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El Pensamiento de Rumi | La Vida de Rumi |
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| escrito por Sefik Can | |
| jueves, 29 de marzo de 2007 | |
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Mevlana Yalal al-Din Muhammad nació el 30 de septiembre de 1207 en la ciudad de Balj, en lo que es hoy en dÃa el moderno estado de Afganistán. Existen diferentes opiniones en relación a su fecha de nacimiento. Mientras Aflaki (fallecido en 1360), el autor de Manaqib al-Arifin aboga por la fecha antes citada, Rumi en su libro Fihi Ma Fih escribe: «Nos hallabamos en Samarcanda.
Jawarzmshah ha sitiado la ciudad, ha desplegado sus fuerzas alrededor de la ciudad y está luchando. En las cercanÃas habÃa una muchacha extraordinariamente guapa. Era tan bella que no habÃa una chica dotada de su hermosura en la ciudad. La oà rezar: “¡Oh Dios mÃo! No me dejes en manos de estos tira-nos”».5 Estos pequeños detalles sugieren que la fecha de Aflaki es incorrecta ya que Jawarzmshah sitió Samarcanda en 1207, la fecha que cita como el año de nacimiento de Rumi. Para que Rumi recordase los alrededores y la belleza de la chica, debÃa haber cumplido al menos los cinco o seis años de edad. Probablemente por esta razón, el historiador Will Durant cita la fecha de nacimiento de Rumi como 1201, mientras que Maurice Barres la fija en 1203. La ciudad de Balj, en aquellos dÃas era un centro de estudio muy conocido, antes de ser conquistada por los destacamentos mongoles. Célebre por sus mezquitas, madrazas y palacios, era una de las capitales en la Ruta de la Seda, con un excelente desarrollo económico y siempre repleta de comerciantes y de mercaderes. TÃtulos Su nombre es Muhammad y su tÃtulo es «Yalal al-Din». Todos los historiadores le conocen por este tÃtulo. Además del calificativo Yalal al-Din, se le nombra también como «Hudavendigar». En algunos comentarios del Mesnevi, se le hace referencia como «Mevlana Hudavendigar». El término «Hudavendigar» se emplea frecuentemente en el Manaqib, el libro de Faridun bin Ahmad Sipahsalar, quien sirvió a Rumi y a su padre durante casi medio siglo. Esta obra fue traducida a la lengua turca por mi profesor y maestro, que Dios le bendiga6, Midhat Bahari, asà como también por parte de Ahmed Avni Konuk y Tahsin Yazici. En lo que respecta a las expresiones «Mevlevi» y «Mevlana», hoy en dÃa con «Mevlevi», en general, hacemos referencia a individuos que han ofrecido sus cora-zones a Mevlana. Sin embargo, anteriormente entre los sufÃes, este tÃtulo era reservado a los enamorados de Dios, a hombres y mujeres de verdad, cuyos corazones estaban despiertos. Por lo tanto, ha habido gente que recordó a nuestro «Mevlana», Rumi, con el nombre de Mevlevi. Entre ellos, el gran poeta sufà Qasim-i Envar de Tabriz (fallecido en 1432) recuerda a Rumi como Mevlevi en su pareado: «Â¡Oh Qasim, si de-seas buscar y encontrar el espÃritu de los significados, lee el Mesnevi de Mevlevi que es la fuente de los significados!». A Rumi también se le nombra como «Mevlana Yalal al-Din» precediendo su nombre con el tÃtulo de Mevlana, o «nuestro maestro» y en ocasiones tan sólo Mevlana, el tÃtulo más común para referirse a los santos en el Islam. Ya que Rumi pasó la mayor parte de su vida en la Anatolia, en aquel tiempo antiguos territorios de los romanos (como se denominaban a sà mismos los bizantinos, continuadores en oriente del Imperio Romano), también se le conocÃa como Mevlana Rumi, «Mevlana Yalal al-Din Rumi» o sólo «Rumi». El apellido de Rumi en poesÃa es «Shams-i Tabrizi». También emplea la palabra «jamoosh» o «jaamoos» (silencio), aunque en contadas ocasiones. Linaje La ascendencia de Rumi se remonta a Abu Bakr, el primer califa del Islam. Sultán Valad escribe lo siguiente en su Ibtidaname acerca de su abuelo Baha al-Din Valad: «Su tÃtulo era “Baha al-Din Valad”. Sus devotos eran innumerables. Sus antecesores se remontan a Abu Bakr. Por lo tanto, obtuvo el nivel espiritual más elevado, tal como lo hizo Hadrat Siddiq Abu Bakr». Aflaki está de acuerdo con esta perspectiva. Determinó la sucesión en el linaje de Baha al-Din Valad del modo siguiente, comenzando en orden cronológico decreciente: Baha al-Din Valad — Huseyin Jatibi — Ahmed Jatibi — Mahmud — Mavdud — Husayyib — Mutahhar — Hammad — Abdurrahman — Abu Bakr. Sus progenitores El padre de Rumi se llamaba Muhammad, hijo de Huseyin Jatibi. Se le conoce como Baha al-Din Valad. Se le dio el tÃtulo de «Sultán al-Ulama», —rey de los eruditos—. Hay otro relato que cuenta que el Profeta concedió a Baha al-Din Valad el tÃtulo de Sultán al-Ulama. Una noche el padre de Rumi tuvo un sueño: El Profeta estaba sentado, hablando con sus Compañeros