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Los Profetas | El Profeta Abraham |
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| escrito por Nevzat Savas | |
| jueves, 30 de marzo de 2006 | |
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Las tinieblas se extendÃan por todo el mundo. Los hijos de Adán fueron engañados por Iblis una vez más y abandonaron la obediencia a Dios. Algunos adoraban a los Ãdolos hechos por sà mismos, otros adoraban a los árboles gigantes, a las estrellas, a la Luna y al Sol. La razón no reinaba allÃ, los corazones estaban entorpecidos y la conciencia encadenada. En aquellos dÃas surgió una nueva religión: la adoración de los reyes. El rey de Babilonia aseveraba que él era un dios. Algunos hombres que le rodeaban, unos guiados por la ignorancia, y otros por sus intereses, creÃan que era un dios. Los dignatarios de la sociedad, los adivinos de los templos, los ricos y los fuertes tiranizaban a la población y recaudaban abusivos impuestos esquilmando los bienes a los indefensos. Los llantos de los niños, los débiles, los miserables y los pobres siempre gemÃan de dolor y de hambre. La gente se habÃa equivocado. El bien y el mal, la luz y la oscuridad se habÃan confundido. Los caminos estaban mezclados. Los hijos de Adán necesitaban a un nuevo guÃa, a un Profeta que enseñara el camino recto y los secretos de la creación. Este Profeta tenÃa que ser lo suficientemente fuerte como para luchar contra todas las formas de negación del Señor del Universo. Entonces, Dios eligió a Abraham[1] como Profeta. Abraham era un regalo de la Misericordia Divina a la humanidad. Cuando era todavÃa un niño, su padre murió y quedó huérfano, siendo criado por su tÃo. Abraham querÃa a su tÃo como si de su padre se tratase. Su tÃo era uno de los escultores de la ciudad y construÃa Ãdolos. La gente respetaba a este hombre que hacÃa sus Ãdolos, es decir, sus dioses. Su infancia discurrió en una familia asÃ. La Misericordia Divina llenó su mente y corazón con el amor, la compasión, la piedad y la sabidurÃa y le hizo puro. Él veÃa Ãdolos y estatuas extraños por toda la ciudad, en el mercado, en las casas, en los jardines. Su padre los hacÃa. Un dÃa, le preguntó a su padre qué eran. Cuando su padre le dijo que eran dioses Abraham pensó en lo más profundo de su corazón que estas palabras no podÃan ser verdad. Los Ãdolos eran como juguetes para él. Montaba en los grandes Ãdolos como si estuviera montando un asno y les pegaba. Un dÃa, su padre adoptivo lo vio montando un Ãdolo que se llamaba Merduh, se enfadó con Abraham y regañándole duramente le dijo que no lo hiciera otra vez. Abraham le preguntó: — ¿Cómo puede ser un dios? Tiene las orejas más grandes que las nuestras. — Es el dios más grande. Sus orejas grandes son sÃmbolos de su sabidurÃa —dijo su tÃo. Abraham estaba a punto de reÃr porque las orejas de Merduh se parecÃan a las orejas de un asno. ¿Cómo podÃan los humanos adorar a un Ãdolo de orejas de asno? Pasaron muchos años. Abraham creció odiando a los Ãdolos que su tÃo hacÃa; más aún, sentÃa aversión por ellos. Para él, era imposible aceptar la adoración a una estatua hecha por un humano, siendo asà que no podÃan comer, beber, ni hablar. Si uno de ellos era empujado al suelo por alguien, no podrÃa ponerse de pie. La gente decÃa que toda la belleza y los beneficios habÃan sido creados por los Ãdolos; por eso, tenÃan que ofrecerles sacrificios y obedecerles sin rechistar con una obediencia ciega. Si no, caerÃan sobre ellos los castigos de los dioses. Al ver la situación Abraham se entristecÃa y se enfadaba. ¿Por qué nadie usaba el intelecto? Todo lo que adoraba esa gente era sólo una parte de la creación. No podÃan crear ni podÃan valerse por sà mismos. Los milagros del Cielo y de la Tierra, como las estrellas y las criaturas maravillosas, eran sólo señales del Creador del Universo. TenÃa que contarles esta verdad. HabÃa un templo lleno de Ãdolos y en el centro del templo habÃa un altar donde colocaban los Ãdolos grandes. Los dioses eran variados, de diferentes formas y clases. SentÃa aversión por estos Ãdolos cuando los visitaba con su tÃo, cuando era un niño. Para él, lo horrible era la gente que adoraba a estos Ãdolos que habÃan construido. HacÃan reverencia ante ellos y rezaban como si estas estatuas les oyeran, además les pedÃan deseos y les suplicaban. Al principio, la situación de la gente ante los Ãdolos le era divertida pero, más tarde, comenzó a odiarlos. ¿No era horrible la ignorancia de los hombres siendo la verdad tan nitida? Por otro lado, su tÃo querÃa que terminara su educación y fuera adivino en el templo. Un dÃa Abraham aclaró que estaba lleno de odio a los Ãdolos. Entonces, su tÃo le advirtió que respetara a los Ãdolos. Un dÃa Abraham