus amigos: “De ahora en adelante no creo necesario tener nada que hacer con nadie, nunca más. No quiero continuar siendo un sheij por más tiempo. De ahora en adelante vuestro sheij es Salah al-Din. Buscad su aprobación y seguidle”. Me llamó y me dijo: “Ten cuidado con el rostro de Salah al-Din, es el mismo Shams. Ahora tú también le sigues”». Después de escribir estos relatos en el Ibtidaname, Sultán Valad continua: «Acepté la orden de mi padre con entusiasmo y seguí a Salah al-Din». Tras apreciar la luz divina de Shams en este anciano orfebre iletrado, Rumi estableció una unión más firme con él. Como escribe Aflaki, Rumi solía decir a aquellos que le apreciaban: «No habléis de Shams en presencia de Salah al-Din y no habléis de Salah al-Din en presencia de Husam al-Din. No se da diferencia alguna entre ellos, pero esto va en contra de los buenos modales. Los santos tienen Celos Divinos».

La adhesión y el cariño de Salah al-Din hacia Rumi eran también infinitos. Cierto día le dijo a Rumi: «había manantiales de luz en mí y no me di cuenta. Los descubriste y los trajiste manando indomablemente». Tal y como Sipehsalar escribe, cierto día cuando Rumi estaba caminando ante la tienda de Salah al-Din, a partir de los golpes de su regular y armónico martillo quedóse en éxtasis y empezó a girar. Cuando Salah al-Din vio esto continuó golpeando el oro sin pensar en que el oro se podría estropear. Este encuentro que relata Sinpehsalar, lo narra Aflaki con más detalle: «Cuando Salah al-Din contempló a Rumi acercarse a su taller de orfebrería, dejó el trabajo para los aprendices y salió fuera de la tienda. Cuando Rumi le vio, le abrazó, le besó y empezaron a girar juntos. Pero el anciano orfebre Salah al-Din, que estaba débil debido al ascetismo, se dio cuenta que no podía girar con Rumi. Se excusó y Rumi no insistió. Al regresar a su taller, Salah al-Din ordenó a sus ayudantes que golpearan el oro sin tener en cuenta que se pudiera estropear o no. De esta forma Rumi efectuó giros espirituales desde el mediodía hasta casi la noche y mientras giraba recita-ba una oda que empezaba con el siguiente dístico:

Un tesoro de significado se me apareció en esta tienda del orfebre, ¡Qué motivo tan luminoso, qué significado tan agradable, qué belleza, qué belleza!

Aquellos que se hallaban privados del Amor Divino, que no podían vencer sus deseos corporales con veneración y ascetismo envidiaban a Salah al-Din, así como habían envidiado a Shams. Esto se debía a que después de la desaparición de Shams, Rumi había seleccionado a este orfebre como compañero y amigo de Dios y les había pedido que reconocieran y obedecieran a Salah al-Din como un sheij. No existe ningún libro como el Ibtidaname de Sultán Valad que pueda explicar esta situación mejor. Sultán Valad escribe que la población de Konya que no podía ver la fe de este orfebre, su Amor Divino y su superioridad religiosa decidieron deshacerse de él: «Se reunieron todos en un lugar y decidieron librarse de Salah al-Din. Dijeron: “Dispongámonos a probar nuestra valentía. No le permitamos vivir”. Juraron esto y dijeron: “Quien cambie de idea no tiene religión”. Uno de ellos abandonó la reunión con un pretexto e informó a Rumi de lo que había pasado y de la decisión que habían alcanzado. Estas noticias llegaron a oídos de Salah al-Din, la luz y la lámpara del ojo de todos aquellos que ven el camino de la verdad. Cuando oyó esta decisión, sonrió profundamente y dijo: “Esos ciegos sin fe, esa gente violenta que no sabe nada de la verdad y desconoce que ni siquiera un haz de heno se movería sin el permiso de Dios. ¿A quién pueden intentar matar, derramar mi sangre, si no es con el permiso de Dios?”».