más cercanos en una tienda majestuosa en un campo de batalla, cuando de repente el padre de Rumi, Baha al-Din Valad, entró en la tienda y se acercó con respeto al Profeta. El Profeta lo saludó y le mostró a su derecha un sitio para sentarse. Después, dirigiéndose a los presentes, señaló: «A nuestros ojos Baha al-Din Valad es una persona inestimable. De ahora en adelante, nombradlo con el tÃtulo de “Sultán al-Ulama”». Al dÃa siguiente trescientos estudiosos que habÃan tenido el mismo sueño se dirigieron a la escuela de Baha al-Din Valad. QuerÃan revelarle su sueño. Pero antes de que pudieran empezar a contarlo, Baha al-Din Valad se lo habÃa narrado a ellos. Se mostraron completamente asombrados. AsÃ, con motivo del amor que le profesaba al Profeta, al padre de Rumi se le conocerÃa como el «Rey de los Eruditos» hasta el DÃa del Juicio Final. De hecho, Baha al-Din Valad no estaba considerado tan sólo como el «Rey de los Eruditos», sino que era a su vez el rey de todas las virtudes. Fue un modelo perfecto a imitar y un ser humano sin faltas. Además de su amplitud de conocimientos poseÃa la moralidad y las virtudes caracterÃsticas del profeta Muhammad. SolÃa hacer el bien a to-do el mundo y se abstenÃa del mal. CompartÃa sus conocimientos con aquellos que se encontraban a su alrededor, los avisaba para protegerlos de la incredulidad y de extraviarse. Era un orador elocuente y aquellos que le escuchaban quedaban extáticos, inundados con amor y fe. No era un erudito cobarde. Incluso señaló los errores cometidos por los sultanes. Asà como Sheij Sadi le gritó a la cara a Hulagu «Â¡Eres un tirano!» cuando devastó Bagdad, Sultán al-Ulama le expresó en público y sin tapujos a Jawarzmshah que la senda en la que se hallaba no era la de Muhammad. No era un erudito que se guardaba sus opiniones por miedo, y nunca elogió a los sultanes ni se comportó hipócritamente por interés material. Advirtió asimismo tanto a eruditos como a sultanes, los cuales se hallaban bajo una influencia excesiva de la filosofÃa clásica griega y por lo tanto, los fieles piadosos le valoraban sobremanera. La población de la ciudad de Balj, que era un centro de estudio y de la gnosis en aquella época, le mostró mucho amor y respeto, lo que atemorizó al sultán Jawarzmshah. La mayorÃa de los académicos que no podÃan apreciarle y no reconocÃan su fe en realidad le envidiaban. Pero no dudaba en expresar sus opiniones libremente. De acuerdo con Aflaki, Husayin, el padre de Sultán al-Ulama, e hijo a su vez de Ahmed Hatibi, era uno de los eruditos más conocidos y uno de los más virtuosos hombres de su tiempo. Enseñó a Razi al-Din Nishaburi, un prominente académico jurÃdico del S.XII. La madre de Muhammad Baha al-Din era un miembro de la dinastÃa Jawarzm. La emigración de Baha al-Din Valad desde Balj Sultán al-Ulama emigró desde Balj debido a algunas diferencias de opinión y creencia. La relación de Jawarzmshah con los miembros de la orden Kubrawiyya no era buena y Baha al-Din estaba al servicio de Najm al-Din Kubra (fallecido en 1221). En sus sermones, públicamente proclamó que los estudiosos que se habÃan dejado llevar por la filosofÃa y la razón sobrevalorada no estaban siguiendo el camino del Profeta. De este modo, los eruditos que no estaban de acuerdo con él hicieron que el sultán se volviese en su contra. Mientras tanto, Majd al-Din Bagdadi, un emisario de Najm al-Din Kubra fue arrojado al rÃo Ceyhun por orden de Jawarzmshah y se ahogó. Por una parte, Sultán al-Ulama era envidiado pero por otra parte, se hallaba bajo una gran presión psicológica. En realidad, Sultán Valad escribió que su abuelo habÃa emigrado porque la población de Balj le ofendió, rompiéndole el corazón. Por otra parte, Sepahsalar y Aflaki escribieron que el gran erudito de la época, Fahr al-Din Razi (fallecido en 1210) habÃa provocado la emigración de Sultán al-Ulama. Pero ya que Fahr al-Din Razi habÃa fallecido unos pocos años antes de la partida de Baha al-Din Valad de Balj, queda claro que Fahr al-Din Razi no provocó personal-mente la partida de Sultán al-Ulama de Balj. Sin embargo, aunque habÃa fallecido, Jawarzmshah y otros eruditos habÃan adoptado las opiniones y los puntos de vista filosóficos de Fahr al-Din Razi y se encogÃan amedrentados en presencia de este gran erudito que sin miedo criticaba los puntos de vista filosóficos de Razi. Por lo tanto, no fue sino en esta situación que Sultán al-Ulama decidió emigrar para no causar ninguna instigación. No se sabe con exactitud, sin embargo, en qué momento Baha al-Din Valad abandonó Balj. Baha al-Din Valad partió junto a sus discÃpulos más cercanos, sus emisarios y su familia, incluyendo a su mujer Mumine Hatun, la hija del sultán de Balj, su hijo