y su tÃo estaban en el templo. Era la fiesta de los dioses. Cuando estaban en plena celebración, un adivino se postró ante el Ãdolo más grande y empezó a suplicarle respetuosamente. Lloraba y gemÃa para que su dios les diera abundante sustento y tuviera piedad de ellos. Abraham no pudo aguantar más. De repente, un grito hizo eco en las paredes del templo: «Â¡No puede oÃrte, mi señor! No puede oÃr a nadie tampoco, no supliques en vano, ¿no lo ves?» Toda la gente buscó con los ojos al dueño de la voz. Era el valiente y osado Abraham. El adivino se enfadó con él. Su tÃo dijo que Abraham estaba enfermo y por eso no sabÃa qué decÃa y pidió perdón en su nombre. Abraham se rió con ironÃa. Él y su tÃo salieron del templo y fueron a casa sin dirigirse la palabra en el camino. Su tÃo lo dejó en su habitación y se fue. En las tinieblas de la noche toda la ciudad dormÃa, excepto una persona: Abraham. Pensaba en cómo enseñar el camino recto de Dios a la gente. La impiedad era la fuente de todas las maldades y la fe era conocer a Dios, tener la conciencia limpia, la compasión y la piedad. Abraham no pudo dormir nada. Pensaba que estaba en una cárcel. Salió de casa y se dirigió a la montaña en la oscura soledad de la noche, subiendo hasta la entrada de una cueva y se sentó allÃ. Miró hacia el cielo pues mirar hacia la Tierra le entristecÃa sobremanera. QuerÃa tranquilizarse observando las bellezas divinas en el cielo. En la Tierra, los humanos, que eran engañados por Iblis, adoraban a estatuas e Ãdolos. En ese momento, al ver la Luna y las estrellas que lucÃan en el azul cielo, recordó a los hombres que también los adoraban. ¡Qué extraña era la humanidad! En cuanto olvidaron la obediencia al Único Creador del Universo, adoraban a las criaturas en la Tierra y en el Cielo. El pueblo de Abraham era de este modo. Adoraban a los Ãdolos terrenales y a los del cielo. AquÃ, empezaba la responsabilidad de Abraham: tenÃa que enseñarles pruebas para convencerles del recto camino. ·Dios dio una cualidad a Abraham que no tenÃan los demás: la perspicacia profética. La inteligencia de los grandes sabios se quiebra ante la perspicacia profética. La perspicacia profética es la habilidad, la capacidad del saber y la comprensión que Dios proporcionó a todos sus Mensajeros. Abraham pensó en cómo enseñar a la gente que las estrellas en el cielo no podÃan ser un dios. Finalmente, decidió actuar como uno más de ellos para poder oponerse y refutar sus ideas erróneas. Sin perder tiempo empezó a trabajar. Vio una estrella resplandeciendo en el cielo. Habló para sÃ: «Â¿Esta estrella brillante puede ser dios?» La miró hasta que desapareció. «Ha desaparecido. Yo no amo cosas que desaparezcan. Dios no desaparece y vuelve a aparecer. Entonces, la estrella no es dios». Al oÃr a estas palabras se produjo una convulsión en las mentes de los que adoraban a las estrellas. La Perspicacia Profética siguió su plan. La Luna estaba en el cielo. Las montañas, los valles y los pueblos estaban iluminados por la luz de la Luna. Abraham pensó en voz alta: «Â¿La Luna puede ser dios?» La miró hasta que desapareció. Pensó que si desaparecÃa no podÃa ser un dios porque un dios nunca desaparecerÃa. Abraham hablaba como si se burlara de las mentes de los que adoraban a los planetas. Por la mañana, salió el Sol en el horizonte como un ovillo de luz. Pensó de nuevo: «El Sol es más grande que la Luna y las estrellas. ¿Puede ser dios?» Abraham empezó a esperar pensando en esta pregunta. MediodÃa, tarde y noche... Anocheció y el Sol se escondió en las tinieblas del horizonte, como la Luna y las estrellas. El Sol era un elemento mortal como todos los mortales que tienen un fin inevitable. Pero el verdadero dios era inmortal, eterno. Las criaturas mortales no podÃan saciar el deseo de inmortalidad del alma humana. El ser humano, que es el caminante a la eternidad, podÃa encontrar la verdadera felicidad y la tranquilidad espiritual en la obediencia a Dios. ¡Qué magnÃfica era la enseñanza de Abraham! Nadie puede saber ni hacer nada si no es por Dios que es Todopoderoso. Estaba muy emocionado cuando pensaba en esto. Comprendió y enseñó el Poder Divino detrás del Sol, la Luna y las estrellas. Pensó que su pueblo estaba en las tinieblas debido a su ignorancia de Dios. Más tarde, sintió que su alma se llenó de la Luz Divina; su mente, su corazón y todo su cuerpo se llenó de luz. La Misericordia Divina apareció y el Creador del Universo estaba hablando con él: — ¡Abraham! — ¡Ordéname, Señor mÃo! — ¡Obedéceme! Abraham se postró y dijo llorando: – ¡Obedezco al Señor del Universo! El alma de Abraham estaba llena de bienestar, quietud y alegrÃa. Se quedó allà hasta la medianoche. Más tarde, regresó a su casa. Ya era el Mensajero de su Señor. Era una nueva etapa en su vida. QuerÃa enseñar el recto camino a la gente que adoraban a los Ãdolos del Cielo y de la Tierra. Al dÃa siguiente la voz de Abraham resonaba en las calles de Babilonia: «Â¡Pueblo mÃo! ¡No hay más deidades que el verdadero y único Dios! ¡Obedeced a Dios!» Era la hora de comunicar la palabra de Dios. Pero habÃa un gran reino contra él, miles de personas... Gobernantes, cientÃficos, literatos, etc. TenÃa un cargo de mucha responsabilidad; más aún, era tan difÃcil como tocar el cielo con las manos pero Dios sabÃa a quién dar esa responsabilidad. — ¡Pueblo mÃo! ¿Por qué adoras a los Ãdolos que no pueden daros beneficios ni pueden haceros daño?