Ya que Rumi se hallaba profundamente unido a su amigo de Dios y espejo del corazón, su verdaderos discípulos e hijos también le aceptaron como un padre espiritual, siguiéndole en el camino del conocimiento de Dios. Como Sipehsalar narra por escrito, durante un discurso Rumi pronunció la palabra jom —que significa «jarra» en persa— como jomb, y uno de los presentes intentó corregir a Rumi. Rumi dijo: «Sí, sé que la forma correcta de la palabra es jom. Pero como Salah al-Din siempre pronunciaba esta palabra como jomb, yo también lo hago así», callando de esta manera a esta pedante persona.

Aunque Salah al-Din «el orfebre» era una persona iletrada que nunca había asistido a ninguna madraza o escuela religiosa, era un gran gnóstico y santo. En realidad, cualquier persona que un enamorado de Dios como Rumi haya tenido en estima y haya considerado como su compañero es sin duda un gran santo y un ser humano perfecto. Pensar en ellos de otra manera y buscar sus errores no es más que pura ceguera e injusticia. Desafortunadamente, la población de Konya no comprendía a estos amigos de Dios. Aunque Sheij Salah al-Din era un iletrado, había obtenido bendiciones de Burhan al-Din Tirmizi. Shams-i Tabrizi también le había apreciado. En ocasiones podemos encontrar a gente a quien Dios otorga el conocimiento del Más Allá sin tener que leer montones de libros o estudiar en escuelas y facultades durante años. A veces el conocimiento, los libros, la gnosis y los talentos nos pueden propagar la arrogancia y el egoísmo. Salah al-Din, que nunca estudió pero que disfrutó de la compañía de gnósticos, estaba bendecido con la gracia de Dios. Desde su modesto taller de orfebrería un tesoro espiritual se le apareció a Rumi y de su corazón, que no había sido amasado con el conocimiento escolástico, brotó la fuente del conocimiento del Más Allá. Con ayuda de Dios se convirtió en el sheij de los sheijs como Rumi le denominaba en una de sus cartas: «Salah al-Din, sheij de sheijs, sultán de sheijs, santo de Dios en la Tierra, la luz de Dios entre los seres humanos, el hijo del espíritu y el corazón de Sayyid Burhan al-Din, el único legado de Sayyid, el espíritu de la gnosis, bendecido con la luz bendita de Dios, que tenía un corazón y poseedor de la gente de corazón, polo de los dos mundos, seguro de la verdad y la religión».

Sheij Salah al-Din hablaba dulcemente y era una persona prudente. Estaba dedicado con todo su corazón a la veneración y al ascetismo, y asimismo era conocido como una persona que se contenía y se debilitaba a sí mismo. El hecho de que recibiera con tranquilidad las noticias de que la gente quería matarle y nunca tuviera miedo o ansiedad muestran cómo la devoción y el ascetismo habían fortalecido su fuerza de voluntad. Sultán Valad describe su prudencia y talento cuando guiaba a la gente del modo siguiente: «El ardor de Rumi se calmaba con él. Su orientación espiritual era de un tipo diferente. Su efecto era más poderoso que el de ningún otro. Aquello que obtenían los santos en años lo obtenía él en un momento, en un santiamén. Revelaba secretos sin lengua ni labios. La gente se beneficiaba de él sin oír una palabra, como si estuviera hablando al corazón de la persona. Sus palabras viajaban de un corazón a otro silenciosamente».

Cuando aquellos que no podían entender la gran espiritualidad y el estado de Salah al-Din Zarqubi contemplaron el amor y respeto que Rumi mostraba al orfebre en cada ocasión, se avergonzaron de las habladurías que estaban propagando y se arrepintieron de su envidia. Además, ya que estos adversarios no atendían las reuniones, se hallaban desesperados. Finalmente, no pudieron soportar más esta carga y de nuevo alcanzaron una decisión unánime. Juntos fueron a ver a Sheij Salah al-Din y a Rumi, y les expresaron su pena y arrepentimiento.