mayor Ala al-Din Muhammad y su hijo me-nor Yalal al-Din Muhammad. Algunos de sus parientes se quedaron en Balj. Sipehsalar escribió que después de abandonar Balj, viajaron de una ciudad a otra, fueron a La Meca con motivo del hayy, la peregrinación, deteniéndose posteriormente en Bagdad, continuando en dirección hacia la Anatolia y tras pasar el invierno en Akþehir cerca de Erzincan, llegaron a Konya bajo la invitación del sultán selyúcida Ala al-Din Kay Qubad. ¿Cuántos años tenÃa Rumi cuando inició la emigración? Esto no se sabe con certeza. Aunque la fecha de nacimiento de Rumi es gene ralmente 1207, basándose en sus estamentos en Fihi Ma Fih, se puede aseverar que este año no es su fecha de nacimiento y que la fecha verdadera debe encontrarse alrededor de 1200. Se puede considerar que la fecha de partida de Sultán al-Ulama para el peregrinaje es, a su vez, aproximadamente en 1221 y que cuando empezó la emigración Rumi tenÃa 21 años. Sin embargo, Sultán Valad indica en su Ibtidaname que Rumi tenÃa 14 años. El encuentro de Baha al-Din con Attar La primera parada importante de la caravana migratoria fue la ciudad de Nishapur, otro centro gnóstico importante de la época. Por otra parte, Farid al-Din Attar (fallecido en 1220), un discÃpulo de Sheij Kubrawi tal y como lo fue Sultán al-Ulama, vivÃa allÃ. Ambos se encontraban entre los prominentes representantes de Najm al-Din Kubra (fallecido en 1221), el fundador de la orden Kubrawiyya o Zahabiyya que murió mártir junto con sus discÃpulos mientras luchaban contra los mongoles. Cuando Attar escuchó informaciones de la llegada de Sultán al-Ulama a Nishapur fue a visitarlo. Los dos santos alcanzaron el secreto del versÃculo del Corán: «Ha dado libertad a las dos grandes masas de agua, para que puedan mezclarse y fluir».7 Se ha dicho que durante este encuentro Farid al-Din Attar, presintiendo la grandeza espiritualidad del joven Rumi, le dijo a su padre: «Se espera que este hi-jo tuyo inflamará pronto los corazones que arden con Amor Divino». Y fue un placer para Attar regalar a Rumi su libro Asrarname, el joven en verdad inflamarÃa los corazones que se consumÃan con amor y se acostumbrarÃa a los secretos Divinos. A Rumi le agradó sobremanera la obra Asrarname y siempre la guardó consigo. A medida que los años pasaron y cuando se encontraba dictando su Mesnevi no sólo introdujo historias del Asrarname sino que también expresó en cada ocasión su amor por Attar. En su Diván-i Kabir Rumi escribe: «Attar era el espÃritu. Y Sanai era sus dos ojos. Vinimos al reino de la verdad tras Attar y Sinai. Los seguimos». Baha Al-Din en Bagdad La segunda parada en importancia del periplo de Sultán al-Ulama fue en Bagdad, la capital del estado abasÃ. Tal y como narra Yami, cuando la caravana de Baha al-Din Valad llegó a Bagdad, la gente preguntó: «Â¿Quién es esta gente? ¿De dónde vienen? ¿Adónde se dirigen?» Sultán al-Ulama contestó: «Venimos de Dios y nos dirigimos de nuevo hacia Él. No tenemos fuerza a menos que Él nos la proporcione». Cuando le comentaron esta respuesta a Sheij Shihab al-Din Suhrawardi (fallecido en 1235), el autor de Awarif al-Maarif, señaló: «Nadie a excepción de Baha al-Din Valad de Balj podrÃa haber dicho esto». Inmediatamente fue a verle. Cuando le vio llegar con su caravana, se bajó de su caballo en señal de respeto, se acercó a la caravana y besó la rodilla de Baha al-Din Valad. Les pidió que se alojasen en sus cenobios para derviches y le honrasen con ello. Pero Sultán al-Ulama se quedó en una madraza, diciendo: «Es más apropiado para los eruditos quedarse en una madraza». Suhrawardi no dejó solo a su honorable invitado, estuvo con él y atendió en todo momento sus necesidades. El califa de Bagdad quiso efectuar un donativo en la persona de este gran santo y le envió tres mil dinares egipcios de oro. Baha al-Din no aceptó este regalo afirmando: «Es ilÃcito y discutible». El califa qui-so personalmente darle la bienvenida y tenerle como invitado en su palacio. El padre de Rumi negó este deseo del califa porque habÃa oÃdo que el gobernante continuamente bebÃa y se dedicaba a actividades ilÃcitas, sin ninguna consideración por el significado espiritual y el valor de su importante posición. No era apropiado para un sufà alojarse en el palacio de tal persona y aceptar el oro que le habÃa enviado. El sermón que ofreció en la mezquita más grande de Bagdad fue magnÃfico. Innumerables creyentes, entre los que se hallaba el propio califa, llenaron la mezquita. Estaba tan llena que era imposible encontrar un sitio para sentarse. Todo el mundo estaba de pie, escuchando a este gran santo. La congregación al completo estaba entusiasmada y muchos de ellos derramaron muchas lágrimas. Este