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Últimos añadidos | La Misión Profética y el Profeta Muhammad |
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| escrito por Ismail Büyükçelebi | |
| martes, 27 de diciembre de 2005 | |
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Dios crea cada comunidad de seres con un objetivo, dotándoles de un guía o un líder. Es inconcebible que Dios Omnipotente, Quién otorgó a las abejas una reina, a las hormigas un líder y a las aves y a los peces un guía, nos abandone sin Profetas que nos dirijan a la perfección espiritual, intelectual y material. La misión profética es el rango y el honor más elevados que un ser humano pueda recibir de Dios. Esto demuestra la superioridad del mundo interior de los seres humanos sobre el resto de criaturas. Un Profeta se asemeja a una rama que se arquea de lo Divino al reino humano. Él es el corazón y la lengua de la creación, y posee un intelecto supremo que penetra en la realidad de las cosas y los acontecimientos. Además, es el ser ideal, ya que todas sus facultades son, de manera armoniosa, excelentes y activas. Él se esfuerza y progresa constantemente hacia el Cielo, espera la inspiración o revelación Divinas para las soluciones a los problemas que afronta, y es el punto que conecta este mundo y el Más Allá. Su cuerpo está sometido a su corazón y lo sigue, siendo la sede del intelecto espiritual de manera figurada, como hace su corazón. Sus percepciones y reflexiones están siempre dirigidas a los Nombres y los Atributos de Dios. Va hacia lo que él percibe, y llega al destino deseado. La percepción de un Profeta, desarrollada al máximo —con los sentidos de la vista, el oído, maximizando de este modo el saber— supera a la del resto de la gente. Su percepción no puede ser explicada en términos de diferente luz, sonido u otras longitudes de onda. La gente ordinaria no puede adquirir el conocimiento de un Profeta.Aunque podamos encontrar a Dios reflexionando sobre los fenómenos naturales, necesitamos un Profeta para saber por qué fuimos creados, de donde vinimos, a donde vamos, y como venerar a nuestro Creador correctamente. Dios envió a los Profetas para que enseñaran a su gente el sentido de la creación y la verdad de las cosas, revelar los misterios tras los acontecimientos históricos y naturales, e informarnos de nuestra relación y la de las Escrituras Divinas, con el Universo. Todo en el universo trata de exponer los Nombres y los Atributos del Todopoderoso, el que abarca a todos. Del mismo modo, las notas y las afirmaciones de los Profetas son fieles a la relación sutil, misteriosa, entre Dios, Sus Nombres y Atributos. Como su deber es saber y hablar sobre Dios, ellos firman el sentido verdadero de las cosas y los acontecimientos y después lo transmiten directa y sinceramente a la humanidad. Sin los Profetas, no podíamos haber hecho ningún progreso científico. Mientras aquellos que adoptan acercamientos evolutivos para explicar los acontecimientos históricos tienden a atribuir todo a la suerte y la evolución determinista, los Profetas dirigieron a la humanidad en iluminación intelectual y científica. Así, los agricultores tradicionalmente aceptan al Profeta Adán como su primer maestro, los sastres aceptan al Profeta Enoch, los constructores y los marineros al Profeta Noé, y los relojeros al Profeta José. También, los milagros de los Profetas marcaron los puntos finales en avances científicos y tecnológicos, impulsando a la gente a su consecución. Los profetas dirigieron a la gente, a través de la conducta personal y las religiones divinas y Escrituras que transmitieron, para desarrollar sus capacidades innatas y los dirigieron hacia el objetivo de su creación. Si no fuera por ellos, la humanidad (la fruta del árbol de la creación) habría sido abandonada a la decadencia. Como la humanidad necesita la justicia social tanto como necesita la paz privada interior, los Profetas enseñaron las leyes de la vida y establecieron las reglas para una vida perfecta social basada sobre la justicia. El Corán explícitamente declara:
Pero muchas personas poco a poco olvidaron estas enseñanzas Divinas y cayeron en unos errores como deificar a los Profetas y otros o comprometerse con la idolatría. Incluso aceptando esto debe haber una diferencia tremenda entre el original y la forma corriente de muchas religiones, es imposible entender las condiciones que hicieron que Confucio apareciera en China; Brahma y Buda en la India. Es igualmente difícil adivinar cómo sus mensajes originales, y hasta qué punto han sido corrompidos. Si el Corán no nos hubiera introducido la misión profética, no tendríamos una idea exacta del carácter, de las vidas, de las misiones y las enseñanzas de muchos Profetas. Un hadiz dice: «Los discípulos de un Profeta llevan su misión después de su muerte, pero algunos de sus seguidores trastornarán más tarde todo lo que él estableció». Esto es un punto muy importante. Muchas de las religiones que ahora consideramos falsas tornaron hacia la falsedad, superstición, y leyenda con el tiempo por la malicia deliberada de sus enemigos (o los errores de sus seguidores), a pesar de su posible origen en la más pura y Divina fuente. Decir que alguien es un profeta si no lo es de verdad es descreimiento como en el caso de negarse a creer en un verdadero Profeta. Debemos considerar qué pueden haber sido el Budismo o Brahmanismo en sus formas verdaderas y originales, así como las doctrinas atribuidas a Confucio o las prácticas y las creencias del Chamanismo. Tal vez todavía tienen algunos vestigios de lo que eran originalmente. Muchas religiones puras han sido deformadas y cambiadas. Por lo tanto, es esencial aceptar la pureza de su fundación original. El Corán dice:
Estas Revelaciones declaran que Dios envió Mensajeros a cada grupo de gente. El Corán menciona los nombres de veintiocho Profetas, de un total de ciento veinticuatro mil. No sabemos exactamente cuándo y dónde vivieron la mayoría de ellos. Pero tampoco es preciso que lo sepamos, ya que:
Estudios recientes relacionados con la religión, la filosofía y la antropología revelan que muchas comunidades separadas entre si comparten ciertos conceptos y prácticas. Entre éstos últimos se desplazan desde el politeísmo al monoteísmo así como rezar a un solo Dios en momentos de dificultad alzando las manos y rogándole por Su Ayuda. Muchos fenómenos de este tipo indican a una única fuente y a una sola enseñanza. Si las tribus primitivas están aisladas de la civilización y si la influencia de Profetas conocidos tiene un entendimiento seguro de Su Unidad, aunque ellos puedan tener un pequeño conocimiento acerca de como vivir según aquella creencia, se les debe haber sido enviado un Mensajero en algún tiempo en el pasado:
Como se indica anteriormente, siempre que la gente cayó en la más completa oscuridad tiempo después de la llegada de un Profeta, Dios envió a otro para iluminarlos de nuevo. Esto continuó hasta la llegada del Último Profeta. La razón de enviar a los Profetas Moisés y Jesús requirió que el Profeta Muhammad debiera ser enviado. Como su mensaje era para todo el mundo, sin tener en cuenta momento o lugar, la Misión Profética terminó con él. Debido a ciertos hechos tanto sociológicos como históricos, que requieren una explicación más extensa, el Profeta Muhammad fue enviado como «una misericordia para todos los mundos» (21:107). Por esta razón, los musulmanes creen en todos los Profetas y no hacen distinción alguna entre ellos:
Esta es la razón por la cual el Islam, revelado por Dios y transmitido a la humanidad por el Profeta Muhammad, es universal y eterno. Describir la misión profética y narra las historias de los profetas está más allá de lo que pretendemos realizar con este libro. Al incidir en la Profecía del Sello de los Profetas, la cual nos hablaba acerca de los otros Profetas y las Divinas Escrituras y como fue conocido nuestro Señor, haremos que el resto de Profetas sean conocidos y daremos fe de su misión profética. Creer en Dios, la fuente de toda felicidad, y seguir al último Profeta, el Mensajero de Dios, son las llaves a la prosperidad en ambos mundos. Si queremos ser salvados de la desesperación y todos los aspectos negativos de la vida así como obtener una perfección intelectual, espiritual y material, debemos creer con todo nuestro corazón que Muhammad es el Mensajero de Dios además de seguir sus pasos. El Profeta Muhammad (la Paz y las Bendiciones sean con Él) Si por un momento imagináramos que retrocediéramos 1.400 años en el tiempo, encontraríamos el Mundo completamente diferente. Las oportunidades de intercambiar ideas y conocimientos serían escasas, y los medios de comunicación limitados y subdesarrollados. La oscuridad todo lo dominaría, y sólo la tenue y débil luz del aprendizaje, apenas suficiente para alumbrar el horizonte del conocimiento humano, sería visible. La gente de aquel tiempo no tenía amplitud de miras, y sus ideas acerca de la humanidad y el resto de las cosas estaban circunscritas a lo que se encontraba limitado a su alrededor. Sumidos en la ignorancia y la