Lloraron, suplicaron, se arrepintieron y entonces se les perdonó. De aquí en adelante, cesaron las habladurías y cesó la inquietud. Fue en dicho momento cuando se organizaron ceremonias sema y el tiempo transcurría entre amor y alegría. Durante esta época Rumi organizó el matrimonio de su hijo, Sultán Valad, con la hija de Salah al-Din, Fatma Hatun. El día de la boda, Rumi estaba muy contento. Llevó a cabo giros espirituales recitando este poema:

¡Qué nuestra boda sea bendecida en este mundo! Dios ha preparado para nosotros en un modo inmejorable esta boda y este matrimonio. Los esposos se compenetran muy bien. Con esta boda, con los favores de nuestro Señor, los corazones se alegran, dos almas se convirtieron en una pareja y se casaron. Las penas y el dolor han abandonado los corazones. ¡Oh bella muchacha que embelleces nuestra villa! En el nombre de Dios te marchas como una bella novia. Tú, también, estás a punto de ser un novio para una bella muchacha. ¡Qué bonita es vuestra partida de nuestra villa! ¡Qué bonita es vuestra llegada! ¡Cuán proporcionadamente os halláis manando y fluyendo a nuestro río! ¡Oh, nuestro río! ¡Oh amigo que estás buscándonos! Bailad en la felicidad de ese rey del mundo, ese rey nuestro que incrementa nuestros sustentos, ¡Oh gnósticos, Oh sufíes, girad! Algunas personas se hallan embelesadas en la alegría, cuál mar, algunas se postran como las olas. Algunos pelean como las espadas, bebiendo la sangre de todos nuestros miembros. Sosiégate, cálmate porque esta noche la cocina de nuestro bello y bendito rey está abierta. ¡Qué sorpresa, nuestro Amado, el cual es tan dulce como si un postre estuviera cocinándonos uno!

Rumi se encontraba exultante de alegría al haber desposado a su hijo con la hija de su estimado amigo, Salah al-Din. Sultán Valad narra que su padre y Sheij Salad al-Din vivieron la alegría y felicidad diez años. La población de Konya se benefició de ambos durante los siguientes diez años, hasta que Sheij Salah al-Din enfermó y falleció el 29 de diciembre de 1258.

Rumi estaba muy triste por la muerte física de su estimado amigo. Le despidió en su funeral, junto con todas las personalidades importantes de Konya. Rumi expresó su pena por la separación:

¡Oh Amado, con cuya separación los Cielos y la Tierra están llorando, mi corazón se está rompiendo con tu partida, la mente y el espíritu están llorando! No hay nadie que pueda reemplazarte. Por esta razón este mundo así como el otro mundo se encuentran llorando por ti. Con este llanto me invade una sensación tal que no puedo pronunciar palabra alguna. De lo contrario, habría enseñado al mundo cómo llorar. Habría otorgado un ejemplo de cómo llorar y lamentarse. Cuando abandonaste el hogar de este mundo, el tejado de la felicidad se derrumbó. Incluso la felicidad empezó a llorar por aquellos que fueron puestos a prueba con la separación y la muerte. ¡Oh gran ser humano, en realidad tú eres cientos de universos mostrándose en una persona! Anoche contemplé que este Universo y los otros universos estaban llorando por ti. Cuando desapareciste, el ojo te siguió y se fue contigo. De esta forma el espíritu se quedó sin ojo y empezó a derramar sangre. Si quisieses que llorase, habría derramado lágrimas como la lluvia. Pero es mejor para mi corazón llorar en secreto derramando sangre. No se debería llorar por ti, sino que se debería derramar sacos de lágrimas por tu separación, derretidas con sangre en cada momento, lamentarse en cada aliento. ¡Qué pena, qué pena que estos ojos están llorando por esos ojos que estaban viendo todo claramente con santa luz y con fe! ¡Oh Shah Salah al-Din! ¡Oh veloz pájaro de la felicidad! Nos abandonaste como una flecha deja el arco. Ahora el arco, a su vez, está llorando por ti. Nadie puede llorar lo suficiente por una personalidad tan grande como Salah al-Din. Sólo aquel que sabe cómo llorar por los seres humanos sabe lo que es ese llanto. ¿Cómo podría todo el mundo estar al tanto de dicho llanto?36