esplendoroso y devoto santo que emigró de Balj y que iba a visitar a nuestro Profeta en el Hijaz con su familia y discÃpulos hablaba perfectamente árabe y fascinaba a todo el mundo, incluyendo al califa. Este santo que practicaba lo que creÃa y voluntariamente emigró y sobrellevó el dolor de la separación de su ciudad natal, conquistó con su conducta y palabras los corazones de todos los habitantes de Bagdad. Antes de visitar la Kaba, visitó la «Kaba de los corazones» de innumerables creyentes, les habÃa hablado desde el corazón, les habÃa permitido darse cuenta de las calamidades a las que se enfrentaba el Islam y les habÃa avisado. Mencionó que la bonita ciudad de Balj habÃa sido destruida por los mongoles y el gobernador de Jawarzmshah, el Sultán Tekish, derrocado. El califa asà como los creyentes que lo escuchaban se convirtieron en sus admiradores. Le pidieron que se estableciese en Bagdad pero no estuvo más de tres dÃas y continúo su peregrinación. Tras efectuar los rituales de la peregrinación, Sultán al-Ulama tocó con su rostro el santo sepulcro del Profeta en Medina, la luminosa ciudad del Mensajero de Dios. El padre, junto con sus hijos y sirvientes, derramaron lágrimas de amor en la tumba (Rawda al-Mutahhara —«El JardÃn Puro»—) de Muhammad Mustafa que habÃa sido enviado como misericordia para todos los mundos. Después emprendieron su camino y tras pasar por numerosos lugares llegaron a Jerusalén. Allà visitaron Masyid al-Aqsa, la prime-ra alquibla del Islam. Más tarde llegaron a Damasco. Al escuchar que un gran santo estaba a punto de entrar en la ciudad, la población de Damasco se agrupó a las fueras de la ciudad para dar la bienvenida a Baha al-Din Vadad. Tras encontrarse con célebres estudiosos en Damasco continuaron su camino a la Anatolia. Al dejar atrás la ciudad de Damasco, la caravana fue a Alepo. Estuvieron allà unos dÃas antes de continuar su camino. Pronto ingresaron en el territorio que en aquellos dÃas era denominado «La Tierra de los Romanos». La caravana prosiguió sin permanecer más de unos pocos dÃas en cada lugar. Al llegar a Malatya se dirigieron a Erzincan. En aquellos dÃas Erzincan era la capital de la DinastÃa Mangujak. Cuando el Sultán Mangujak Fahr al-Din Bahramshah (fallecido en 1218) y su mujer Ismati Hatun supieron que Sultán al-Ulama iba a venir a su ciudad viajaron a Akþehir, cerca de Erzincan, para darle la bienvenida a él y a su caravana. El sultán deseó llevárselos consigo a su palacio y hospedarlos allÃ, pero Baha al-Din Valad se alojó en la madraza tal y como habÃa hecho en todos los anteriores sitios. Permaneció allà durante algún tiempo. El sultán Fahr al-Din Bahramshah apreciaba el conocimiento y a los eruditos, y por lo tanto apoyó a eruditos y poetas valorando sus obras, y como incentivo donaba dinero para los libros que le eran dedicados. En realidad, Nizami, el famoso poeta de Ganja, dedicó su libro Mahzán-e Asrar al Shah de Mangujak y el Shah le otorgó cien mil monedas de oro y cinco valiosos caballos. Tal generosa dinastÃa que tenÃa en alta estima a los eruditos quiso conceder su estilo de vida al santo de Balj. Pero, como en todos los demás sitios, no quiso vivir aquà bajo los favores de los demás. Después de estar en Erzincan por un tiempo, llegó a Larende o Karaman como es conocida hoy en dÃa, viajando a través de Sivas, Kayseri y Niðde. Baha Al-Din en Larende Incluso en una época como esta en la que no existÃa un equipo de telecomunicaciones como los empleados en la telefonÃa y telegramas, la llegada a las ciudades de grandes santos y estimados eruditos se sabÃa por adelantado y la población se congregaba en las afueras de la ciudad para darles la bienvenida con amor y enorme ilusión, una expresión del valor atribuido a la gnosis y al conocimiento en aquel tiempo. Estas alegres noticias se extendÃan de boca en boca pareciera que las noticias alcanzaban su destino mediante la intervención del viento y los pájaros. En aquellos tiempos no existÃa el teléfono pero sà habÃa respeto, sentimientos y amor en los corazones de los creyentes que ama-ban el conocimiento, a la humanidad y a Dios. Como en otras ciudades, en Larende la llegada de Baha al-Din Valad se conocÃa con unos dÃas en adelanto. El sultán de Larende, Emir Musa Bey, un enamorado de Dios y un hombre de virtud, junto con otros funcionarios de alto rango de la ciudad salió a pie fuera de la misma. Dieron la bienvenida al «Rey de los Eruditos» con respeto y entusiasmo. El sultán con insistencia le invitó a su palacio. Pero como en otros lugares, rechazó educadamente el ofrecimiento del Emir Musa. «Necesitamos quedarnos en una madraza, no en un palacio». Pidió que se le asignara un lugar, pues, en dicha escuela religiosa