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Los Profetas | El Profeta Salih |
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| escrito por Nevzat Savas | |
| jueves, 30 de marzo de 2006 | |
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Los años pasaron, unos nacieron y murieron otros. Tras los aditas, los tamudeos entraron en escena en la historia, y al igual que sus predecesores, tuvieron un triste final también. Los tamudeos adoraban también a los Ãdolos. Dios eligió a uno de ellos como Profeta: era Salih. Él comunicó el mismo mensaje que los anteriores Profetas habÃan expresado: «Â¡Pueblo mÃo! ¡Venerad a Dios puesto que no tenéis más deidades que Él!» Los dignatarios de su pueblo se conmovieron con sus palabras. Salih decÃa que los Ãdolos no tenÃan ningún valor, querÃa que dejaran de adorarlos y obedecieran a Dios. En el pueblo estas palabras tuvieron el efecto de un terremoto, porque reconocÃan a Salih como una persona sabia y de confianza. Antes de la Revelación era apreciado por la gente y le respetaban. Al oÃrle, los que rechazaban su enseñanza dijeron: «Â¡Salih! Te apreciábamos mucho, confiábamos en ti pero ahora ¿qué te pasa? ¿Quieres que dejemos los dioses de nuestros padres? ¿Qué quieres hacer? ¿Qué te traes entre manos? Ya eres una persona sospechosa». Su pueblo no lo creyó, sospechaban de sus palabras, en cualquier parte encontraban indicios para desconfiar de él, pensaban que habÃa algo oscuro en él que ellos no conocÃan. Ya que no tenÃan más respuestas razonables, empezaron a calumniar a Salih. Siempre los incrédulos empleaban este método. Cuando algunos habitantes del pueblo comenzaron a aceptar las enseñanzas de Salih, los incrédulos intentaron impedirle comunicar su fe con todos los medios que tenÃan a su alcance. Empezaron a difundir rumores por todo el pueblo de que Salih era un loco. QuerÃan menospreciarlo ante la sociedad. Pensaron que asà podÃan hacer cualquier cosa a una persona que era odiada por la sociedad y de este modo nadie harÃa nada para impedirlo. Pero todo el mundo sabÃa que no habÃa una persona más inteligente y razonable que Salih. Entonces tenÃan que inventar otra cosa y asà dijeron que era un mago. «SÃ, es cierto, todos los que habÃan escuchado sus palabras cambiaban; dejaban de mentir, renunciaban la tiranÃa y se convertÃan en personas de buena voluntad; por eso Salih podÃa ser un mago». Sin embargo, no era ni un loco ni un mago. Era un Profeta y los Profetas son los más sabios y perfectos individuos de la sociedad. Quien esté con ellos, logra la verdadera felicidad. El que mire a sus caras, se le llena el corazón de tranquilidad. Quien les escuche, se queda encantado como si escuchara los cantos del ParaÃso. ·Los métodos de los tamudeos para impedirle llevar a cabo su misión fueron en vano. Quedaba únicamente una oportunidad más: quisieron que les mostrara un milagro. Dijeron que si era un mensajero de Dios, ya que su poder incomparable le habÃa sido otorgado mediante un don divino, podÃa hacer algo milagroso. Los tamudeos eran personas muy fuertes, como los aditas. PoseÃan una civilización avanzada. TenÃan la habilidad de grabar inscripciones en las rocas y construir casas y palacios en las montañas. PodÃan dar cualquier forma a rocas enormes y en este campo no habÃa otra nación como ellos. QuerÃan un milagro. Claro que Dios les mostrarÃa un milagro, un milagro relacionado con las rocas. Llegaron a los pies de una montaña muy alta, al frente iba el profeta y detrás el pueblo. Les mostró una roca grande y gritó: — ¡Este es el milagro que querÃais! Toda la gente miró a la roca que Salih les mostraba. De repente la roca empezó a temblar y a moverse. Se convirtió en un gran camello hembra y empezó a caminar.