superstición, su incredulidad era tan fuerte y tan extendida que rechazaron considerar algo como elevado y sublime a menos que apareciera envuelto bajo el manto de lo sobrenatural. Habían desarrollado tal complejo de inferioridad que no podían imaginar a ninguna persona poseyendo un alma piadosa o un modo de ser santo. La Patria del Profeta En aquella era sumida en la ignorancia, la oscuridad se abate más pesada y tupida en una tierra que en las demás. Países vecinos como Persia, Bizancio, y Egipto poseyeron una tenue luz de civilización, de progreso y de saber, pero la Península Arábiga, aislada y bloqueada por vastos océanos de arena, era cultural e intelectualmente una de las regiones más atrasadas del mundo. Hiyaz, el lugar de nacimiento del Profeta, la paz y las bendiciones sean sobre él, no había superado siquiera el limitado desarrollo de regiones vecinas, y tampoco había experimentado ninguna evolución social o había alcanzado algún desarrollo intelectual de importancia. Aunque su altamente desarrollado lenguaje pudiera expresar hasta las más finas sombras del significado, un estudio de su literatura revela el grado limitado de su conocimiento. Todo esto demuestra sus bajos niveles culturales y de progreso, su naturaleza profundamente supersticiosa, sus costumbres bárbaras y feroces, y sus niveles morales y cognitivos groseros y degradados. Esta era una tierra sin gobierno alguno, ya que cada tribu reclamaba la soberanía y se consideraba independiente. La única ley reconocida era la de la selva. El robo, el incendio intencionado y el asesinato de la gente inocente estaban a la orden del día. La vida, la propiedad y el honor estaban constantemente en peligro, y las tribus se encontraban siempre en pie de guerra las unas con las otras. Un incidente trivial podía embarcarlos en una guerra feroz, que a veces desembocaba en una conflagración que sumergía el país entero en una guerra durante décadas. En el libro La Civilización Árabe, Joseph Hell escribe: Estas luchas destruyeron el sentido de la unidad nacional y desarrollaron un particularismo incurable: cada tribu se juzga a si misma autosuficiente y en cuanto al resto de tribus las considera como víctimas legítimas para el asesinato, el robo y el pillaje. Apenas capaces de discriminar entre puro e impuro, legal e ilegal, sus conceptos de moralidades, cultura, y civilización eran primitivos y burdos. Su vida era salvaje y su comportamiento era primitivo. Se deleitaban en el adulterio, los juegos de azar y la bebida. Permanecieron de pie desnudos unos frente a otros, sin vergüenza y las mujeres, a su vez, circunvalaban la Kaba desnudas. Su prestigio pidió el infanticidio femenino huyendo de la deshonra de tener a alguien «inferior», que contrajera matrimonio en un futuro con el que acabará siendo heredero en última instancia, el hombre, según sus costumbres. Ellos se casaron con sus madrastras enviudadas y no sabían nada acerca de los buenos modales a la hora de comer, vestirse, y limpiarse. Los adoradores de las piedras, los árboles, ídolos, estrellas, y espíritus, habían olvidado las enseñanzas de los primeros Profetas. Tenían alguna vaga idea acerca de que Abraham e Ismael eran sus antepasados, pero casi todo el conocimiento religioso de estos antepasados y el entendimiento de Dios se había perdido en la noche de los tiempos. La Vida de Muhammad antes de Su Misión Profética Así era la patria del Profeta Muhammad en la cual nació en el año de 571. Su padre Abdullah murió antes de que él naciera, y su madre Amina murió cuando tenía 6 años. Por consiguiente, él fue privado de cualquier educación y enseñanza que cualquier niño árabe de aquel tiempo recibía. Durante su infancia, cuidó de rebaños de ovejas y cabras con otros muchachos beduinos. Ya que la educación nunca les llegó, permaneció completamente inculto e iletrado. El Profeta dejó la Península Arábiga sólo en dos ocasiones. Cuando era joven, acompañó a su tío Abu Talib en una misión comercial hacia Al-Sham (entre los territorios actuales de Israel, Palestina, Líbano, Siria y Jordania). Otro momento fue cuando condujo otra misión comercial hacia la misma región para la viuda Khadiya, una rica mujer comerciante de La Meca 15 años mayor que él. Se casaron en últimas instancias cuando el Mensajero tenía 25 años, y vivieron felizmente juntos hasta que ella muriera 20 años más tarde. Siendo iletrado, no leyó ningún texto religioso judío o cristiano, o tenía cualquier relación apreciable con ellos. Las ideas y costumbres de La Meca eran idólatras y completamente ajenas al