Menu Principal
Últimos añadidos | El Profeta Uzayr |
|
|
| escrito por Nevzat Savas | |
| jueves, 30 de marzo de 2006 | |
|
Era un dÃa de calor sofocante. El pueblo de Uzayr vivÃa uno de los apacibles dÃas de verano. Uzayr pensó que su huerto estaba a punto de secarse por la sequÃa. El huerto estaba lejos del pueblo y en el camino que iba hacia allà antes habÃa una ciudad ostentosa que se habÃa arruinado a causa de un desastre y dio lugar a un cementerio. Uzayr pensaba que los árboles sufrÃan por la sequÃa y decidió regarlos. Él era un profeta enviado a los israelitas. Era una persona sabia. Al mediodÃa montó en su asno y se puso en camino. Al llegar al huerto vio que los árboles se habÃan vuelto amarillos y la tierra estaba seca. Regó el huerto y recogió uvas e higos. Los puso en su cesta y volvió a su pueblo. En el camino pensaba en lo que tenÃa que hacer al dÃa siguiente. Antes que nada iba a sacar el Antiguo Testamento de donde lo guardaba y lo iba poner en el templo. El dÃa anterior los enemigos habÃan atacado el pueblo para obtener el Libro, ¡cuánto se habÃa esforzado su gente para protegerlo! Los enemigos querÃan atraparlo. Se acordó de su hijo, de su agradable sonrisa. Estaba impaciente por abrazarlo y darle besos en sus mejillas. El calor era insoportable. El asno estaba cansado y el sudor le empapaba por completo. Tanto que parecÃa estar mojado en un rÃo. Cuando llegaron al cementerio el asno aflojó el paso. Uzayr se dijo «no estará mal si descanso un poco, asà el pobre animal también descansa mientras yo almuerzo». Uzayr se paró cerca de una casa arruinada y bajó del animal. Todo el pueblo entero estaba en ruinas. Sacó un plato de su alforja y se sentó en la sombra. Sacó dos racimos de uva y los exprimió en el plato. Después echó trocitos de pan viejo. Se apoyó contra una pared, extendió las piernas y empezó a esperar a que se secaran los trocitos de pan. Mientras tanto contemplaba el paisaje. HabÃa un silencio sepulcral... Las paredes de las casas arruinadas estaban casi derribadas. Las columnas estaban a punto de caer. Las hojas de los pocos árboles que habÃa estaban secas. Por todas partes en la tierra habÃa huesos de los muertos. Uzayr sintió la frialdad estremecedora de la muerte y se dijo a sà mismo: «Â¿Cómo Dios podrá resucitar a estos muertos? ¿Cómo Dios podrá darles vida otra vez después de que se pudran y se conviertan en tierra?» No tenÃa ninguna duda del poder de Dios. SabÃa que Dios era capaz de hacerlo; él solamente se asombraba ante esa situación. Y al terminar sus palabras se murió allà mismo. Dios mandó al ángel de la muerte para que tomara el alma de Uzayr. Cuando el asno vio que su dueño estaba tumbado sin moverse, él también se tendió al lado de Uzayr y permaneció asà hasta que se pusiera el sol. Al dÃa siguiente intentó levantarse pero no pudo. Era como si estuviese atado al suelo. Quedó asà hasta morirse de hambre. Cuando la gente de Uzayr vio que tardaba en llegar fueron a buscarlo a su huerto. Pero no lo hallaron ahÃ. Miraron por todos los lugares adónde podÃa haber ido pero fue en vano, formaron equipos para buscarlo pero no lo encontraron ni a él ni a su asno. La gente que lo buscaba pasaba por el cementerio donde murió Uzayr pero no se quedaba mucho tiempo allà porque todo estaba en silencio y olÃa a muerte. Si Uzayr estuviera allÃ, lo oirÃan. Además ese cementerio era estremecedor. Por eso nadie se atrevÃa a entrar ahÃ. Después de unos dÃas la gente ya estaba desesperada. Sus hijos estaban muy tristes porque ya no podrÃan ver a su padre y su mujer lloraba pensando que iba a vivir sola. Sin embrago, el tiempo seca las lágrimas y calma los dolores. Llegó un dÃa en que ya nadie lloraba por él; todos volvieron a su rutina. Pasaron cien años. Y un dÃa Dios deseó que Uzayr se despertara. Para que se le diera la luz de la vida mandó al Arcángel Gabriel. QuerÃa demostrarle cómo podÃa resucitar a los muertos. HacÃa cien años que Uzayr habÃa muerto. A pesar de sus huesos repartidos por todas partes se le vistió de carne de nuevo. Se le cubrió la carne con piel y poco después se le insufló alma a su cuerpo con el permiso de Dios. Entonces Uzayr se levantó con vida de donde estaba tumbado. Se sentó frotándose los ojos. Se habÃa despertado del sueño eterno después de cien años. Miró a su alrededor y vio el cementerio. Se acordó de que se habÃa dormido. SÃ, se habÃa quedado dormido en el cementerio en el camino de regreso a su pueblo. HabÃa dormido al mediodÃa y ahora el Sol estaba a punto de ponerse. Se dijo: «He dormido bastante, desde el mediodÃa hasta la tarde». El Arcángel Gabriel, que lo habÃa despertado, le preguntó: — ¿Cuántas horas has dormido? — Quizás un dÃa o menos. El Arcángel dijo: — No, has dormido cien años. Estabas muerto desde hacÃa cien años. Falleciste asombrado al pensar cómo Dios podrÃa resucitar a los muertos y ahora Él te ha resucitado. Uzayr sintió que el sentimiento