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El Guía Espiritual de Rumi Después de la Muerte de su Padre PDF Imprimir E-Mail
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escrito por Sefik Can   
29.03.2007

La pérdida de su padre dejó a Rumi emocional y espiritualmente va­cío. Esto se debió a que había perdido no sólo a un padre sino tam­bién un guía espiritual, un amigo del corazón, un ejemplo de conoci­miento y virtud, así como un hombre perfecto. Por mucho que fuese reconocido como un sheij, regente de la orden y un gran erudito a su temprana edad y estuviera rodeado de gente después de la migración de Sultán al-Ulama a la realidad de la eternidad, Rumi no podía con­siderarse un substituto para su padre y sufrió de soledad espiritual.

Pero un año después de la muerte de Sultán al-Ulama, uno de sus le­gados, Sayyid Burhan al-Din Muhaqqiq Tirmizi (fallecido en 1245), se desplazó a Konya con la intención de ver a Sultán al-Ulama, y se en­contró con que su sheij, a quien tanto quería, había fallecido y que su hijo Yalal al-Din había ocupado su lugar. ¿Quién era tal Sayyid Burhan al-Din, que recientemente había llegado a Konya? Cuando Baha al-Din Valad se hallaba en Balj, Sayyid Burhan al-Din se encontraba allí también y era uno de los discípulos de Sultán al-Ulama. Asimismo du­rante la infancia de Yalal al-Din Muhammad recayó en Burhan al-Din la responsabilidad de criarle. Rumi estaba muy contento de que Sayyid Burhan al-Din hubiese llegado a Konya. Besó la mano de su anterior maestro y amigo de su padre. Recordaron los viejos tiempos transcu­rridos en Balj. Entonces le fue aclarado a Said porqué se le había ins­tado a venir a Konya. Y en su día había sido el tutor del hijo de su es­timado sheij y ahora iba a ser su guía espiritual.

Tras explicar la venida de Sayyid a Konya y su encuentro con Rumi, Sultán Valad narra que dijo lo siguiente a su anterior estudian­te: «Eres incomparable en conocimiento. Eres un individuo superior y excepcional. Pero tu padre poseía estados espirituales. Tú también de-bes abandonar las simples palabras y concentrarte en adquirir estados espirituales. Esfuérzate en ello para que puedas ser su heredero no só­lo en conocimiento sino también en espíritu. Ilumina el Universo co­mo un Sol y enseña el camino verdadero a aquellos que permanecen en la oscuridad y están apartados del camino de Muhammad». Rumi aceptó estas palabras que venían directamente del corazón como si fue­ran las palabras de su padre. Se puso al servicio de Sayyid Burhan al-Din, quien señaló: «Quiero que revivas de mí la verdad que recibí de tu padre, el cual era mi sheij (guía espiritual). Sin perder tiempo nece­sitas iniciarte en la senda de los derviches. El conocimiento de ladun, el conocimiento de conocer y encontrar a Dios, es el conocimiento de los profetas y los santos. Ahora es el momento para que avances en este conocimiento».

Desde aquel día Rumi se convirtió en un discípulo de Sayyid Burhan al-Din y empezó a recitar regularmente los rezos y elogios de la orden Kubrawiyya que le enseñó su sheij. En primer lugar, Sayyid encerró a Rumi en una habitación cuarenta días y le conminó a que efectuara jalwat (retiro). Rumi se libró de su soledad espiritual cuando volvió a ver al amigo de su padre, Sayyid Burhan al-Din, y con entu­siasmo y fervor recitó los rezos y otras recitaciones que le ofreció su sheij. A pesar de que Rumi había aprendido mucho de su padre y ma­estro, Sayyid Burhan al-Din le aconsejó que fuese a Alepo y a Damasco para aumentar su conocimiento en la religión y la ley. Así pues, si­guiendo la orden de su sheij, Rumi fue a Alepo junto con algunos de sus amigos derviches. Cuando envió a su estudiante y discípulo a Alepo para profundizar su conocimiento sobre la religión y la ley, Sayyid no se quedó en Konya sino que regresó a Kayseri, siendo esta visita temporal. En el momento en que su querido discípulo regresa­se, él también volvería a Konya.

En Alepo, Rumi estudió durante dos años en la escuela Halawiyye, la más célebre de la época. Aprendió el corpus de las leyes islámicas por parte de Kamal al-Din, el más renombrado erudito de la región. Este fa­moso erudito había conocido al padre de Rumi. Por lo tanto, se preocupó mucho del hijo de Sultán al-Ulama, a quien había conocido y apreciado enormemente. Le prestó atención con especial cuidado. Estaba asombra­do del talento e inteligencia de Rumi y le ayudó a avanzar en cada área de estudio.