·· El camello dejó a todos atónitos. Estaba vivo. PodÃan esculpir estatuas de hombres y de animales pero nadie podÃa dar vida a las estatuas. Este era el significado del milagro. El milagro traspasaba el poder humano; solamente Dios podÃa hacerlo. Era la diferencia entre el Arte humano y el Arte Divino. Un escultor puede esculpir un hombre, un animal o una planta pero el único que puede dar la vida es Dios. ¡Es Todopoderoso! ¿PodrÃa ser que los incrédulos que habÃan visto el milagro creyeran en Él ahora? No. De verdad que no tenÃan la intención de creer en Dios. Por el contrario, sus corazones se hicieron más duros. Se llenaron de odio y enfado. Pero allà no podÃan decirle nada a Salih porque les habÃa mostrado el milagro que quisieron de Dios. Salih dijo que era un animal de Dios y que nadie le hiciera daño. Si no, les alcanzarÃa un castigo doloroso. El camello era más que un milagro, era el camello más hermoso del mundo. Era muy grande e inteligente. Toda la gente lo admiraba, podÃa beber toda el agua de la ciudad de una sola vez dejando al resto de los animales sin agua que beber. Por eso, Salih repartió el agua de la ciudad: un dÃa bebÃa el camello milagroso y otro dÃa bebÃan los demás animales. Los dÃas en los que el camello bebÃa, lo ordeñaban y obtenÃan leche suficiente para toda la ciudad. ¡Era un milagro! ConseguÃan del camello en un dÃa tanta leche como la de todos los animales de la ciudad juntos. Los tamudeos bebÃan la leche del camello, y lo que es más, su leche era deliciosa. El queso y la mantequilla que preparaban de la leche eran también deliciosos. Era muy dócil, no hacÃa daño a nadie y pacÃa en los buenos pastos de la ciudad. Al verlo la gente se quedaba admirada, era un milagro. Era una fuente de fecundidad para todo el mundo. TenÃa suficiente leche para toda la ciudad. El camello de Salih vivió entre los tamudeos, ante sus ojos. Los que tenÃan la conciencia limpia aceptaron las palabras de Salih. Pero los que tenÃan corazones llenos de odio, rencor, obstinación y vanidad no solo no le creyeron sino que se burlaban de los creyentes. El bendito camello que pacÃa en los prados era la gran prueba de su veracidad. Los incrédulos pensaron que no podÃan vencer a Salih hasta la muerte del camello. TenÃan que matarlo. Algunos de los tamudeos que habÃan vendido su alma al diablo se reunieron para hacer planes maliciosos. No pudieron soportar el milagro del bendito camello. Los partidarios de Iblis pensaron en cómo matar al animal. No sabÃan que preparaban el triste final de sà mismos. En las tinieblas de la noche habÃa un silencio tan absoluto tanto en la urbe como en las montañas y en los valles. Todo el mundo dormÃa complacido. Las estrellas escondidas detrás de las nubes descansaban también. En ese momento los dignatarios de los tamudeos hacÃan planes maliciosos en un palacio esculpido sobre una roca gigante. TemÃan matarla de dÃa y por eso lo harÃan de noche. Pensaban que nadie podÃa verles, pero Dios los veÃa. Uno de ellos dijo: — Cuando hace mucho calor el camello viene a refugiarse a las sombras del valle. Entonces, nuestros rebaños huyen y quedan expuestos al calor; es perjudicial.