islámica. Su petición fue aceptada y se le hospedó en una madraza. Sin embargo, Emir Musa inmediatamente ordenó que se construyera un nuevo centro de enseñanza de las ciencias islámicas o madraza para este gran santo. En un sitio apropiado edificó una bonita madraza y Sultán al-Ulama se estableció al poco tiempo en las instalaciones de dicho centro del saber con su familia y discÃpulos. Allà empezó a enseñar y proporcionar consejos. El sultán de los eruditos era feliz en Larende. Emir Musa y los ciudadanos del lugar apreciaban mucho a este gran santo. Sus discursos eran una fuente de abundante beneficio espiritual y fe. Mientras tanto, Mevlana Yalal al-Din Rumi, era todavÃa joven pero asimismo un derviche con grandes conocimientos, atendÃa las clases de su padre y nunca se perdió ninguno de sus sermones. También destinaba su tiempo a leer las obras de otros estudiosos y aumentando su conocimiento sobre el Islam. Los esponsales de Rumi Sharif al-Din Lala de Samarcanda, quien habÃa emigrado desde Balj con Sultán al-Ulama y era uno de sus discÃpulos favoritos tenÃa una hija de gran belleza que se llamaba Gevher Hatun.8 Además de poseer una hermosura única, esta joven tenÃa un carácter y una moral como ninguna otra persona. Dios habÃa combinado la belleza fÃsica y espiritual en la persona de Gevher Hatun. Baha al-Din Valad consideró ca-sar a esta bella muchacha con su hijo menor Yalal al-Din Muhammad. ¿ExistÃa alguna razón oculta para querer encontrar una esposa para su hijo menor antes que para su hijo mayor Ala al-Din Muhammad? Por supuesto, habÃa una razón. Hasta los siete años Gevher Hatun habÃa sido una estudiante de Sultán al-Ulama. El carácter de su hijo menor y esta bella estudiante eran muy parecidos, y asà pues pensó que este matrimonio serÃa apropiado. Cuando reveló sus deseos al padre de la chica, Sharif al-Din Lala se alegró sobremanera e indicó: «Este matrimonio nos aportará honor y felicidad en abundancia». Y de este modo los dos padres acordaron el matrimonio. En la primavera del año 1225, estas dos bellas e incomparables personas se casaron en una modestÃsima y simple ceremonia de matrimonio. Al poco tiempo transcurrido tras estos esponsales Mumine Hatun, la esposa de Sultán al-Ulama, dotada de nobleza en sangre y espÃritu asà como fiel y devota haciendo honor a su nombre, murió. Desde que habÃan llegado a Karaman desde Balj, Mumine Hatun habÃa soportado las penas a causa de la separación de su ciudad natal y habÃa sido una fuente de consolación para su amado esposo en aquellos turbulentos dÃas. En su sensible corazón, habÃa mantenido viva la pena y la añoranza por su amada, devastada, incendiada y arruinada ciudad natal Balj y por los parientes que habÃan dejado allÃ. La felicidad que sintió por la magnÃfica bienvenida que recibió Sultán al-Ulama en las grandes ciudades, la riqueza espiritual y la alegrÃa de su visita a La Meca y Medina la habÃan convertido en una Mumine Hatun9 , que era asimismo su nombre en vida. La muerte de Mumine Hatun fue seguida por la de Ala al-Din Muhammad, el hermano de Mevlana Yalal al-Din Muhammad. Perder a su fiel y leal mujer y después a su querido hijo causó en Baha al-Din una pena indescriptible. No mucho tiempo después la suegra de Mevlana Yalal al-Din Muhammad, esposa de Sharif al-Din Lala de Samarcanda falleció. Fue enterrada en Karaman al lado de Mader Sultán («la reina madre») y de la madre de Rumi y su hermano. Asà pues, Rumi, quien habÃa perdido ya a su querida madre y a su estimado hermano, a su vez, perdió también a la madre de su mujer. Después de que a tres de sus seres queridos les fuese dada sepultura en la tierra de Karaman, Dios le concedió dos preciosos niños. Sultán al-Ulama y Mevlana Yalal al-Din, ambos por igual, estaban muy contentos por este favor y bendición de Dios. Rumi nombró a su primer hijo como su padre Sultán Valad y puso por nombre Ala al-Din Çelebi a su segundo hijo, el nombre de su difunto hermano. Estos dos niños les consolaron y les hicieron olvidar sus penas. Sultán al-Ulama permaneció en Karaman aproximadamente siete años. Educó a muchos estudiantes. Guió a un gran número de personas al camino de la Verdad. El número de sus discÃpulos se incrementaba constantemente y sus sermones y esfuerzos morales se extienden. El gobernador selyúcida en el poder durante este perÃodo era el sultán Ala al-Din Kay Qubad. En una época en la que el Imperio Selyúcida en Anatolia se hallaba al borde del derrumbamiento, este sultán de gran valÃa desempeñó un liderazgo extraordinario con sus grandes habilidades, virtudes y enorme coraje, y permitió que el estado experimentase un perÃodo brillante en la historia. Aunque de manera temporal, consiguió éxitos militares y