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Los Profetas | El Profeta Hud |
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| escrito por Nevzat Savas | |
| jueves, 30 de marzo de 2006 | |
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Transcurrieron muchos años. Murieron los padres y les siguieron sus hijos. Asà pasaron los siglos y las generaciones, la gente olvidó el legado de Noé y empezaron a adorar a las estatuas de nuevo. Abandonaron la obediencia a Dios con el mismo pretexto de sus antecesores, diciendo «Â¡No tenemos que olvidar a nuestros padres salvados del Diluvio por Dios!» ·Hicieron estatuas de cada uno de sus padres. Pasó el tiempo y olvidaron por qué habÃan esculpido dichas estatuas. Más tarde la reverencia hacia las estatuas se convirtió en una adoración a falsos dioses. Y el mundo se sumergió de nuevo en las tinieblas. La gente se olvidó de los secretos de la Creación; todo el Universo se convirtió en una naturaleza muerta. Entonces, Dios envió a Hud como Mensajero a la tribu llamada Ad, que vivÃa en la ciudad de AhqafADVANCE \r1[1]. Habitaban una parte del desierto próxima al mar, en una zona en la que habÃa innumerables dunas. VivÃan en tiendas de campaña que se erigÃan sobre gruesos mástiles. En la tribu de Ad vivÃan las personas más fuertes de aquel tiempo. TenÃan unos cuerpos tan musculosos que estaban orgullosos de ello y decÃan: «No hay nadie más fuerte que nosotros en el mundo». Pero, por el contrario, no eran personas inteligentes. Las tinieblas cubrÃan sus mentes. Adoraban a los Ãdolos, luchaban por ellos, insultaban a Hud y se burlaban de él. Hud les dijo: — ¡Pueblo mÃo! ¡Venerad a Dios ya que no hay más deidad que Él! Era la misma frase que todos los Profetas habÃan dicho. Cada Profeta decÃa la misma frase sin temor, sin apenas modificarla. Los dignatarios del pueblo preguntaron: — ¿Por qué nos dices esas palabras? ¿Qué pretendes? ¿Ser gobernador? ¿Quieres la fama o la riqueza? ¿Para quién trabajas? ¿Quién te paga? Él les dijo que no querÃa ningún pago ni salario y que su recompensa sólo serÃa la complacencia de Dios. Solamente querÃa que limpiaran sus mentes de las tinieblas de los Ãdolos y vieran la verdad. Les habló de las lluvias abundantes y de la fuerza que Dios añadirÃa a las suyas propias. SÃ, tras el Diluvio, ellos eran los señores de la Tierra. Dios les habÃa dado muchÃsimos beneficios como cuerpos fuertes, tierras fecundas y lluvias abundantes que daban vida a las yermas tierras. Los aditas eran la nación más fuerte de todas. Pero esta situación fue una de las causas de perder la razón y no superar la Prueba Divina. Insolentemente le dijeron al Mensajero: — ¿Cómo puedes insultar a los Ãdolos que nuestros padres adoraban? — Vuestros antepasados se equivocaron. — ¡Dinos entonces! Después de nuestra muerte y de que nuestros cuerpos se conviertan en polvo, ¿es verdad que se nos resucitará en una nueva creación? — En el DÃa de la Resurrección todos los seres humanos volverán a la vida y serán juzgados y castigados por sus errores uno por uno. — Pero, ¿no es extraño que Dios haya elegido a uno de nosotros, un ser humano, como su Mensajero? — ¿Por qué no? Dios os ama y quiere advertiros de las maldades; por eso, eligió a uno de vosotros, a mÃ, y me envió. Creo que no os habéis olvidado del Diluvio, que fue un castigo para la tribu de Noé. Los que negaron la existencia de Dios fueron aniquilados y los que lo nieguen en el futuro serán aniquilados, aunque sean muy fuertes. — ¿Lo dices en serio? ¿Quién puede vencernos a nosotros? — ¡Dios! — ¡Tenemos dioses que nos protegen! — ¡Qué grandÃsima equivocación! ¿Hay un poder mayor que el de Dios? Les contó que Dios es Todopoderoso y que para salvarse de la Ira Divina tenÃan que suplicarle a Él también. Pero no sirvió de nada. La lucha de Hud contra su pueblo duró muchos años. Pero cada dÃa los aditas eran más insolentes, se envanecÃan y desmentÃan a su profeta Hud. Finalmente acabaron por decir que era un