de asombro y horror habÃa dado lugar a una fe muy profunda. Gabriel señaló a los alimentos y dijo: — ¡Mira tu alimento y tu bebida! No se han echado a perder. Uzayr miró al higo; estaba como él lo habÃa dejado; el color, el sabor y el olor no habÃan cambiado. ¿Cómo era posible esto? Miró al plato en el que habÃa echado pan y también estaba ahÃ; no le habÃa pasado nada al zumo de uva y los trocitos secos de pan esperaban a suavizarse en él. Uzayr estaba asombrado. Aunque habÃan pasado cien años el zumo no se habÃa estropeado cuando normalmente se estropeaba en unas horas. Gabriel notó las dudas que tenÃa y le señaló a su asno y le dijo: — Mira a tu asno. Uzayr volvió la vista hacia donde estaba su asno pero no pudo ver nada más que unos cuantos huesos. Gabriel añadió: — QuerÃas saber cómo resucita Dios a los muertos ¿no? Entonces mira a la tierra. Esa tierra antes era tu montura. Gabriel con el permiso de Dios llamó a los huesos del asno; estos se juntaron y formaron el esqueleto del animal. Después Gabriel ordenó a las venas y la carne que volviesen a ser como antes. Entonces, en ese preciso momento, los huesos del animal se cubrieron de carne. Poco después aparecieron piel y pelos encima de la carne. El asno muerto estaba tumbado en el suelo. Gabriel le ordenó al alma que vistiese el cuerpo. El animal se levantó cuando se le dio vida. El asno empezó a rebuznar y mover la cola; estaba a punto de morirse de hambre y por eso rebuznaba. Uzayr habÃa presenciado un milagro maravilloso de resurrección y se dijo: «Ahora sé que Dios es omnipotente». Uzayr montó en su asno y se puso en camino hacia el pueblo. Dios deseó que él fuera un milagro para su gente. Los que lo vieran iban a creer en la vida después de la muerte. Uzayr cuando llegó a su pueblo, se sorprendió mucho. ¿Qué le habÃa pasado a este pueblo? ¿Era posible que hubiese cambiado tanto? Las casas, las calles, la gente y los niños... todos habÃan cambiado. No conocÃa a nadie que veÃa en la calle. Cuando Uzayr salió de su pueblo, tenÃa cuarenta años. Y ahora ciento cuarenta. Y estaba tal y como era antes, sin ningún cambio en su apariencia. Sin embargo, el pueblo habÃa vivido cien años y durante todo este tiempo habÃan pasado muchas cosas. Algunas casas se habÃan derribado totalmente y se habÃa construido otras nuevas en su lugar. Uzayr pensó: «Tengo que encontrar a algunos ancianos que se puedan acordar de mû. Buscó mucho y al final encontró a su sirvienta que tenÃa veinte años cuando el murió. Ya habÃa cumplido ciento veinte años. Uzayr se acercó a ella y le preguntó: — ¿Sabe dónde está la casa de Uzayr? La mujer empezó a llorar al escuchar el nombre de Uzayr y le contestó: — Todo el mundo lo olvidó. Hace cien años salió de su casa y no volvió nunca más. ¡Qué la paz sea con él! Uzayr le dijo a la mujer: — Uzayr soy yo, ¿no me has reconocido? Dios me resucitó después de haber estado muerto durante cien años. La mujer le miró con cara de asombro. No se lo podÃa creer. Y le dijo: — Dices que eres Uzayr. Dios aceptaba sus súplicas. Entonces suplÃcale a Dios que me abra los ojos y me devuelva la fuerza de antes. Uzayr levantó las manos hacia el cielo y le pidió a Dios que le abriera los ojos y pudiese caminar. Y se realizó el milagro. La mujer volvió a ver, se sentÃa fuerte como antes. Miró a la cara de Uzayr con mucha atención; sÃ, era él de verdad. La vieja mujer empezó a correr por las calles gritando: «Â¡Uzayr ha vuelto! ¡Uzayr ha vuelto!» Al oÃr esas palabras la gente quedó asombrada y pensó que la mujer se habÃa vuelto loca. Poco después se juntó la asamblea de los sabios. Entre ellos estaba el nieto de Uzayr. Su padre habÃa muerto y él tenÃa ochenta años. Pero su abuelo Uzayr aún tenÃa cuarenta. Toda la gente del pueblo junto con los sabios escuchó la historia de Uzayr, no sabÃan qué decir. ¿DeberÃan creerle o no? Uno de los sabios le preguntó a Uzayr: — Según lo que escuchamos de nuestros ancestros Uzayr era un profeta y habÃa escondido el Antiguo Testamento para que los enemigos no lo destruyeran. Si nos dices el lugar dónde lo habÃa escondido te creeremos. Uzayr les contestó diciendo: – Esto es muy fácil. Yo recuerdo muy bien dónde lo habÃa puesto. Y los llevó donde habÃa escondido el Libro, él iba delante y los otros detrás. Las páginas del Libro se habÃan puesto amarillas. Uzayr escribió de nuevo el Libro aprovechando lo que quedaba del antiguo. Entonces todas las personas creyeron que Dios lo habÃa resucitado después de haber estado muerto cien años. Uzayr fue un milagro para la gente. Cuando Uzayr murió los judÃos dijeron: – Uzayr es el hijo de Dios. Dios está muy lejos de esas calumnias por que Dios en el Corán nos dice: «Di: Él es Dios, el Uno. Dios, el Señor Absoluto, a Quien todos se dirigen en sus necesidades. No ha engendrado ni ha sido engendrado. Y no hay nadie que se Le parezca». |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|




