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El Profeta Muhammad, Una breve Biografía Imprimir E-Mail
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escrito por Dr. Hüseyin Algül   
jueves, 30 de marzo de 2006

El Profeta Muhammad nació un lunes 20 de abril del año 571, en la ciudad de La Meca. El nombre de su padre era Abdullah, su madre se llamaba Amina, su abuelo paterno fue Adb al-Muttalib, su abuelo materno se llamaba Wahb, su abuela paterna fue Fátima y su abuela materna Barra. Las comadronas que ayudaron en el parto fueron Shifa y Fátima. Umm Ayman también ayudó. De acuerdo con las parteras, en el momento del nacimiento del Profeta Muhammad, la casa se inundó de luz.

El último Profeta fue el fruto de la oración del Profeta Abraham, las buenas nuevas de Jesús y del sueño de su madre Amina. Después de construir la Ka’ba, el Profeta Abraham pidió a Dios «Â¡Nuestro Señor! Levanta de entre los suyos en esa comunidad un Mensajero, recitales Tus Revelaciones y hazlos instruidos en el Libro (Lo enviarás) y la Sabiduría, y purifícalos (de las falsas creencias y doctrinas, de pecados y de todo tipo de inmundicias). Seguramente, Tú eres el Sumamente Honrado de poder irresistible, el Omnisapiente». [i]  Jesús comentó a quienes le seguían acerca de «Ahmad», el Profeta que vendría después de él. Amina, la madre del Profeta Muhammad, tuvo un sueño en el cual le fue dicho lo siguiente:

«Te hallas encinta con la bendición de la humanidad y el líder de esta comunidad. Refúgiate en Dios, el único, para protegerlo del mal y la envidia después de que venga a este mundo, y después nómbralo Ahmad o Muhammad».

El nacimiento del Profeta fue un signo de la aceptación de esta oración, de la manifestación de estas buenas nuevas, y la realización de dicho sueño.

El padre del Profeta, antes incluso de que el Profeta hubiera llegado al mundo, había partido hacia otra ciudad por razones comerciales, donde enfermó y murió, y fue enterrado en Medina. Así, el Profeta Muhammad nunca vio a su padre. Desde el momento de su nacimiento hasta que alcanzó los cuatro años de edad, permaneció con su nodriza Halima. Después se quedó durante otros dos años con Amina, su madre. Cuando tenía seis años, su madre lo llevó a Medina para que conociera a sus familiares y visitara la tumba de su padre. Ya que Salma, la madre del abuelo del Profeta, Adb al-Muttalib, era de Medina,  tenían familiares en esta ciudad. La tumba del padre del Profeta estaba en el jardín de la casa de sus tíos, en Nabiga. Amina visito la tumba de su esposo, Abdullah, y el Profeta se familiarizó con sus parientes de la tribu Najjar. Al regresar del viaje, Amina cayó enferma, muriendo poco después y fue sepultada en un lugar llamado Abwa. Umm Ayman trasladó al Profeta a La Meca y lo dejó al cuidado de su abuelo. Permaneció con su abuelo desde los seis hasta los ocho años de edad. Cuando el abuelo del Profeta murió, de acuerdo a su voluntad, Muhammad se fue a vivir con su tío paterno, Abu Talib. Talib era una persona respetada en La Meca, y conocido como el más apreciado de los hijos de Abd al-Muttalib.

El Profeta Muhammad sufrió todas estas trágicas pérdidas siendo niño. Pero esto no anuló ni minó su fortaleza. Llevaba a pastorear el rebaño de ovejas de su tío en La Meca. Realizaba cada tarea del hogar con gran entusiasmo y ayudaba con los gastos de la familia. Fátima, su tía, lo trató como si de su propio hijo se tratara y nunca se enojo con él.  En esos años, en cualquier hogar en el que el Profeta vivía, incluso en la casa de su nodriza, había abundancia. De hecho, a pesar de que Abu Talib no era una persona rica en aquellos tiempos, después de que el Profeta llegara para quedarse con ellos, se hizo evidente que él era una fuente de bendiciones para la familia.