loco: «Comprendemos que nuestros dioses te han trastornado por criticarlos por eso dices esas tonterÃas. ¡Te desafiamos a que ningún poder nos vencerá! Si es verdad lo que dices, que el castigo del que nos hablas caiga sobre nosotros. ¡Somos el pueblo más poderoso del mundo!» ·Hud hizo lo que pudo para salvarles de la aniquilación. Se esforzó mucho en hacerles ver el recto camino, pero tenÃan cabezas y corazones más duros que las rocas y finalmente no creyeron en Dios. Hud suplicó a Dios y empezó tener presentimientos de lo que después habrÃa de pasar. Ellos querÃan que viniera la Ira Divina, pero no sabÃan cuán severa serÃa. Era obvio que era la hora del castigo porque la Ley Divina actuaba asÃ. Los que insistÃan en no creer en Dios serÃan aniquilados, aunque fueran ricos y poderosos. Todo el mundo comenzó a esperar aquello que sucederÃa. En unos dÃas una terrible sequÃa cubrió toda la Tierra. No llovÃa ni una gota del cielo. Los rayos abrasadores del Sol añadieron más calor a la temperatura de las arenas del desierto. HacÃa mucho calor, como si el Sol fuera una bola de fuego, que todo lo derretÃa. Al ver la situación las gentes cayeron presas del pánico y fueron a hablar con Hud. Le preguntaron: — ¿Qué ocurre? Hud les respondió: — ¡Es la Ira Divina! Son las señales de un castigo doloroso. Aún no es tarde; suplicad a Dios y os perdonará. Tendrá piedad de vosotros, os enviará lluvias abundantes y os fortalecerá. Pero ellos se burlaron de él, e insistiendo en su incredulidad, no aceptaron la obediencia a Dios. Pero en caso de que sà hubieran creÃdo en Dios entonces habrÃan visto que Él tenÃa misericordia de ellos. El mismo dÃa Hud, su familia y todos los creyentes abandonaron la ciudad. Llegaron a una duna desde donde podÃan ver la ciudad. Por última vez miró hacia la ciudad en la que vivÃan los aditas. Se entristeció mucho y dijo: «Â¡Pueblo mÃo! ¡Os he llamado pero no me habéis obedecido!» Toda la naturaleza se marchitó. Justo en ese momento vino un grupo de nubes que cubrÃan todo el cielo. La gente, ya con los labios agrietados por la sed, que esperaba las lluvias desde hacÃa muchos dÃas empezó a gritar de alegrÃa: «Â¡Son las nubes que nos traen la lluvia! ¡Nuestros dioses nos han salvado!» Pero eran las nubes del castigo doloroso que esperaban una señal de la Ira Divina, ¿cómo podÃan saberlo ellos? De repente cambió el aire. HacÃa un frÃo gélido en lugar del calor de dÃas pasados. CorrÃa un viento que hacÃa un ruido terrible y provocaba que todo el mundo temblara hasta la médula, todas las criaturas temblaban; las plantas, los seres humanos... La tempestad seguÃa sin cesar. Las noches más frÃas seguÃan a otras aún más, los dÃas más temibles se sucedÃan. La gente estaba muy asustada y se escondÃa en las tiendas pero eso no servÃa de nada. El fuerte viento desmontó las tiendas. Entonces se escondieron bajo las lonas pero el viento las hizo volar. Ya no habÃa ningún refugio para ellos. No habÃa ningún refugio de la Ira Divina. El viento desgarraba sus vestidos, su piel y sus cuerpos. Mataba a cualquier ser vivo, destrozaba sus corazones y los arrastraba. La tempestad azotó el lugar siete dÃas y siete noches. La humanidad no habÃa sido testigo de una catástrofe tan horrible nunca antes. A la mañana del octavo dÃa... Dios mandó que la tempestad cesara. De repente todo el mundo enmudeció. Cuando los primeros rayos de sol cayeron sobre la ciudad habÃa un silencio absoluto. No habÃa ningún ser vivo, toda la ciudad habÃa quedado en ruinas. En la plaza solamente habÃa unos troncos de palmera que volaban al viento, estaban totalmente huecos y solamente quedaban las cortezas. Hud y los creyentes fueron salvados por la misericordia de Dios... Pero no quedó nada de los incrédulos insolentes. [1] Ahqaf en árabe significa «duna», dunas de arena en el desierto. |
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| Modificado el ( jueves, 30 de marzo de 2006 ) |
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