Rumi se dirigió de Alepo a Damasco. La ciudad de Damasco se hallaba repleta de académicos y sufíes que habían escapado de la inva­sión de los mongoles. Era como si la Mano del Más Poderoso hubie­se preparado todo para la educación de Rumi, quien llegaría a ser un sufí incomparable y quien iba a ofrecer un servicio al conocimiento de ladun (gnosis) con una obra como el Mesnevi. En realidad en aquellos días, Damasco era el emplazamiento en donde los santos se reunían, era casi una ciudad de santos. Muhyi al-Din Ibn al-Arabi (célebre filo­sofo y erudito sufí hispanoárabe originario de al-Ándalus —concreta­mente de Murcia, España—), quien sería nombrado como uno de los más distinguidos sufíes de todos los tiempos, se encontraba también en Damasco. Rumi permaneció en la escuela Maqdisiyya, en Damas­co. Se benefició enormemente de los estudiosos y sufíes aquí, leyendo sus obras con amor y entusiasmo, y visitando frecuentemente a dichos eruditos y sufíes, atendiendo sus clases, preguntándoles y recibiendo respuestas. Alcanzó un conocimiento más profundo de las ideas de Ibn al-Arabi, y así Rumi permaneció en Damasco durante más de cuatro años. Tenía un amplio círculo de amigos y todo el mundo que le co­nocía le mostraba respeto, todos estaban sorprendidos por su inteli­gencia y entendimiento espiritual. La hora de volver a Konya llegó. No sería correcto restringir la experiencia educativa de Rumi a los dos años que estudió en Alepo y los cuatro que estuvo en Damasco ya que los acontecimientos históricos muestran que Rumi había profundiza­do en ambas ciudades su ya amplio conocimiento. En realidad, su edu­cación comenzó en Balj, una ciudad conocida por su profusión de aca­démicos y sufíes. Aunque existen distintas controversias acerca de su año de nacimiento, podemos considerar que era joven pero no un ni­ño, por el hecho de que a su edad podía comprender el libro que Attar le regaló, lo cual demuestra que no había llegado desde Balj sin cono­cimiento. Su verdadero maestro fue su padre. Y siempre estuvo con él. ¡Qué gran regalo y Gracia Divina fue para Rumi hallarse con un padre como Sultán al-Ulama para beneficiarse de sus lecciones, ideas, suge­rencias, consejos y ser educado con sus modales! Cuando Rumi volvió a la Anatolia, en primer lugar fue a Kayseri y visitó a su sheij Sayyid Burhan al-Din. Desde aquí volvieron a Konya juntos. El sheij se halla­ba complacido con la vuelta de Rumi, no en vano, encontró a Rumi muy cambiado, su conocimiento, su madurez y su vínculo con la ley islámica eran claramente extraordinarios. Había conseguido el deber de guiar al hijo de su sheij a la perfección en el camino del conocimien­to y la fe. Ahora le estaba atendiendo personalmente, intentando ha­cerle avanzar hacia un estado aún más perfecto por medio de sus su­gerencias e ideas.

No sabemos demasiado sobre la vida de Sayyid Burhan al-Din, quien contribuyó tanto al desarrollo intelectual de Rumi. Como la vi­da de tantos santos, la vida de Sayyid Burhan al-Din permanece tras las parábolas. Se dice que sus antecesores se remontan a Husayn, el nieto del Profeta, que Dios esté complacido con él.21 Se ha escrito tam­bién que llevó a cabo milagros de santo y que sabía lo que había en el corazón de cada persona, e incluso que predijo la llegada de Shams a Konya sin revelar su nombre y por lo tanto se le puso el apodo de Sayyid-i Sirdan («Sayyid, conocedor de secretos»).

Rumi se crió en manos de este guía espiritual y maestro. Sayyid se esforzó mucho en pos de educar a Rumi. Le instruyó durante meses y años para que leyese el libro de su padre, el Ma’arif. Cada año que pa-saba hacía madurar a Rumi más. Los días de ayuno y ascetismo trans­currieron. Ahora estaba educando a Rumi como él quería. Albergaba el alivio interior de un guía espiritual que había conseguido su deber.