Estimados lectores, presten atención a estos sentimientos repletos de profundo significado, a este dolor y esta sutileza que proceden de un corazón bendito colmado de amor y fe. ¿Puedes sentir el ardor apasionado en esta sincera lamentación de hace siete siglos? En esta elegía, debajo de cada palabra, encontramos las lágrimas de Rumi y oímos sus lamentos. Cuando Salah al-Din sintió que la hora de su muerte estaba cerca, su última petición fue la siguiente: «Â¡Nunca lloréis por mí! Ese día es el día más feliz de mi vida, pues me reuniré con mi Amado. Portad mi ataúd con alegría, interpretad música con tambores, panderetas y palmoteos. Llevadme a mi tumba girando».37 Por lo tanto, Rumi señala en la elegía anterior: «Si quisieses que llorase, habría derramado lágrimas como la lluvia. Pero es mejor para mi corazón llorar en secreto derramando sangre». Recitó estas palabras y no lloró en público, pero por su estimado amigo, hizo llorar a los Cielos, a la Tierra, a los mundos, a los ángeles, a los profetas y a los santos.

Rumi llevó a cabo la última voluntad circunscrita en el testamento de su íntimo amigo y compañero. Tambores, panderetas y bonitas voces cantaron himnos acompañando a la procesión del funeral de Sheij Salah al-Din. Mientras portaban el ataúd con alegría, Rumi efectuaba giros espirituales con la cabeza descubierta. Sheij Salah al-Din fue enterrado junto a Sultán al-Ulama. Era el primer día del mes Muharram del año 657 según el calendario musulmán, que corresponde al año 1258.

Se tocaron tambores, se cantaron himnos y la gente llevó a cabo giros espirituales en el funeral de un gnóstico, aquél sumamente devoto al ascetismo, que comía escasamente, apenas dormía, rezaba toda la noche hasta el amanecer y seguía la sunna al pie de la letra. Asimismo, y de acuerdo a su voluntad, una vez más había sorprendido a la población de Konya. Algunos no estaban de acuerdo con que Rumi girase mientras se llevaba el ataúd. Aquellos que se hallaban excesivamente aferrados a la ley estaban enfadados y criticaban esta acción. Asimismo algunos entendían la ley islámica como algo más que simples complicaciones con sus tangibles aspectos y en modo alguno pensaban que Rumi —ni asimismo Sheij Salah al-Din— se estaban desviando de la ley islámica ni tan siquiera un ápice. Sabían que Salah al-Din «el orfebre» era un gran asceta que tenía mucho cuidado al seguir los aspectos más sutiles de la ley. En realidad, durante un invierno muy frío en Konya, habían lavado y tendido en el tejado la única túnica de Salah al-Din para que se secase. La túnica no sólo no se secó sino que se heló. En ese momento, aconteció el adzan, la llamada a la oración, en este caso el rezo del viernes. Sin pensárselo dos veces, este santo se colocó su túnica mojada y se dirigió a la mezquita. Algunas personas de la congregación que se dieron cuenta de esto le preguntaron: «Oh Sheij, ¿no enfermarás llevando puesta esta túnica húmeda?» Sheij Salah alDin les contestó, «Llevar a cabo las órdenes de Dios es más importante que mi salud».