— preguntó Abraham. — Es la religión de nuestros padres—dijeron los idólatras. No tenÃan ninguna otra respuesta más porque sabÃan que no era razonable. Abraham dijo: — En verdad, estáis equivocados como vuestros padres. No pudieron creerle porque hasta entonces no habÃan oÃdo nada asÃ. Siempre habÃan vivido como sus antepasados. La gente se conmovió con las palabras de Abraham. Le preguntaron: — ¿Lo dices en serio o te burlas de nosotros? Era un caso tan serio que no habÃa posibilidad alguna de burla. Abraham dijo: — Vuestro Señor es el Señor de los Cielos y de la Tierra. Es el Creador de todo lo existente. ¡Obedecedle a Él y hará llegar la salvación para los dos mundos! Empezaron los dÃas llenos de pesadumbre y pena. Quien se enojó mucho con Abraham fue su tÃo. Se enzarzaron en violentas discusiones. Sus creencias y valores eran diferentes. Uno creÃa en Dios y el otro era un idólatra. Su tÃo gritó: — ¡Es una gran desilusión para mà verte en contra de nuestros dioses! ¡No esperaba que lo hicieras! Me perjudicas con tus actos tanto que no puedo presentarme asà ante la sociedad y lo peor es que los adivinos y los gobernantes se han enojado conmigo. Abraham deseaba que su tÃo fuera musulmán porque le querÃa mucho. Le habló dócilmente: — ¡TÃo mÃo! ¿Cómo puedes deber obediencia a los Ãdolos que no ven ni oyen ni pueden dar beneficios? Me han enseñado algo misterioso que tú no sabes. Si obedeces a Dios y me sigues te llevaré a un recto camino. ¡Querido tÃo! ¡No obedezcas a Iblis porque él se rebeló contra Dios! Temo que recibas un castigo doloroso. Temo que estés bajo la influencia de Iblis. Su tÃo estaba temblando de enfado. Gritó furiosamente: — ¿Cómo puedes insultar a los dioses? Si no dejas de insultarlos te echaré de mi casa. Si esto no sirve de nada, te mataré mediante lapidación. Es el castigo de rebelarse contra los dioses. ¡Vete allá dónde quieras! ¡No quiero verte más! Echó a Abraham de casa. Abraham se entristeció con las palabras de su tÃo. Sin embargo, Abraham era lo más querido por Dios en la Tierra. Algunos de sus descendientes serÃan Profetas. Pero la ignorancia le impedÃa ver la verdad. Abraham respondió a su tÃo decentemente porque era un Profeta y los Profetas eran los representantes de la honestidad. La humanidad tiene que aprender la verdadera decencia de los Profetas. Dijo asÃ: «Me tratas mal pero yo pido de mi Señor salvación para ti. No te haré daño sino que suplicaré a Dios para que te perdone». Abraham abandonó la casa de su tÃo. Ya no tenÃa hogar pero toda la Tierra era su residencia. El cielo era el techo, las hierbas sus alfombras, el Sol la lámpara, las flores de muchos colores los adornos y las montañas, los rÃos, los árboles el mobiliario de su casa. ¿Y su comida? La veneración a Dios era su alimento, la glorificación a Dios su bebida. Ese dÃa era la fiesta de la glorificación y de la ofrenda de sacrificios a los dioses. Las celebraciones se desarrollaban al otro lado del rÃo y por eso toda la gente habÃa abandonado la ciudad. Después de la ofrenda de sacrificios regresaron al templo y las ofrecieron a los dioses. El viento gemÃa en las calles vacÃas de la ciudad. Más tarde, un joven apareció delante del templo. Sus ojos brillaban como los de un halcón. Llevaba una enorme hacha en la mano. Era innegable que hoy ocurrirÃan acontecimientos importantes. Abraham iba a iba a tener gran efecto en los corazones y las mentes de la gente. Entró en el templo silenciosamente y con mucho cuidado. El hacha brillaba en la atmósfera sombrÃa del templo. Entró en el gran salón. Si los Ãdolos del templo tenÃan almas, se asustarÃan y huirÃan de las miradas horribles de Abraham. Miró fijamente a los Ãdolos. Luego, miró a las ofrendas delante de los Ãdolos. Se acercó a uno de los Ãdolos y dijo: «La comida está frÃa, ¿por qué no comes?» El Ãdolo no le respondió. Entonces Abraham preguntó a todos los Ãdolos en el salón del templo: «Â¿Por qué no coméis? ¡Comed!» El grito hizo eco en las paredes del templo y fue como una bofetada en los rostros de los Ãdolos. Gritó otra vez: «Â¡Hablad! ¿Por qué no habláis?» Levantó el