pensamiento religioso cristiano o judío. Incluso los hanifs de La Meca, aquellos que siguieron una parte de la religión— libre de toda impureza— de Abraham en una forma adulterada y confusa y rechazaron la idolatría, no fueron influenciados por el Judaísmo o el Cristianismo. Ningún pensamiento judío o cristiano se refleja en el legado poético que se conserva de esta sociedad. Si el Profeta había hecho cualquier esfuerzo por conocer dichos pensamientos, habríamos sido informados de ello. Además, Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, evitó los estilos intelectuales de poesía y retórica, muy populares en esa zona, antes incluso de su Misión Profética. La historia no registra ninguna diferencia que lo sitúe por encima de los demás, excepto por su compromiso moral, su honradez, su honestidad, su veracidad y su integridad. Él no mintió, una aseveración probada por el hecho de que hasta sus peores enemigos en ningún momento le tildaron de mentiroso. Habló cortésmente y nunca utilizó un lenguaje obsceno o abusivo. Su personalidad encantadora y maneras excelentes encantaron los corazones de aquellos que lo encontraron. Él siempre seguía los principios de la justicia, el altruismo, y la honradez con los demás, y nunca engañó a nadie o faltó a sus promesas. Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, se dedico al comercio y a la compraventa durante años, pero nunca se vio implicado en una transacción deshonesta y sucia. Aquellos que tenían tratados comerciales con él tenían plena confianza en su integridad. Cada uno de ellos le llamó Al-Amin (el Veraz y el de Confianza). Incluso sus enemigos le confiaron sus pertenencias preciosas para una custodia segura, y él escrupulosamente cumplió su palabra. Él era la encarnación de la modestia en una sociedad que era presuntuosa e impúdica hasta la medula. Habiendo nacido y crecido entre gente que consideró la embriaguez y el juego como virtudes, él nunca bebió alcohol ni jugó. Rodeado por gente despiadada, su propio corazón se desbordó por el néctar de la bondad humana. Ayudó a huérfanos, viudas y al pobre, y era hospitalario con los viajeros. Sin dañar a nadie, se expuso a la privación por ellos. Evitando contiendas tribales, era el principal valedor para la reconciliación. Nunca se doblego ante cualquier cosa creada ni fue partícipe de los ofrecimientos hechos a ídolos, aun cuando era un niño, ya que odió toda adoración dedicada al que no era el Dios Único. En resumen, su personalidad altísima y radiante, aún cuando se encontraba en medio de un ambiente tan sumido en la ignorancia y la oscuridad, puede ser comparada con un faro de luz que ilumina una noche oscura como la boca del lobo, a un diamante que brilla entre un montón de carbón. ¿Y Cuál Era Su Mensaje? De repente un cambio notable le aconteció. Su corazón, iluminado con la Luz Divina, ahora tenía el poder que tanto había anhelado. Dejó su retiro en la cueva a la cual solía retirarse con regularidad, fue a su gente, y se dirigió a ellos de la siguiente manera: Los ídolos que adoráis no son más que meros impostores, por lo tanto dejad de adorarlos. Ninguna persona, estrella, árbol, piedra o espíritu merecen su adoración. No doblegar vuestras cabezas ante ellos en señal de adoración. El Universo entero pertenece a Dios Omnipotente. Tan solo Él es el Creador, Aquel que Nutre, el Sustentador, y así el verdadero Soberano ante Él que todos deberían postrarse y Quién es digno de sus rezos y obediencia. Por ello adorarle solo a Él y obedeced Sus órdenes. El robo y el pillaje, el asesinato y la rapiña, la injusticia y la crueldad, y todos los vicios de los cuales os complacéis son pecados a los ojos de Dios. Abandonad el camino equivocado hacia la maldad. Decid la verdad. Sed justos. No matad a nadie, ya que aquel que mate a una persona injustamente es como si hubiera matado a toda la humanidad, y quienquiera que salve la vida de una persona será como haber salvado a toda la humanidad (5:32). No robéis a nadie, pero tomad vuestra parte legal que justamente os corresponde y dad aquello que corresponde a otros en justa manera. No establezcáis y asociéis otras deidades con Dios, o seréis condenados y abandonados. Si uno o ambos de vuestros padres llegan a la vejez y viven con vosotros, habladles con respeto y piedad, debéis ser humildes con ellos. Dad a vuestros parientes lo que les corresponde. Dad al necesitado y el viajero, y no despilfarréis. No matéis a vuestros niños porque temáis caer en la pobreza o por otros motivos. Evitad el adulterio, ya que es indecente y malo. No