Rumi continuó mostrando su devoción al orfebre, durante su vida, e incluso después. No sólo cuidó de él sino también de su familia. En realidad, la hija de Salah al-Din, Fatima Hatun, aprendió a leer, escribir y recitar el Corán. Cuando algunas discusiones ocasionales y peleas comunes a todas las familias acontecían entre Fatima Hatun y su marido Sultán Valad, Rumi consolaba a Fatima Hatun y decía a su hi-jo que no hiciera sufrir a su mujer y que fuese cariñoso con ella. Rumi también manifestó su devoción hacia su segundo amigo a través de su poesía, se pueden encontrar en el Diván-i Kabir setenta y una odas dedicadas a Salah al-Din «el orfebre». Rumi solía visitar a Sheij Salah al-Din cada día durante su larga enfermedad y le animaba su espíritu. Sheij Salah al-Din estaba cansado de su larga enfermedad, quería reunirse con Dios y pidió permiso así como rezos a Rumi para su partida. Al oír esto, Rumi no le visitó durante tres días. Sin embargo, no pudo evitar escribir a su amado una carta:

Poseedor de corazón, poseedor de poseedores de corazones, bendecido y superior hombre en este mundo y el Más Allá, Sheij Salah al-Din, con esta carta declaro que nunca te olvidaré y que siempre te recordaré ¡Qué Dios te de salud y bienestar! Porque la salud y el bienestar de todos los creyentes depende de tu salud. ¡Oh ciprés andante! ¡Qué el viento del otoño no te toque! ¡Oh ama-do por todo el mundo! ¡Qué no te veas afectado por el mal de ojo! ¡Oh ser bendito, el espíritu de la Tierra y los Cielos! ¡Que no te llegue nada sino la misericordia y el consuelo de Dios!

Por favor, dirige tu atención a los sentimientos, al amor, al respeto y los deseos implícitos en esta carta y reza por una persona enferma.

Antes de terminar este apartado me gustaría añadir lo siguiente: Por naturaleza, Sheij Salah al-Din era paciente, callado y apreciaba el silencio más que el acto de hablar. Por lo tanto, Rumi halló una inmensa paz en la amistad espiritual que entabló con él. La llama del amor que estaba ardiendo con Amor Divino no se apagó sino que quedó cubierta de cenizas. La piel cubrió la herida causada por la separación de Shams. Fue un estado transitorio y una calma temporal porque Rumi no era por naturaleza del tipo de personas que permanecía en un lugar

o residía en un estado durante mucho tiempo. Tenía siempre la necesidad de avanzar, siempre ascendiendo, siempre ardiendo y siempre consumiéndose en el amor de Dios. En realidad, no se separó jamás de su padre ni asimismo de Sayyid Burhan al-Din o de Salah al-Din. Por un tiempo estuvo ardiendo con su amor, obtuvo de ellos aquello que había que obtener y más tarde encontrándolos en él, en su bendito corazón, continuó su viaje con ellos. Todas estas grandes personalidades continuaron su presencia en la vida de Rumi como un modelo de educación, formación, buenos modales, moralidad, amor y fe. Pareciera como si Dios hubiese creado a todas estas distinguidas personas con la intención de que Rumi creciese espiritualmente, porque si Rumi no hubiera tenido en gran estima a estas célebres personas, no habría llegado a ser tan eminente por sí mismo.

Rumi continuó progresando en el camino de Dios, en el camino de la verdad con el Amado que puso en su corazón como un servidor del Corán y un enamorado de Muhammad Mustafa y no permaneció en ningún sitio. Su último propósito no eran los amigos mortales. Su objetivo era hallarse con los verdaderos amigos que amaban a Dios para alcanzar al Verdadero Amigo, el Amigo de Amigos. Este gran santo cuyo corazón se encontraba colmado del amor de un amigo, el amor de la humanidad y el amor de Dios había sido una antorcha de fe, una antorcha de amor no sólo para el creyente de su época sino para todos los creyentes y para la gente que ama a Dios a lo largo de los innumerables siglos que quedan por venir.


36 Muhammad bin Muhammad bin Husayn Mevlana Yalal al-Din Rumi, Divan-i Kabir, traducido por Bediüzzaman Furuzanfar (Teherán: Danishgah-i Tehran, 1957) vol. V, Núm. 2364.

37 Ibtidaname, pág.141

Modificado el ( viernes, 06 de abril de 2007 )
 
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