hacha y golpeó la cabeza del Ãdolo que estaba delante de él. El Ãdolo cayó al suelo. Todos los Ãdolos se desmoronaron con los golpes del hacha de Abraham. El salón quedó reducido a las ruinas de los Ãdolos. Al ver al Ãdolo más grande en el altar, pensó dar el último golpe. Pero no le darÃa con el hacha, sino con la perspicacia profética. Tras una sonrisa irónica, colgó el hacha del cuello del Ãdolo y salió del templo. HabÃa jurado enseñarles a todos que estaban ciegamente engañados y ahora realizaba su promesa. Tras las celebraciones, cuando todos regresaron a la ciudad, un hombre que entró en el templo, gritó pavorosamente. Llegaron todos al templo y cuando vieron a los Ãdolos, gimieron de dolor. Todos los Ãdolos habÃan quedado reducidos a añicos como si hubiera habido una guerra en el templo. Es obvio que los dioses perdieron la guerra. Solamente el Ãdolo más grande estaba de pie. ¿Quién podÃa haber cometido este crimen? La primera persona que se les ocurrió era Abraham: — HabÃa un joven que insultaba a nuestros dioses. Es posible que él lo haya hecho. · Todos gritaron: — ¡Detengámoslo e interroguémoslo! · Encontraron a Abraham y empezaron a preguntar sobre el crimen: — ¿Has hecho tú esta barbaridad a nuestros dioses? · Abraham sonrió irónicamente y les señaló el Ãdolo con el hacha al cuello: — Él lo ha hecho... Él es su lÃder, es el mayor de ellos. ¡Preguntadles a ellos para que os lo digan! · — ¿De quién hablas?— preguntaron los adivinos. — ¡De vuestros dioses! — Ya sabes que no pueden hablar. · — Entonces, ¿cómo podéis adorar a los que no pueden hablar? ¿No lo veis? ¿No pensáis? Mirad que cuando vuestros dioses fueron derrotados ante los ojos de vuestro gran dios, él tampoco pudo hacer nada sino mirarlos. Ellos no pudieron protegerse a si mismos; entonces, ¿cómo pueden protegeros o daros beneficios? ¿No pensáis acerca de ello? Cuando colgué el hacha de su cuello no ha hecho nada: ni habló, ni se resistió porque es una roca sin alma; no puede oÃr, no puede ver ni hablar. No puede dar beneficios ni puede hacer daño a nadie. ¿Una roca cómo puede ser dios? ¿Cómo podéis adorar a una roca? pensadlo bien—dijo Abraham. Los adivinos se enfadaron mucho con él y querÃan manipular a la gente diciendo: — ¡Aprehended a este hombre y metedlo en la cárcel! ¡Mostrad la obediencia a vuestros dioses! · Detuvieron a Abraham y lo metieron en la cárcel. QuerÃan condenarlo antes de que fuera un gran problema en un tribunal bajo el mandato de Nimrod; tal vez, este problema podÃa extenderse por todo el reino. Nimrod aseveraba que era un dios y la gente le adoraba. Toda la gente se reunió en la plaza mayor de la ciudad para ver al tribunal. Nimrod querÃa despreciar a Abraham ante los ojos de la gente. También, querÃa realzar su nombre como el de un dios con tales pruebas. HabÃa demasiada gente en la plaza. El pueblo babilónico querÃa ver al hombre que se rebelaba contra los dioses. Más tarde, vino un hombre con cadenas puestas en manos y pies, acompañado por un grupo de soldados. Era Abraham. Andaba con paso seguro. Estaba serio pero con la tranquilidad de alguien que no sabÃa lo que era el miedo. Llevaba la expresión de la obediencia a Dios. En la plaza habÃa un alto trono para Nimrod. A su alrededor estaban los adivinos, los visires, los soldados y los servidores. Toda la gente temÃa a Nimrod. Era muy cruel con ellos. Nimrod preguntó a Abraham: — He oÃdo que llamabas la gente a creer en un dios nuevo, ¿es verdad? · — No hay un dios nuevo o viejo. ¡No hay otra deidad que no sea Dios! —respondió Abraham tranquilamente. Nimrod dijo: — A su vez yo soy un dios también; puedo hacer cualquier cosa que tu dios haga. · Nimrod era un rey muy altivo. La obediencia de la gente lo llenaba de orgullo. Realmente era una gran oportunidad para que Abraham venciera todas las supersticiones en Babilonia. Antes, habÃa roto los Ãdolos inanimados y ahora era la hora de derribar a un Ãdolo vivo. Abraham dijo sin perder la tranquilidad: — Mi Señor es Quien da la vida y da la muerte. · Nimrod respondió orgullosamente: — ¡Yo también! · Abraham no hizo caso de las palabras de Nimrod porque sabÃa que mentÃa. ¿Quién podÃa dar y quitar la vida sino Dios? ¿No es el Creador de todas las criaturas? Cuando Nimrod comprendió que sus palabras no interesaban a Abraham, dijo: — Puedo matar a un hombre de la calle o puedo dar la libertad a un prisionero condenado a muerte. Entonces, le doy la vida. Como ves, puedo dar o quitar la vida a la gente. · Abraham se rió de las palabras de este hombre que pensaba que era un dios y que no era más que un pobre desgraciado. Toda la gente se callaba y escuchaba a Nimrod y Abraham. Para mostrarle su incapacidad y sencillez a este pobre que pensaba que tenÃa un poder extraordinario, dijo