Cuando alcanzó los trece años comenzó a trabajar, uniéndose a sus tíos en el comercio. Estuvo relacionado con dichas actividades comerciales durante muchos años, y se hizo célebre por su honestidad y sus elevados principios morales a la hora de hacer negocios. Cuando tan solo tenía veinte años, se adhirió a una institución llamada Hilf al-Fudl (La Alianza de los Virtuosos) establecida por alguna gente de La Meca para luchar contra los ladrones, bandidos, bandoleros, la opresión y la injusticia; él fue un miembro muy eficaz. A los veinticinco años  se casó con Jadiya. Jadiya era una mujer madura de unos cuarenta años en ese momento y su decisión de desposarlo fue primordialmente debido a su reputación de «al-Amin۞» (el digno de confianza, el honesto). Cuando alcanzó los 35, medió en la reconstrucción de la Ka’ba; hubo un desacuerdo cuando llego el momento de colocar de nuevo la Piedra Negra (Hajar al-Aswad) en la Ka’ba, en relación a qué tribu debería tener el honor de realizar dicha tarea. El Profeta puso la piedra sobre un paño de tela en el suelo y cada tribu sostuvo una de las esquinas, previniendo así que surgiera conflicto alguno entre los clanes.

Cuando el Profeta se aproximaba a la cuarentena, experimentó el deseo de distanciarse de la gente y partió hacia el interior del país, en búsqueda del aislamiento, la meditación y para contemplar la naturaleza. Había vivido una niñez y una juventud puras, en absoluto corrompidas. Ahora, mirando hacia atrás, estaba profundamente entristecido por la corrupción y la inmoralidad en las vidas de la gente de su entorno. Debido a ello, comenzó a quedarse durante ciertos períodos en una cueva llamada Hira en el Monte Nur, cerca de La Meca. Permanecía por un rato y regresaba luego a la ciudad. Una vez, en el viaje de vuelta, escuchó una voz que surgía entre las piedras y los árboles que decía «Â¡Oh, Muhammad!». Posteriormente , tras este acontecimiento , comenzó a tener sueños de aquello que habría de hacer al día siguiente.

Cuando cumplió cuarenta años, en el año 610, durante el mes de Ramadán, el Arcángel Gabriel vino a él y el período de sus revelaciones comenzó. La primera revelación fue el versículo que comienza «Lee, en el nombre del Creador, Dios…». Así es como el Todopoderoso concedió el cargo del Profetismo a Muhammad.

Los primeros en aceptar la invitación del Islam por parte del Profeta fueron Jadiya, Ali, Zayd ibn Hariza y Abu Bakr. A ellos los siguieron Osmán, Abdurrahman ibn Awf, Sa’d ibn Abi Waqqas, Talha y Zubayr. Aquellos primeros musulmanes, en particular el Profeta, aguantaron gran suplicio a manos de los adoradores de ídolos. De hecho, muchos musulmanes, como Yasir y su esposa Sumayya, fueron asesinados después de insoportables torturas. Bilal al-Habashi, Abu Fukayha, Habbab ibn Arat, y Umm Abis, Nahdiyya y Zinnira también soportaron gran tormento. Esta no fue sino gente que rebajada por los idolatras, e incluso los esclavos y sirvientes de estos musulmanes soportaron muchas dificultades.