· El otro dijo: — Los inviernos, prefiere los lugares templados. Entonces nuestros animales quedan bajo el frÃo y enferman. ¿Qué podemos hacer? · Reunieron una banda de perturbadores. TenÃan corazones más oscuros que la noche. El cabecilla era como el hermano de Iblis. Se levantó y dijo a los demás: — Tenemos sólo una solución: matar al camello. Sus palabras hicieron eco en las paredes de la oscuridad de la habitación. Uno de los que estaban sentados dijo: — Salih habÃa dicho que nadie la perjudicara, ¿lo olvidasteis? — ¡Salih es un mentiroso! ¡No confiamos en él ni le creemos! ¡Hay que matar al camello! El plan para matar al camello estaba listo. Eligieron a nueve personas, los cuales eran los asesinos más despiadados y crueles. En la oscuridad de la noche, atacarÃan al camello y el cabecilla lo matarÃa. Se dispusieron a esperar al momento de la matanza según lo acordado. La noche... La oscuridad absoluta. Las tinieblas cubrÃan las montañas. El bendito animal y su crÃa estaban durmiendo tranquilamente. TenÃan un semblante agradable en las caras. La crÃa se pegaba a su madre por el frÃo y ésta la apretaba contra su pecho. Los nueve asesinos habÃan preparado sus armas, espadas, lanzas y flechas. Salieron como la traición que surge de las tinieblas... El cabecilla estaba tan borracho que no podÃa dar dos pasos de frente. Cuando los asesinos llegaron al lugar en el que la camella y su crÃa estaban durmiendo, los atacaron. Los camellos se despertaron sobresaltados. Pero no habÃa salvación para ellos. Golpearon salvajemente con sus manos asesinas, tanto al camello hembra como a su crÃa. La verde hierba estaba manchada con la sangre de los camellos y adquirÃa una tonalidad roja. Salih se entristeció mucho al oÃr la noticia de su muerte. Dirigió con semblante serio estas palabras a su pueblo: — Os habÃa dicho que nadie la tocara. Los asesinos dijeron con tono insolente: — SÃ, los hemos matado, y tú serás el siguiente. ¡Haz aquello que puedas! ¡Sea lo que sea, no te creemos! De nuevo, los seres humanos preparaban su triste fin con sus propias manos. Otra vez, como sus antepasados, pedÃan la Ira Divina inconscientemente. Salih dijo: — ¡Regresad a vuestras casas y gozad de vuestros bienes tres dÃas más! Entonces, veréis cuál es el castigo. Salih fue a su casa y recogió sus bienes. Abandonó la ciudad con su familia y los creyentes. Todo terminó; una página de la historia de la humanidad estaba a punto de cerrarse. Dios les dio a los tamudeos tres dÃas de plazo ya que el camello bendito habÃa gritado tres veces a la hora de morir. Los tamudeos hicieron fiestas tras la salida de Salih. Pensaron que lo habÃan vencido a él y a Dios. Pero nadie puede vencer a Dios. Dios da la oportunidad y fija el tiempo para que los seres humanos se arrepientan. Si no se arrepienten, les da un castigo tal que es un ejemplo para toda la humanidad. Los tamudeos se burlaron del castigo del que Salih les habÃa advertido. A la mañana del cuarto dÃa, el espectáculo era horrible. Los tamudeos oyeron un grito horrible del cielo. Los cielos se resquebraban. Las montañas se pulverizaron también con el eco del grito. Todas las criaturas que oyeron el grito, murieron. Uno a uno, los palacios se quedaron en ruinas. En unos segundos, toda la ciudad fue destruida. Era solamente un grito. Los incrédulos no pudieron hacer nada para salvarse. No pudieron levantarse de sus camas, ni pudieron preguntar lo que ocurrÃa. No pudieron abrir las ventanas para verlo... No oyeron los gritos de los demás tampoco. El grito todo lo destruyó. Salih y los creyentes ya habÃan abandonado la ciudad hacÃa tiempo. Los obedientes se salvaron porque siguieron al Mensajero de Dios. Los incrédulos tuvieron un triste fin y murieron dolorosamente. Salih miró hacia los horizontes de la ciudad de los tamudeos. Se le cayeron unas lágrimas y dijo: «Â¡Pueblo mÃo! Os he advertido pero no me habéis escuchado». |
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