Abraham: — Dios hace al sol salir por el Este; si puedes, ¡hazlo tú salir por el Oeste! · Lo que dijo Abraham dejó a Nimrod absolutamente perplejo. No sabÃa qué decir. La gente mostró perplejidad también. Los adivinos, los visires y los soldados se confundieron al oÃr la frase. Abraham demostró que Nimrod era un mentiroso. Dios hacÃa al sol salir por el Este; si Nimrod era un verdadero dios, podÃa hacerlo salir por el Oeste. Hay leyes constantes de Dios que es el Todopoderoso y el Único Creador en el Universo. Nadie puede cambiarlas; si el Rey era un verdadero dios podÃa cambiar las Leyes Divinas. Nimrod permaneció impotente, no sabÃa qué hacer; era incapaz de pensar en cómo actuar ahora. Miró a los adivinos con ojos suplicantes como si hubiera sido descubierto en flagrante delito. Pero nadie dijo nada. Estaba loco de ira. Era una vergüenza que alguien le tratara asà ante el pueblo. Se levantó furiosamente y gritó: — ¡Quemad a este hombre que desprecia a vuestros dioses! ¡Dejadlo reducido a cenizas y dejadlas al viento! La gente se inclinaba por Abraham pero las palabras del Rey les hacÃan temer. Los soldados metieron al Profeta encadenado en la cárcel. Lo condenaron a muerte; pensaron quemarlo. Empezaron a preparar la hoguera donde lo quemarÃan sin perder tiempo. Los soldados de Nimrod prepararon un hueco fuera de la ciudad, lo llenaron con leñas, maderas y rocas y encendieron fuego. Trajeron una catapulta de lanzamiento para echar a Abraham al fuego. Lo ataron a la catapulta para que no se cayera. Las llamas del fuego ascendÃan tanto que la gente podÃa divisarlo desde lejos. Se apreciaba en el rostro de Abraham la tranquilidad de la obediencia a Dios. SabÃa que Dios podÃa verlo todo. ¿HabÃa alguien más amado que Dios para suplicar? Abraham seguÃa mostrando algo a la gente con su reacción ante el fuego. Para él, la muerte significaba llegar a Dios. Su alma ardÃa en el amor de Dios. Su cuerpo arderÃa también. No habÃa un modo superior para sacrificarse en el camino hacia Dios. En este momento apareció el ángel Gabriel al lado de Abraham y le dijo: — ¡Abraham! ¿Quieres que yo haga algo por ti? ¡Si quieres traigo la lluvia y extingo el fuego! ¡Doy un golpe con el ala, arruino toda la ciudad y lo destruyo todo! ¡Solamente tienes que desearlo! · La respuesta de Abraham fue corta y clara: — Dios puede verme y sabe cómo soy. ¡Él es suficiente para mÃ! Todas las criaturas del Universo se callaron. Los habitantes del cielo y los ángeles sólo se fijaban en la Tierra. La multitud alrededor del fuego esperaba la orden de Nimrod. Él gritó: — ¡Lanzad al rebelde al fuego! La catapulta lanzó a Abraham dentro del fuego. En este momento Dios mandó al fuego: — ¡Oh fuego! ¡EnfrÃate y no dañes a Abraham! El fuego obedeció la Orden Divina... Abraham no ardió en las llamas... Si Dios asà no lo querÃa, nada ni nadie podrÃa quemar a Abraham... Se volvió frÃo y seguro para él... No le hizo daño. Era la manifestación del Poder Divino. El fuego se convirtió en un vergel fresco. Las llamas quemaron solamente sus ataduras. Abraham estaba sentando dentro del fuego como si estuviera en una rosaleda y celebraba la Alabanza Divina: «Â¡Dios lo es todo para mi! ¡Qué compañero tan seguro!» Abraham no tenÃa miedo de nada ni de nadie desde el principio. La verdad es que los que confÃan en Dios nunca tienen miedo porque saben que solamente Él es Todopoderoso y si Él no lo quiere, nadie puede hacer daño a nadie. Cuando lanzaron a Abraham al fuego, los gritos de la gente hicieron eco en la plaza. Pero, más tarde, todos fueron apagados y se hizo un silencio sepulcral. Abrieron los ojos de miedo y no supieron cómo reaccionar cuando Abraham salió con vida del castigo. Le brillaba la cara porque habÃa una aureola divina a su alrededor y sonreÃa. No habÃa huellas del fuego ni del humo en sus ropas. Al salir de dentro de las llamas parecÃa que salÃa del Edén. Entonces, los gritos de sobrecogimiento se alzaron en la plaza. Abraham no fue vencido porque tenÃa confianza en Dios. Al ver a Abraham salir del fuego, Nimrod se asustó mucho y los adivinos se sobresaltaron. Asà es como sus Ãdolos, dioses del Cielo y de la Tierra fueron vencidos. No tenÃan nada que decir y, ¿creyeron en Él? No, cuando la vanidad y la obstinación se ubican en un alma, entonces no hay salvación para ésta. Los adivinos dijeron a la gente que Abraham era un mago. Nimrod le dijo a Abraham que podrÃa vivir en el paÃs cuanto quisiera y no le harÃa daño. La noticia del milagro de Abraham se extendió por toda la Tierra. Las montañas, los desiertos, los pueblos, y las ciudades. Vino mucha gente de diferentes ciudades del paÃs para ver si era cierto o no. Todo el mundo decÃa que Abraham habÃa sido salvado del fuego por Dios. Entretanto, Satanás y sus servidores