La resistencia de estos primeros musulmanes afectó enormemente la difusión del Islam. Durante los primeros seis años de la Misión Profética, fuertes y valientes hombres como Hamza y Umar abrazaron el Islam y hallaron su lugar entre los Compañeros del Profeta.Del mismo modo que aumentó el número de aquellos que creyeron en el Islam también así lo hizo el número de obstáculos colocados por los idolatras para impedir la propagación de esta nueva fe. En el quinto y sexto año del Profetismo, algunos musulmanes fueron obligados por tal situación a conseguir el permiso del Profeta para emigrar a Abisinia. En el séptimo año los incrédulos aislaron a los musulmanes en una región y los boicotearon. Se les prohibió comercializar, viajar e interrelacionarse con otra gente. Esta situación duró durante  tres años. En el décimo año del Misión Profética, con las sucesivas muertes de Jadiya y Abu Talib, el suplicio y padecimiento causados por los enemigos del Islam aumentaron aún más. Jadiya y Abu Talib eran gente respetada en la comunidad y este respeto había proveído al Profeta, hasta cierto punto, un grado de protección. En ese preciso momento, el Profeta Muhammad marchó a Taif para tratar de conseguir el apoyo externo. Pero la gente de Taif no sólo no aceptó al Islam ni concedió apoyo al Profeta, sino que lo apedrearon y tan sólo fue capaz de salvarse refugiándose en un huerto de las afueras de Taif, bañado en su propia sangre. En sus súplicas después de haber sufrido este terrible trato, el Profeta dijo que si él hubiera llevado a cabo realmente su misión entonces tal tortura no significaría nada para él. Sin duda alguna actúo correctamente en el desempeño de sus responsabilidades. Por la misma época, aquellos que gobernaban La Meca tomaron la decisión de que él no debía ser admitido de vuelta en la ciudad. Por esta razón, regresó a Mut’im ibn Adiyy con el fin de conseguir protección para entrar a La Meca. Era una tradición comúnmente observada en aquellos tiempos entre la gente prominente de la tribu de los coraichíes que alguien podía asegurar su protección consiguiendo lograr su ayuda.

Mientras estos suplicios sucesivos se arremolinaban sobre su cabeza, el Profeta Muhammad fue tomado por Dios en el viaje celestial, Mi’raj, llevándolo en presencia de Dios Todopoderoso y siendo bendecido al recibir los divinos mandamientos sin un mediador. Fue en esta noche que el Profeta transfirió muchas de los cánones que se hallan en la Sura Isra, el quinceavo capítulo del Corán; doce de estos mandamientos hallados entre los versículos 22 y 39 de la Sura Isra  fueron revelados en esta noche. Es posible enumerarlos de la siguiente forma:

1. No sirvas a nadie sino a Dios.
2. Respeta a tus padres.
3. Protege los derechos de tus familiares, del pobre y de los viajeros.
4. No seas tacaño ni derrochador.
5. No asesines a tus hijos debido al miedo de ser pobre.
6. No  te aproximes ni consideres siquiera el adulterio ni la fornicación.
7. No asesines
8. No abusar de la propiedad de los huérfanos (no la emplees de forma incorrecta).
9. Cumple tus promesas.
10. Vigila el uso correcto de las medidas y pesos.
11. No aspires a cosas de las cuales no tienes conocimiento.
12. Evita el orgullo y la vanidad.

Otorgar tal milagro maravilloso a través del Profeta Muhammad fue una señal de que, tarde o temprano, el Islam prosperaría.