desempeñó una gran labor en pos del conocimiento y la gnosis invitando a académicos y a una gran variedad de importantes personalidades a Konya. Fue también un sultán sabio, amante de las artes poéticas y no pudo aceptar que una gran personalidad como Sultán al-Ulama se instalase en Karaman, lejos de él. Envió un mensaje a Emir Musa, a quien querÃa y admiraba muchÃsimo, en el que decÃa que estaba un poco ofendido porque el Emir Musa habÃa bloqueado el camino del gran santo de Balj y le habÃa retenido en Karaman. Cuando el Emir Musa informó a Baha al-Din Valad de la ofensa del sultán, Baha al-Din Valad le aconsejó que fuese inmediatamente a Konya y que le explicase todo al sultán. El Emir Musa, que se encontraba al servicio del sultán y al que el sultán apreciaba muchÃsimo, se marchó con celeridad hacia Konya. Inmediatamente fue al palacio y explicó que Sultán al-Ulama se habÃa instalado en Larende de acuerdo siempre a sus propios deseos. El sultán, hombre de buen corazón, le escuchó con cuidado, y tranquilizándole le dijo que no le habÃa molestado. Después invitó al «Rey de los Eruditos» a Konya diciendo: «Si Sultán al-Ulama se aventurara a honrar nuestra Konya, esto me harÃa muy feliz. Seré su siervo y discÃpulo y caminaré en el Camino de la Verdad que está enseñando. La ciudad de Konya esta esperándole con todos sus sultanes y emires». Con esta intención, dieron regalos a Emir Musa y se dirigió a Larende. Familia e hijos Rumi se habÃa casado con la hija de Jodya Sharif al-Din Samarqandi, Gevher Hatun (fallecida en 1229) mientras se hallaban en Karaman antes de que viniese a Konya con su padre. El hijo mayor de Rumi Sultán Valad y su segundo hijo Ala al-Din nacieron de este matrimonio. Después de que Gevher Hatun falleciera, Rumi se casó con una viuda, Karra Hatun (fallecida en 1292). Karra Hatun, cuyo nombre podrÃa hacernos presumir que poseÃa un linaje bizantino aunque en realidad tenÃa ascendencia turca, era madre de un hijo, Shams al-Din Yahya, en el momento de contraer matrimonio con Rumi. Su primer marido se llamaba Muhammad Shah. Rumi tuvo un hijo y una hija con Karra Hatun, el hijo se llamaba Amir Muzaffar al-Din Alim Çelebi y su hija Malika Hatun. Por lo tanto, Rumi tuvo tres hijos y una hija, aunque su segundo hijo, Ala al-Din Çelebi, falleció en 1262 y fue enterrado a la derecha de la tumba de su abuelo Sultán al-Ulama. Desconocemos con certeza si Ala al-Din tuvo hijos. Aunque Aflaki narra por escrito que Ala al-Din Çelebi si los tuvo, como no se encuentra esta información en otras obras de referencia, la descendencia de Rumi por parte de Çelebi proviene de sus otros hijos. El hijo menor de Rumi con Karra Hatun, Muzaffar al-Din Alim Çelebi (fallecido en 1277), estuvo empleado en el palacio selyúcida y escaló posiciones hasta alcanzar el puesto de tesorero. Fue enterrado enfrente de la bendita tumba de Rumi. La hija de Rumi, Malika Hatun, se casó con un comerciante llamado Shihah al-Din, originario de Konya. Malika Hatun fue sepultada junto a la tumba de su hermano, Amir Alim Çelebi. Su morada en Konya El «Rey de los Eruditos» aceptó la invitación del gobernador selyúcida Ala al-Din Kay Qubad. Pidió a su familia y amigos que empezasen inmediatamente los preparativos para el viaje. Iba a abandonar Karaman, lugar donde habÃa vivido durante siete años. En la primavera de 1229, partieron en un viaje hacia Konya acompañados de las lágrimas de los habitantes de Karaman. Baha al-Din Valad habÃa aceptado la invitación del sultán para poder ser aún más beneficioso a la gen-te. Si no hubiese sido por esta invitación, no habrÃa abandonado nun-ca Karaman, donde sus seres queridos se hallaban enterrados. SabÃa muy bien cuanto le querÃan los habitantes de Karaman. Las lágrimas por su separación no se derramaron en vano. Vio como las lecciones y discursos que habÃa ofrecido y el conocimiento que habÃa transmitido habÃan producido un gran cambio en la población de Karaman. Ahora se dirigÃa a una ciudad más grande, a la capital de un gran sultán que amaba y respetaba a los estudiosos. Konya iba a ser su último destino. Un santo dotado de una fuerza vital inconmensurable, el «Rey de los Eruditos», iba a venir a Konya, el punto de encuentro de los santos de Turkistán, Irán, y otras tierras islámicas. Rumi, maduro de espÃritu, se encontraba de nuevo al lado de su querido padre, su mayor guÃa y maestro. HabÃa enterrado a su madre y a su hermano en Karaman. Pero ahora tenÃa con él a su fiel esposa, a sus dos hijos y a su padre, la familia que lo era todo para él. La pequeña caravana prosiguió lentamente su viaje hacia Konya. La población de Konya se hallaba preparándose para dar la bienvenida no sólo a Sultan al-Ulama, el «Rey de los