no se quedaban cruzados de brazos. Gracias a los dignatarios de la sociedad, los adivinos, los ricos y los que tenÃan poder, empezaron a circular rumores de que Abraham era un hábil mago por todo el paÃs y amenazaban de muerte a los que pensaban obedecer a Dios según los dictados de Abraham. En realidad, la gente parecÃa no pensar en cambiar la creencia de sus padres. Abraham empezó a dar sermones noche y dÃa a lo largo y ancho del paÃs. Mostró miles de pruebas de la existencia de Dios. Contó las maravillas de Dios de puerta en puerta pero no pudo convencerles. En realidad no quisieron creerle. Respondieron a sus palabras llenas de compasión con un odio irracional. En el Reino de Babilonia nadie le creyó, tan sólo una mujer y un joven asà lo hicieron. La mujer se llamaba Sara. Más tarde, se casarÃa con Abraham. El joven era Lot y fue un Profeta también. Abraham decidió emigrar al comprender que nadie de su pueblo le creerÃa. Antes de abandonar la ciudad llamó a su padre al recto camino de Dios. Pero él era un enemigo de Dios y era bastante obvio que no creerÃa nunca. Lo dejaron y se fueron. En las historias de los Profetas observamos un aspecto que se ha repetido en dos ocasiones. En la historia de Noé, uno de sus hijos no habÃa creÃdo a su padre y en la historia de Abraham, el padre no creyó a su hijo. En ambas historias, los Profetas anunciaron que no tenÃan ninguna relación con aquellos parientes que se habÃan mostrado hostiles a Dios. Quizás, gracias a estas historias, Dios quiere contarnos algo. La única relación que une a las personas es la Fe en Dios. · Abraham abandonó Babilonia y empezó a predicar la palabra de Dios por todas las ciudades. Fue a las ciudades de Or y Harran. Después viajaron él, su esposa Sara y Lot a Palestina y a Egipto. En todos los lugares adonde llegaron, llamaban a la gente a la obediencia a Dios, ayudaban a los pobres e indigentes dándoles buenos consejos y mostrándoles el recto camino de Dios. Se sucedieron los años y Abraham habÃa envejecido asà como su esposa Sara. HabÃa sacrificado su vida llamando a la gente al camino de la obediencia a Dios. Pero desgraciadamente, Sara era estéril y no pudo darle un hijo a Abraham. El Faraón de Egipto le regaló una sirviente a Sara, de nombre Hayar. Sara casó a Abraham con Hayar. Hayar tuvo un hijo y le pusieron de nombre Ismael. Dios tomó a Abraham como amigo y lo nombró Jalil, ya que Abraham sólo querÃa venerar a Dios. Se oÃan por las noches sus sollozos cuando rezaba y proclamaba Su Santidad. Siempre buscaba los caminos que le hicieran acercarse a Dios. Sus actos eran admirados por los ángeles cuando contaba a la gente las maravillas de Dios y les llamaba al recto camino. Dios daba a Abraham lo que querÃa porque lo amaba. Abraham sabÃa que los seres humanos no dejaban de existir cuando morÃan. En el DÃa de la Resurrección, todos los seres humanos resucitarán y serán juzgados. Pero tenÃa ganas de saber cómo resucitarÃan y querÃa verlo personalmente. Un dÃa abrió las manos y suplicó a Dios: — ¡Señor MÃo! ¿Me mostrarÃas cómo resucitarán los seres humanos? Dios le preguntó: — ¡Abraham! ¿No me crees? — SÃ, Te creo y Te obedezco con todo mi corazón. Pero quiero ser testigo de este milagro, reforzar mi fe en Ti y llenar mi alma con la SabidurÃa Divina. Era un deseo de un corazón lleno de amor a Dios. No habÃa ninguna sombra de duda sobre su obediencia. Era un grito del alma de un caminante del recto camino que querÃa saber más acerca de Dios. Dios le mandó sacrificar cuatro pájaros, llevar los pedazos de carne a diferentes montañas y llamarlos a su presencia. Abraham obedeció la orden de Dios y vio el milagro divino. ¡Era un acontecimiento magnÃfico y milagroso! Todos los pedazos de los pájaros se reunieron y volaron hacia Abraham. Un dÃa, por la mañana, Abraham le pidió a su esposa Hayar que se preparase para un viaje. Unos dÃas después él, Hayar y su hijo Ismael se encontraban viajando. Según fuentes no contrastadas, la primera esposa de Abraham, Sara, envidiaba a Hayar porque ella no habÃa podido darle un hijo a su marido y quiso que Abraham se llevara a Hayar a las afueras. Esto no era cierto sino que fue en realidad una calumnia contra Abraham y Sara porque Sara creyó en Dios y en su Mensajero Abraham cuando nadie le creÃa. Abandonó su patria y viajó a diferentes paÃses para expandir la religión de Dios; por eso, envidiar a alguien no puede ser una cualidad de una persona como ella. Además Sara habÃa casado a Hayar con Abraham. ¿Cómo podÃa envidiar a la mujer que ella misma habÃa casado con su marido para que le diera un hijo? ¿Quién podÃa obligar a Abraham a llevarse a Hayar a las afueras? Él no temÃa a nadie y no obedecÃa ninguna orden de nadie sino de Dios. En realidad, Dios habÃa mandado a