Según Burhan al-Din el insan al-kamil, a saber, el hombre perfec­cionado debía ser un erudito, un gnóstico, un enamorado, amigo y amado de Dios. Explicó los más avanzados temas del tasawwuf («sufis­mo») de una manera simple y clara. Departió acerca de filosofía, ley is­lámica, ciencias naturales, química y de los hadices. Era verdaderamen­te un gran erudito, a la par que un gran místico sufí. Sabemos que des­pués de su regreso de Damasco, Rumi hizo traer a su sheij a Konya. Según Sipehsalar, aunque Sayyid Burhan al-Din pidió a Rumi permi­so para regresar a Kayseri, Rumi no quiso separarse de su sheij. En contra de la petición de Rumi, Sayyid Burhan al-Din intentó ir a Kayseri pero en el camino su caballo resbaló, Sayyid Burhan al-Din se cayó del caballo y se lastimó el pie. Volvió a Konya y preguntó a Rumi porqué estaba interfiriendo en su camino y no le permitía volver a Kayseri. Rumi contestó a esta pregunta con una pregunta: «¿Oh mi sheij, por qué quieres abandonarnos?» Sayyid Burhan al-Din contestó: «En Konya ha aparecido un fuerte león. Yo también soy un león. Dos leones no pueden hallarse en la misma ciudad. No podemos llevarnos bien nunca más. Por lo tanto, desearía irme». Al oír esto, Rumi besó las manos de su sheij y junto a unos pocos de sus discípulos le envió a Kayseri.

Cuando Sayyid Burhan al-Din llegó a Kayseri, el gobernador de la ciudad, Sahib Shams al-Din Isfahani, le recibió con entusiasmo. Se le alojó en un cenobio para derviches. Los notables de la ciudad lle­garon ante su presencia y le besaron sus manos, le dieron la bienveni­da y le ofrecieron presentes. Sayyid Burhan al-Din les ordenó que los distribuyesen entre los pobres y los mayzub (aquellos mentalmente inestables a causa del Amor Divino) sin ni siquiera tocarlos. En este preciso momento, se vio inmerso en un estado de recogimiento com­pleto. Rumi hizo feliz a su sheij visitándole varias veces. La población de Kayseri mostró gran respeto a Sayyid Burhan al-Din. Le invitaron a servir como imán en la mezquita local. En ocasiones estaba de pie rezando durante horas, recitando largos rezos cuando se inclinaba y postraba. La congregación no podía soportar esta carga tan dura, así pues, cuando Sayyid Burhan al-Din se percató de esto, pidió que se le excusara de esta obligación: «Consideradme disculpado. Soy un hom­bre ansioso. Cuando estoy en presencia de Dios me pierdo. No pue­do ser un imán. Debéis encontrar un imán diferente». Y de nuevo re­gresó a su pequeña celda de retiro.

Hacía menos de un año que Sayyid Burhan al-Din había regresa­do a Kayseri, y este santo sintió que estaba viviendo los últimos días de su vida. Cierto día pidió a su sirviente que le preparase agua calien­te. Cuando el agua estuvo lista hizo una ablución de todo el cuerpo (ghusl). Dijo a su sirviente: «Cierra la puerta bien y a aquellos que ve­as fuera diles: “El pobre Sayyid ha emigrado de este mundo”. Y reti­rándose a una esquina de su habitación dijo sus últimos rezos: “Oh mi Glorioso Dios, Oh Amigo, acéptame y toma mi vida. Llévame de mí. Llévame de los dos mundos. Anhelo tu presencia. Llévate de mí todo lo que no está Contigo”».

El sirviente se dirigió corriendo hacia Sahib Shams al-Din y le infor­mó. Las noticias del fallecimiento de Sayyid se oyeron rápidamente en Kayseri y una gran muchedumbre se reunió ante su pequeña morada.

Mientras se preparaba el funeral, Sahib Shams al-Din informó a Rumi de su muerte. El funeral se llevó a cabo con rezos y el recuerdo de Dios. Cuando Rumi se enteró del fallecimiento de su sheij, la tris­teza le invadió e inmediatamente fue a Kayseri. Cuando llegó, fue di­rectamente a la tumba de Sayyid y rezó allí durante horas.

Sahib Shams al-Din concedió a Rumi los libros de su sheij. Rumi regresó a Konya con estos libros, entristecido y con el corazón roto. Entre estos libros estaba también el famoso libro de Sayyid Burhan al-Din, Maqalat. Sayyid Burhan al-Din falleció en 1241.


21 Es una costumbre en el Islam que siempre y cuando una persona menciona el nombre de uno de los Compañeros del Profeta o de un santo, añada la frase en lengua árabe, radiya Allahu’anh-‘anha, que significa «que Dios esté complacido con él o con ella».

 
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