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Los Profetas | El Profeta Jonás |
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| escrito por Nevzat Savas | |
| jueves, 30 de marzo de 2006 | |
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Job tuvo su lugar en la historia como «el Profeta de la Paciencia». Él se habÃa salvado de su grave enfermedad gracias a su paciencia. Y la salvación de la difÃcil situación en la que se encontraba Jonás fue gracias a sus súplicas. El Corán cuando le menciona a veces usa el nombre de Jonás y otras veces «Ze'n-Nûn» o sea «el dueño de los peces». Era uno de los profetas elegidos con gran cuidado por Dios. VivÃa en una zona llamada Ninova y ahà les daba consejos a las personas, les recordaba lo horroroso que serÃa el DÃa del Juicio Final y el infierno; les hablaba de la vida maravillosa que les esperaba en el Cielo, les llamaba a hacer el bien y venerar a Dios, el único Dios. Pero todo fue en vano... nadie le creÃa. Los años pasaron... Jonás[1] persistÃa en su misión como profeta pero su gente seguÃa sin creerle. Hizo todo para convencerlos y al final se dio cuenta de que ninguno de ellos lo iban a creer. Le dolÃa mucho ver que la gente preferÃa ir al infierno. Era evidente que el corazón de su pueblo estaba sellado. Jonás se acordó de los profetas anteriores a él y de su gente insistente en la incredulidad. Dios, como siempre, al cabo de un tiempo arruinaba a estas gentes. Pensó en la gente de Noé, de Salih y de Hûd. Todos se rebelaron contra Dios e insistieron en su blasfemia. Y el fin de todos ellos fue horroroso. Pensó que le podrÃa pasar lo mismo a su gente también. La ira divina los podÃa castigar en cualquier momento. Pensó que ya habÃa terminado su misión y por eso decidió abandonar la ciudad. Mientras abandonaba la ciudad sin mirar atrás, se desencadenaba una vorágine de sentimientos en su interior. Estaba enfadado y triste. PretendÃa ir a otra ciudad en un barco cuando llegara a la costa. Quizá en otros lugares podrÃa encontrar a personas que le creyeran. Jonás también pensaba que la Voluntad Divina le indicaba eso. Sin embargo, Dios no le habÃa dado la orden de abandonar la ciudad; debió esperar hasta recibirla. El Sol avanzaba hacia el horizonte, hacia el oeste. El barco en el que Jonás iba a viajar se habÃa anclado en un pequeño puerto. Mientras esperaba la hora de salida del barco, vio un pequeño pez que no sabÃa adónde ir entre las olas que golpeaban las rocas. Intentaba escaparse pero no podÃa conseguirlo. Al final el pequeño pez se murió. Al ver esa escena Jonás se sintió muy mal. Se dijo: «Si hubiera estado con otro pez más grande a lo mejor se podrÃa haber salvado». Después pensó en su propia situación. ¡Cómo pudo abandonar a su gente! Ellos lo necesitaban. Se acordó de su obstinación. Se puso muy triste y empezó a llorar. HabÃa preparado su fin con sus propias manos. Cuando llegó la hora, subió a bordo del barco. Cuando el capitán vio el mal estado de Jonás, tuvo miedo de que a lo mejor pudiera ser un delincuente fugitivo. Sólo para impedirle el viaje le dijo un precio mucho más alto de lo normal para los billetes. Jonás pagó el precio porque querÃa irse... alejarse del paÃs de la gente con alma oscura. En un sitio oculto del mar, mientras el barco de Jonás seguÃa a su viaje, se desencadenó una tempestad. Las gigantescas olas golpeaban al barco con toda su fuerza. El barco estaba a la deriva. Al poco tiempo las olas rompieron los mástiles y las velas del barco. El mar furioso arrastraba todo lo que se ponÃa delante de él, no tenÃa compasión alguna. El capitán gritó: «Nunca he visto una tormenta asà de intempestiva. Es obvio que hay un pecador entre nosotros y esa tormenta es por su culpa. Para encontrarlo vamos a echar a suertes quién se va; vamos a arrojar por la borda al que salga elegido». Esa era una tradición que tenÃan los marineros. No era muy lógico pero se hacÃa en aquellos dÃas. El nombre de Jonás estaba en la lista. Lo hicieron otra vez y de nuevo salió su nombre. La tradición era asÃ, lo hacÃan tres veces y el hombre cuyo nombre salÃa tres veces se arrojaba al mar. Cuando lo hicieron por tercera vez otra vez salió el nombre de Jonás. Las profundas miradas llenas de duda le estaban abarcando como una camisa de fuego. Le palpitaba el corazón con fuerza al escuchar por tercera vez de la boca del capitán su nombre. Cuando lo llevaron a la borda del barco para tirarlo al mar, Jonás se dio cuenta de su error, no debió abandonar su paÃs sin el permiso claro de Dios. Jonás miró a las gigantescas olas que sobresalÃan por encima de la madera, la noche era muy oscura. En el cielo no habÃa Luna ni estrellas; estaba