Abraham que llevara a Hayar y su hijo Ismael a la PenÃnsula Arábiga. Era una orden misteriosa: Dios querÃa que Ismael fuera un Profeta allÃ. En el futuro, Abraham y su hijo Ismael construirÃan la Casa Sagrada, la Kaba. Por encima de todo, el Poder Divino quiso que el Profeta Muhammad fuera un descendiente de Ismael. El Profeta Muhammad, que serÃa el Señor del Universo, el Último Profeta, nacerÃa en La Meca y Dios preparaba el terreno enviando a Ismael allÃ. Pasaron por verdes jardines llenos de árboles con muchas frutas. Cruzaron desiertos, valles y montañas. Al final, llegaron a un árido valle del desierto en el que no habÃa ningún árbol ni agua ni hierba. No habÃa ninguna señal de vida en el valle. Se bajaron del caballo y Abraham les dio un poco de comida y agua que serÃan tan sólo suficientes para unos dÃas. Después, se marchó sin mirar atrás. Hayar corrió detrás de Abraham y le preguntó llorando: — ¡Abraham! ¿Nos abandonarás aquà en el desierto? ¿A dónde vas? Abraham no le respondió ni miró atrás. Andaba sin cesar. Hayar le preguntó otra vez pero Él no le respondió tampoco. Entonces, Hayar comprendió que era un orden de Dios porque Abraham nunca podÃa tratarla asÃ. Hayar le preguntó: — ¿Es una orden de Dios? — SÃ... Hayar, que tenÃa un corazón lleno de fe en Dios, dijo: — Si es una orden de Dios, sé que Él está con nosotros. Puedes irte tranquilo. ¡Dios nos protegerá aquÃ! Abraham anduvo hasta desaparecer. Cuando llegó a un lugar en el que su familia no podÃa verlo, abrió las manos y suplicó a Dios: «Â¡Señor MÃo! ¡Alabado seas! ¡Ves y oyes todo en el Universo! He dejado a mi familia en un valle árido en el que no hay ni una hoja verde, cerca de Tu Casa Sagrada. ¡Seguro que Tú serás Aquél que les protegerá!» En aquel entonces, la Kaba no habÃa sido construida todavÃa; entendemos que habÃa algo secreto en la orden de dejarlos en el desierto. Ismael, que era solamente un niño, un dÃa construirÃa la Kaba con su padre. La SabidurÃa Divina quiso que se instaurara la civilización y la Kaba en este valle y que los fieles se tornaran hacia la Kaba en los rezos diarios. Abraham habÃa dejado a su esposa Hayar y su hijo Ismael en un valle árido del desierto y regresó a su ciudad para llamar a la gente al recto camino otra vez. Hayar le dio el pecho a Ismael, hacÃa un calor agobiante y tenÃan mucha sed. Dos dÃas más tarde, el agua se habÃa terminado. Hayar no pudo amamantar a su hijo. Se morÃan por conseguir una gota de agua y la comida se habÃa terminado también. Ismael empezó a llorar por la sed. Entonces, Hayar le dejó y empezó a buscar agua en los alrededores. Anduvo hasta llegar a la duna de Safa. Subió a la duna y miró en todas direcciones para ver si habÃa un pozo, una caravana de personas o un ser humano. Pero eso no le valió de nada. El horizonte estaba lleno de un silencio agobiante y hacÃa un calor abrasador. Sin perder tiempo, bajó a la duna de Safa y empezó a correr por el valle como si estuviera agotada ya en el lÃmite de sus fuerzas. QuerÃa llegar a la duna de Marwa que estaba frente a la duna de Safa. Allà miró sobre la duna al horizonte pero no pudo ver nada sino el vacÃo... Se quedó allà sin encontrar remedio y regresó al lugar en el que habÃa dejado a Ismael; cuando lo encontró llorando de sed y hambre, una desazón angustiante le sobrevino a la agotada madre. Entonces, empezó a correr hacia la duna de Safa otra vez; miró hacia el horizonte. Bajó de Safa y subió a Marwa de nuevo. Miró a los alrededores otra vez... Fue y regresó siete veces desde la duna de Safa hasta la de Marwa. Entretanto, las dos dunas observaban las idas y venidas de Hayar entre las abrasadoras arenas del desierto. Es por este motivo que desde entonces las siete idas y venidas de Hayar entre Safa y Marwa quedaron establecidas como un rito en la peregrinación a La Meca para que recordaran a Hayar y a su hijo, el Profeta Ismael. Hayar estaba muy cansada y exhausta; se quedó sin recursos a los que acogerse y regresó con Ismael. Cayó desplomada al lado de su hijo. Es obvio que la Misericordia Divina que rodea a todas las criaturas no permitirÃa que murieran. Nadie puede soportar una situación asÃ, ¿cómo podÃa soportarla Dios? Nuestro Señor es El que hace posible todos los imposibles. Ismael dio un golpe a la tierra y de repente empezó a brotar agua... SalÃa agua desde lo más profundo de las arenas... Manaba la vida desde el interior de la tierra muerta. Era el agua de Zamzam. Fue suficiente para la madre y su hijo, y bebieron agua hasta saciarse. Las arenas se saciaron de agua también. Hayar bebÃa grandes sorbos de agua y hacÃa a Ismael beber y daba gracias a Dios el Misericordioso, el Compasivo y el Todopoderoso que no les habÃa dejado solos en el desierto. Gracias al agua empezó una nueva vida