A pesar de las dificultades, los esfuerzos del Profeta Muhammad por difundir el Islam continuaron. Intensificó sus esfuerzos en los cruces donde los viajeros de otra ciudad pasaban. Finalmente, un grupo de seis personas que venían desde Medina (a Yathrib) en peregrinación atestiguaron la verdad del mensaje que trajo y prometieron seguir el Islam. Al año siguiente, cinco individuos de este grupo marcharon junto con otras siete personas de Medina y dieron su palabra al Profeta en Aqaba. La segunda reunión tuvo lugar al siguiente año con setenta y cinco personas, quienes prometieron proteger al Profeta así como protegían a sus mujeres y niños. En el tiempo que siguió a estos acontecimientos, con el favor de Dios y el consentimiento del Profeta, los musulmanes que sufrían en La Meca emigraron a Medina. Esto es conocido como Hijra (Hégira) en la literatura islámica. Los últimos en emigrar fueron el Profeta y Abu Bakr. Fue una difícil emigración, con los idolatras de La Meca persiguiéndolos desde las cuevas de Zawr hasta el sur de La Meca, y la persecución continuó hasta cuando casi llegaban a Medina. El Profeta y Abu Bakr viajaron bajo gran peligro, pero al final consiguieron llegar a Medina. La gente de Medina, en contraste con la de La Meca, dio cobijo al Profeta en su seno. Se unieron  a su alrededor. La gente de Medina apoyó a los que habían dejado sus hogares en La Meca por la gloria de Dios. Es por esta razón que Dios Todopoderoso llama, en el Corán, a la gente de Medina como los Ansar (ayudantes). De hecho, las hermandades fueron establecidas entre los inmigrantes y los Ansar inmediatamente después de la emigración del Profeta. De este modo, la acción de ayudar a la gente conquistó una dimensión espiritual. Este apoyo ayudó a abordar los problemas psicológicos. Los inmigrantes encontraron la oportunidad de compartir su experiencia en el Islam con la gente de Medina. Abrieron tiendas y mercados, y se apoyaron mutuamente en muy poco tiempo. De esta manera, los musulmanes beneficiaron y fueron de provecho para la vida económica de la ciudad.

Todos estos acontecimientos atemorizaron a los idolatras en La Meca. Ellos quisieron destruir a los musulmanes antes de que se hicieran más fuertes. El resultado se tradujo en batallas entre los musulmanes y los idolatras, como las de Badr, Uhud, la Batalla de la Zanja, y la de Muraysi. En el año 630, La Meca fue conquistada. El Profeta regresó triunfante a la ciudad de la cual había sido expulsado. El propósito que se hallaba tras de su regreso no era sino limpiar de ídolos la Ka’ba y devolver la Ka’ba, construida por el Profeta Abraham, y las áreas circundantes, a su estado inicial, tal y como debía ser. El Profeta no actúo en venganza ni tan siquiera con resentimiento. Más bien, perdonaba. Demostró su grandeza mediante el perdón cuando fue fuerte. Planeaba la unidad, una celebración y, no disponía de tiempo para desperdiciarlo en asuntos triviales. De hecho, el almuecín del Profeta, Bilal al-Habashi, mediante la llamada a la oración del mediodía desde el techo de la Ka’ba, anunció la superioridad de la unidad y del Dios único a los cielos de La Meca.

La orgullosa y altiva tribu de Hawazin, quienes no pudieron soportar estos nuevos hechos, establecieron planes para evitar la expansión de los Musulmanes; estos planes fracasaron. Fueron derrotados en su lucha frente a los musulmanes. Como resultado, el Islam alcanzó renombre por toda la región, empezando desde la región de Hijaz, y extendiéndose por toda la Península Arábiga. Un año después el Profeta regresa a Medina donde organizó a los representantes de cientos de tribus.

En el año 630, durante el tiempo del Hajj, el Profeta habló ante más de cien mil musulmanes. Conocido como el Sermón de Despedida, este discurso fue un resumen del pensamiento islámico y presentó los más perfectos principios de los derechos humanos.

El amado Profeta, quien pudo comunicar el mensaje que le fue confiado gracias a su paciencia, determinación y valentía, cerró sus ojos en este mundo un lunes 8 de junio del año 632.

El período en el cual el Profeta vivió es conocido como la Edad de la Alegría y la Era Bendita. Durante esta Bendita Era, una generación conocida como los Compañeros fue establecida, formada en su mayor parte por los Inmigrantes (muhajirun) y los Colaboradores (ansar). Esta generación fue constituida por gente que era firme en su fe, en su conocimiento, eran bien intencionados, dominantes, trabajadores, pacientes, habilidosos, y fueron modelos para guiar a las futuras generaciones.


[i] Baqara 2:129

 
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