envuelto en nubes oscuras. Solamente habÃa un mar sin fin y frÃo, nada más. Entre los truenos y el sonido de las olas se escuchó la voz del capitán: «Â¡Oh forastero! Salta al mar, ¡venga!» Y Jonás saltó al mar. Justo en ese momento Dios les ordenó a los grandes peces subir a la superficie del mar. Un enorme pez lo vio luchando con las olas y sonrió. Dios le habÃa mandado la cena. Se dirigió hacia Jonás y se lo tragó de un bocado. Poco después, complacido por haber comido, volvió a las profundidades del mar. Jonás quedó asombrado cuando vio que estaba en el estómago de un pez. ¡Dios mÃo! Jonás estaba en el estómago del pez... el pez se encontraba en las profundidades del mar y el mar estaba en medio de toda oscuridad. Tres mundos oscuros... La oscuridad interior del pez... La oscuridad de las profundidades del mar... La oscuridad de la noche... Jonás pensó que se habÃa muerto. Intentó mover sus manos; sÃ, podÃa moverlas. Estaba vivo, no habÃa fallecido pero estaba preso en las oscuridades. No habÃa ningún remedio para salvarse de ahÃ. Solamente existÃa Dios, Quien habÃa creado y enviado el pez, el mar y la noche. Y Él era suficiente para todo. Jonás empezó a llorar y a decir el nombre de Dios, primero con el corazón después con la boca. En el estómago del pez hacÃa eco su voz... «Â¡Oh Dios! ¡No hay más deidad que Tú! Tú estás libre de toda falta. ¡El más Elevado, el más Grande y el más Hermoso eres Tú! Yo me equivoqué, ¡perdóname!» ¡Qué voz tan maravillosa era la que subÃa del estómago del pez! Jonás estaba tumbado de espaldas dentro de éste. A pesar de eso no dejó de suplicarle a Dios. Poco después, el pez se cansó de ir boca abajo y se zambulló, se tumbó de espaldas y se quedó dormido. Jonás no dejó de rezar. No paraban sus lágrimas ni sus lamentos. DecÃa: «Dios mÃo, me equivoqué, perdóname». No comÃa ni bebÃa y tampoco se movÃa. La única cosa que se le movÃa era el corazón y la lengua. Ayunaba. Y su única comida era el arrepentimiento, las lágrimas y sus súplicas que se elevaban desde las profundidades del mar al cielo. Poco después, los peces, las algas y el resto de seres vivos que se encontraban en el mar escucharon su voz. Cuando llegaron a la fuente de la voz no se lo pudieron creer. La voz venÃa del interior del pez que estaba ahà tumbado. Todos los peces se reunieron y empezaron a decir el nombre de Dios todos juntos. El pez que habÃa tragado a Jonás se despertó con esas voces. ¡Qué escena más maravillosa! Como si hubiera una fiesta en las profundidades del mar. Todos los peces, los corales y las algas se habÃan reunido y estaban elogiando a Dios al unÃsono como en una orquesta perfecta. Al principio no pudo entender lo que pasaba. Pero cuando escuchó la voz que subÃa de su estómago, se dio cuenta de que habÃa tragado a un profeta y se asustó. Después se dijo a sà mismo: «Â¿Por qué he de tener miedo? Me lo ordenó Dios, Él sabe lo que hace» y él también participó del conjunto. No sabemos cuánto tiempo se quedó Jonás en el vientre del pez. La única cosa que sabemos es que durante el tiempo que permaneció ahÃ, no dejó de repetir: «Â¡Oh Dios! ¡No hay más deidad que Tú! Tú estás libre de toda falta. ¡El más Elevado, el más Grande y el más Hermoso eres Tú! Yo me equivoqué, ¡perdóname!» Jonás habÃa probado que era sincero en su arrepentimiento. Todos los seres tanto en la Tierra como en el Cielo aprendieron de él cómo arrepentirse sinceramente. Después, Dios le ordenó al pez que subiera a la superficie y que dejara a Jonás en una costa antes determinada. El pez cumplió la Orden Divina. Cuando Jonás se despertó, se encontró en la orilla de una isla. Le dolÃa todo el cuerpo por el ácido del estómago del pez. Estaba indispuesto. Poco después, salió el Sol. Cuando los rayos del Sol le tocaron el cuerpo, sentÃa un dolor horrible. Casi iba a gritar. Pero no lo hizo, y empezó a suplicarle a Dios que le curase. Poco después, Dios hizo crecer un árbol con hojas muy grandes para protegerle del Sol. Con el tiempo se curaron sus heridas y Dios le ordenó que regresara a su paÃs. La escena que vio al volver a Ninova le sorprendió mucho. Porque su gente se habÃa hecho musulmana. La desaparición de Jonás los habÃa asustado asà que decidieron arrepentirse. Más de cien mil personas tuvieron fe en Jonás. La verdad es que lo que salvó a Jonás del vientre del pez fue su sincero arrepentimiento. Dios en el Corán — revelado muchos siglos después de Jonás— , cuando describe su situación dice: «De no haber sido porque era de los que glorificaban, habrÃa permanecido en el vientre del pez hasta el dÃa de la Resurrección». [1] En el Corán es nombrado como «Yunus». |
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