Eruditos», sino también al rey de los gnósticos (Sultán al-Arifin) y al rey de los santos (Sultán al-Awliya). Esta pequeña caravana espiritual de entre cinco a diez personas que habÃa dejado Balj hacÃa años y que habÃa viajado a ciudades como Nishapur y Bagdad, esta caravana que no se habÃa establecido en ciudades como Alepo, Damasco, o incluso Bagdad, la «fortaleza de los santos», se establecerÃa e instalarÃa finalmente en Konya. La población de Konya habÃa oÃdo de este gran santo que iba a honrar su ciudad y por lo tanto estaban agrupados con gran alegrÃa y entusiasmo. Dirigidos por el sultán Ala al-Din Kay Qubad, todos los notables de Konya, los individuos de más alto rango del estado, funcionarios religiosos, académicos, sheijs y toda la población de Konya fueron a dar la bienvenida al «Rey de los Eruditos». Un bonito dÃa de primavera en la parte externa de las murallas de la ciudad de Konya, en el camino que venÃa desde Karaman, se iban a encontrar dos grandes sultanes. Uno era el más grande sultán de su época, Ala al-Din Kay Qubad que hizo resurgir el gran estado selyúcida de Anatolia cuando éste parecÃa destinado a derrumbarse. El otro era el sultán de los eruditos y de los gnósticos, Baha al-Din Valad, que luchaba contra la ignorancia y los nuevos valores anti-islámicos, y era un ejemplo de humanidad, virtud y fe que soportaba voluntariamente la separación de su ciudad natal en beneficio de sus ideas y su fe. Ala al-Din Kay Qubad se hallaba hastiado de batallas sin fin y comprendió que no tenÃa significado ser un sultán en este mundo sin recompensa. Decidió que se inclinarÃa ante el sultán de los espÃritus con la esperanza de convertirse en su derviche o discÃpulo. Es por esta razón que el gran sultán Ala al-Din Kay Qubad, de noble espÃritu se encontraba más entusiasmado que nadie cuando esperaba al gran santo. La modesta caravana se podÃa apreciar en el horizonte. Sultán al-Ulama con su barba blanca y su rostro luminoso apareció montado en su caballo al frente de la caravana. Rumi seguÃa a su honorable padre. Se podÃa ver también a sus derviches, discÃpulos y familia y detrás de ellos unos cuantos camellos cargando bultos llenos de libros. Cuando la caravana se aproximó, el sultán, que se hallaba esperando en su caballo desmontó inmediatamente. Corrió y tomó las riendas del caballo de Sultán al-Ulama y le ayudó a desmontar. Los dos sultanes se saludaron con respeto y Sultán al-Ulama fue ayudado, para volver a montar en su cabalgadura. Sin embargo, el gobernador selyúcida, el gran sultán Ala al-Din Kay Qubad no montó su caballo. En lugar de esto caminó al lado del gran santo, en ocasiones tirando de las riendas de la cabalgadura, a veces sujetando su silla de montar, siempre al lado de Baha al-Din Valad. El Sultán del Mundo se habÃa convertido en el siervo del Sultán de los espÃritus. Las personas que contemplaron esto permanecÃan asombradas. Se encontraban fascinadas por la modestia de su sultán y le quisieron y admiraron todavÃa más. Cuando entraron en la ciudad las calles se encontraban llenas de gente. Los asistentes miraban esta escena única desde sus ventanas y tejados. El sultán selyúcida quiso trasladar a su estimado invitado a la habitación del palacio que le habÃa preparado. Le pidió que se quedase y viviese allÃ. Baha al-Din contestó: «Â¡Oh poderoso sultán! Comprendo tus intenciones. Pero las madrazas son para los imanes, las residencias de derviches para los sheijs, los palacios para los reyes, los caravasares para los mercaderes y las posadas para los pobres. Con su permiso, me gustarÃa quedarme en una madraza». El sultán aceptó su petición. Fueron hospedados en la mayor madraza de la ciudad, Altun Aba. Como era costumbre entre los sultanes, emires y hombres de elevada posición de aquel tiempo, el sultán Ala al-Din ofreció a su querido huésped muchos regalos. Aunque envió dinero, comida y muchas otras ofrendas, Baha al-Din Valad educadamente devolvió todos estos regalos. Como en el resto de ciudades, en Konya no aceptó ningún regalo de nadie, ni siquiera por parte de los sultanes y señaló: «No tenemos aspiraciones por la riqueza de este mundo. Lo que nos dejaron nuestros abuelos como herencia es suficiente. El sultán no debe molestarse en enviarnos cosas que no nos merecemos». Años más tarde el nieto de Sultán al-Ulama describirÃa en su libro Ibtidaname la llegada de su abuelo a Konya del modo siguiente: «Toda la población, hombres, mujeres, jóvenes, mayores, todos extremaron su amabilidad con él hasta cotas infinitas. Contemplaron sus karamat («los poderes milagrosos de un santo»). Oyeron sus secretos. Progresaron espiritualmente gracias a su favor y abundancia. Continuamente hablaban de él y de su grandeza. Los