en el desierto porque allà el agua era sinónimo de vida. Vino mucha gente y se asentó en los alrededores del oasis que habÃa creado el agua. AsÃ, se puso allà la primera piedra de una nueva civilización. Entretanto, Ismael crecÃa en esta sociedad y Dios lo preparaba para ser un Profeta. Le enseñaba la dignidad profética. Tras muchos años, Abraham les visitó. Abraham querÃa mucho a su hijo pero para él su amor hacia éste serÃa una prueba. Una noche, soñó que sacrificaba a su querido hijo Ismael por Dios. A veces, la revelación divina ocurrÃa en los sueños. Y los sueños de los Profetas eran veraces. Abraham comprendió la orden: sacrificarÃa a su hijo, su ser más querido. Habló con Ismael: — ¡Hijo mÃo! Soñé que intentaba matarte, ¿qué piensas acerca de este sueño? · Ismael le respondió tranquilamente: — ¡Padre mÃo! ¡Haz lo que te ordene Dios! Y yo soportaré todo por el amor de Dios. · Asà es. El hijo obedeció a su padre y el padre obedeció a su Señor; era una prueba muy difÃcil. Fueron al lugar en el que Abraham ofrecerÃa a su hijo en sacrificio. Se sometieron a la orden de Dios. Cuando Abraham le puso contra el suelo, Dios le ordenó que no sacrifique a su hijo y Gabriel le llevó un carnero para que lo sacrificara en lugar de Ismael. El regalo de Dios conmovió al padre y a su hijo. La tristeza se convirtió en alegrÃa. HabÃan sido de los creyentes más entregados y su obediencia fue retribuida; Dios habÃa tenido piedad de ellos, habÃan manifestado su obediencia total al Todopoderoso. Aquel dÃa tan aciago fue designado como la Fiesta del Sacrificio (Id Al-Adha) para los musulmanes. Este dÃa, los musulmanes sacrificarÃan corderos y carneros recordando la historia inolvidable del gran Profeta Abraham y su hijo Ismael que fueron un ejemplo para la humanidad en la obediencia a Dios. En estos tiempos, no habÃa mezquitas en el Mundo. HabÃa algunos templos pero allà la gente no rezaba a Dios sino a los Ãdolos. Los templos de los idólatras eran ostentosos pero no tenÃan espiritualidad. Por eso, Abraham pensaba construir una mezquita en la que la gente venerara a Dios. Por fin, Dios les ordenó a Abraham y a Ismael que construyeran la Kaba, la Casa Sagrada, que serÃa el santo lugar al que todos los musulmanes volverÃan sus rostros cuando rezaran. Padre e hijo empezaron a trabajar: llevaron rocas de las montañas y prepararon adobes para los muros. Pasaron los dÃas y los meses mientras levantaban los cimientos de la Kaba. Era la primera mezquita del mundo para toda la humanidad. Era el más honrado y sagrado lugar de la Tierra. Abraham pensó señalar un punto como el principio de la peregrinación; podÃa ser una señal en forma de roca pero serÃa diferente de las demás rocas usadas en la construcción. Entonces los ángeles le llevaron una roca negra que se llama Hayar al-Aswad. Abraham besó la roca con respeto y la puso en uno de los muros exteriores. Por fin, terminaron la Kaba, la Casa Sagrada. Entonces, Dios mandó que todos los musulmanes peregrinaran a la Kaba, dieran vueltas su alrededor y suplicaran por la Misericordia Divina. Además, dispuso que los rezos en la Kaba fueran cien mil veces superiores a los rezos en cualquier mezquita. Mientras Abraham y su hijo Ismael construÃan la Kaba, rezaban asÃ: «Â¡Señor Nuestro! ¡Acéptalo de nuestra parte! ¡Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe! ¡Señor Nuestro! ¡Haznos pertenecer a aquellos que se someten a Ti y haz de nuestros descendientes una comunidad musulmana que igualmente se someta! Nuestro Señor aceptó su súplica y Abraham fue la primera persona que nos llamó a sus descendientes, a nosotros, musulmanes. El Profeta Abraham murió dejando dos hijos como descendientes: dos Profetas, Ismael e Isaac. Nuestro Querido Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y le salve) es un descendiente del Profeta Ismael. Hay muchos Profetas de la descendencia de Isaac también. El hijo de Isaac, el Profeta Jacob; el hijo del Profeta Jacob, el Profeta José; y después el Profeta Moisés, el Profeta ZacarÃas, el Profeta Juan, el Profeta Jesús, y el resto de Profetas. Por eso, la historia le otorgó el santo calificativo de Padre de los Profetas. Otro nombre era Jalilu'r-Rahman, es decir, el auténtico e Ãntimo amigo de Dios. Dios lo quiso mucho. Todos los creyentes de las religiones celestiales lo quisieron también. El amor del Señor de los señores, del Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y salve) hacia Abraham era muy diferente. Muchas veces pensaba que él se parecÃa a Abraham y tenÃa el honor de ser uno de sus descendientes. [1] En el Corán es nombrado como «Ibrahim». |
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| Modificado el ( jueves, 30 de marzo de 2006 ) |
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