dÃas transcurrieron de este modo. Después to-dos los jóvenes, mayores, hombres y mujeres pasaron a ser sus discÃpulos. No mucho después Sultán Ala al-Din vino a mostrarle sus respetos junto a sus comandantes. Cuando el Sultán Ala al-Din contempló su luminoso rostro, se convirtió en su discÃpulo con amor y extrema sinceridad. Cuando escuchó sus discursos teológicos y sus lecciones se convirtió en su admirador, le reservó un lugar en su corazón y encontró en él muchos signos de Sultán al-Ulama».10 Baha al-Din Valad ocupó unas cuantas habitaciones en la madraza de Altun Aba y se estableció allà con sus hijos y nietos. Enseñó en la mezquita de Ala al-Din que todavÃa se puede contemplar hoy en dÃa en Konya. Donde quiera que fuese una gran multitud de personas le seguÃa. Y el sultán frecuentemente venÃa con sus comandantes a escuchar sus discursos. Baha al-Din Valad habÃa decidido instalarse y quedarse en Konya como el más grande de los «santos de Jorasan» que habÃa llegado a la «Tierra romana». Tras unos dÃas, Sultán Ala al-Din Kay Qubad celebró una gran ceremonia en su palacio. Invitó junto a Baha al-Din Valad a los mejores estudiosos, sheijs, visires y comandantes de Konya. El gran sultán selyúcida dio la bienvenida a Baha al-Din Valad en la puerta del palacio. Le acompañó en persona a la gran sala donde iba a tener lugar la ceremonia. Todo el mundo en la habitación se levantó y saludó a los dos sultanes. El poderoso sultán, máximo mandatario de un gran imperio y el sultán del mundo espiritual se hallaban de pie, el uno junto al otro. Todas las miradas estuvieron dirigidas a ellos. El sultán Ala al-Din Kay Qubad se dirigió a Sultán al-Ulama, alzando su voz para que aquellos que se hallaban presentes pudieran oÃrle: «Oh sultán de la religión. He estado pensando y he llegado a una decisión. Desde hoy, dejaré para ti este trono que he heredado de mis abuelos. Desde ahora, tú serás el sultán y yo seré tu siervo. El sultanato del mundo fÃsico que se ve y el otro mundo que no se aprecia son pues, para ti». Habiendo dicho esto, se levantó y le coronó con su corona. Al oÃr estas palabras, el sultán de los eruditos se levantó, abrazó al sultán, le besó en los ojos y dijo: «Â¡Oh sultán de carácter angélico y de gran dignidad. Has conseguido la riqueza de este mundo y la de la otra vida. Nadie duda esto. Siéntate en tu trono cómodamente. Hace mucho tiempo que has cerrado tus ojos a la riqueza de este mundo. Ahora estamos venerando a Dios e intentando seguir sus mandatos». Las habitaciones de la madraza en Altun Aba no eran espaciosas ni para Rumi que estaba casado y tenÃa dos hijos ni para sus derviches y discÃpulos. Debido a su humildad, Sultán al-Ulama no podÃa hacer saber es-ta situación ni a Ala al-Din Kay Qubad ni a los otros, por lo que rezó con todo su corazón. Cierto dÃa cuando estaba enseñando en la mezquita de Ala al-Din, acudieron el sultán, sus comandantes y todos los notables de Konya. Amir Badr al-Din Govhartash, el maestro constructor de palacio y tutor del sultán se encontraba allà también. Se habÃa convertido en uno de los discÃpulos de Sultán al-Ulama. Se hallaba fascinado con sus discursos. Ese dÃa, mientras escuchaba al gran santo, se quedó extático y sintió el deseo apremiante de estar a su servicio. ¿No era él el arquitecto del palacio? Decidió, pues, construir una madraza para la familia de Baha al-Din Valad y para Rumi y sus hijos. Poco tiempo después empezó la construcción de la madraza en la zona más bella de la ciudad, en los alrededores del palacio del sultán. Esta madraza, que cumplÃa las mismas funciones que una universidad moderna, se completó en unos meses. Sultán al-Ulama junto con su hijo Rumi y su familia se trasladó a esta nueva residencia. Residieron en esta madraza hasta el final de sus vidas. Varias fuentes narran que el sultán selyúcida habÃa dedicado a Baha al Din Valad el jardÃn de rosas del palacio, que se encontraba al este de la fortaleza de Konya. Cuentan que en cierta ocasión Sultán al-Ulama señalando esta pequeña montaña dijo: «Mi tumba y la tumba de mis nietos estará allÃ. De ahora en adelante ese lugar es el jardÃn del alma y el corazón, un lugar firme para los santos». En realidad, después de que falleciera Baha al-Din Valad se le enterró allÃ. La Türbe de Rumi, es decir, su sepulcro, también fue construida allÃ. 5 Muhammad b. Muhammad b. Husayn Mevlana Yalal al-Din Rumi, Fihi Ma Fih, traducido or Meliha Ülker Ambarcýoðlu (Estambul: Milli Eðitim Basýmevi, 1969), pág. 265. Para más información sobre el tema se puede leer el libro de Franklin D. Lewis, «Rumi, Pasado y Presente, Oriente y Occidente» (Oxford, One World, 2001), pág. 317-324. |
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