toquéis la propiedad del huérfano ni del débil. Cumple con el pacto, porque seréis preguntados por ello. No estaféis ni timéis cuando midáis y peséis artículos en las relaciones comerciales. No perseguid aquello de lo que no tenéis ningún conocimiento, ya que vuestros oídos, ojos, y corazón serán preguntados acerca de ello. No camines arrogantemente, ya que nunca la Tierra se abrirá a tu paso o conseguirás hacer cumbre en las montañas gracias a tu orgullo. Hablaos cortésmente el uno al otro, ya que Satán utiliza un lenguaje obsceno para provocar la lucha. No retiréis la cara en desprecio y enfadéis a otros o caminéis con imprudencia sobre la Tierra. Dios no ama a aquellos que se jactan y vanaglorian, por lo que debéis ser modestos en vuestros modales y contener vuestra lengua. No burlaros de los demás, ya que ellos pueden ser mejores que vosotros. No os critiquéis los unos a los otros ni os llaméis con apodos ofensivos. Evitad la desconfianza y el recelo, ya que la más pequeña desconfianza es un pecado. No espiéis o calumniéis los unos a los otros. Sed seguidores devotos de la justicia y testigos para Dios, aunque ello signifique ponerse en contra de vosotros, o vuestros padres y parientes, sin tener en cuenta si son ricos o pobres. No os desviéis en pos de caprichos banales. Sed testigos firmes de Dios ecuánimemente, y no dejad que vuestro odio hacia los demás se convierta en injusticia hacia ellos. Dominad vuestra furia y perdonad las ofensas de los demás. Los actos de bondad y los de maldad no se parecen, rechazar el mal acto con uno bueno; así podréis vencer vuestra enemistad y ser amigos leales. La recompensa para una mala intención es un mal similar; pero quienquiera que perdone y rectifique a la persona malvada con la bondad y el amor será recompensado por Dios. Evitad el alcohol y los juegos de azar, ya que Dios los ha prohibido. Sois seres humanos, y todos los seres humanos sois iguales a los ojos de Dios. Nadie nace con la mancha de vergüenza sobre su cara o la capa de honor alrededor de su cuello. La única gente excelsa y honrada es aquella consciente de Dios y que es piadosa, auténtica en palabras y hechos. Distinciones en el nacimiento o la raza no son criterios de grandeza y honor. Durante un día después de que mueras, aparecerás ante una Corte Suprema y explicarás todos tus hechos, ninguno de los cuales puede ser escondido. El registro de tu vida será un libro abierto a Dios. Su destino será determinado por sus acciones buenas o malas. En el tribunal del Juez Verdadero —Dios Omnisciente— no puede haber ninguna recomendación injusta o favoritismo. No podrás sobornarlo, y tu linaje o tu familia serán ignorados. La fe verdadera y las buenas acciones tan solo te beneficiarán entonces. Aquellos que siguieron este camino residirán en el Cielo de la felicidad eterna, mientras aquellos que no lo hicieron residirán en el fuego de Infierno. (Este pasaje fue editado y resumido en su mayor parte de Hacia el Entendimiento de Islam por Al-Mawdudi, I.I.F.S.O., 1970, 59-60) Muhammad como Profeta y Mensajero de Dios Durante 40 años, Muhammad vivió como un hombre corriente entre su gente. Él no era conocido como estadista, predicador u orador. Nadie le había oído impartir sabiduría y conocimiento, o hablar acerca de los principios de la metafísica, la ética, la ley, la política, la economía, o la sociología. No tenía ni buena ni mala reputación como soldado y tampoco era conocido como un gran general. No dijo ni comentó nada acerca de Dios, los ángeles, los Libros Revelados, Primeros Profetas, naciones de antaño, el Día del Juicio Final, la vida después de muerte, o Cielo e Infierno. Sin duda él tenía un carácter excelente, modales encantadores y educación, aunque nada de esto hacía prever que llevaría a cabo algo tan grande y revolucionario. Sus conocidos lo conocían como un ciudadano de confianza, sensato, tranquilo, suave, de naturaleza buena. Pero cuando dejó la cueva Hira con un nuevo mensaje, se apreciaba a simple vista que había sido completamente transformado. Cuando comenzó a predicar, su gente empezó a sobrecogerse y maravillarse, encandilada por su deslumbrante elocuencia y habilidad de palabra. Era tan impresionante y encantador que hasta sus enemigos más grandes tuvieron miedo de escucharle, no sea que esto penetrara en lo más profundo de sus corazones y los hiciera abandonar su religión tradicional y su cultura. Estaba así más allá de toda comparación con ningún poeta árabe, predicador, u orador, sin importar cuan competentemente experto fuera, ya que no pudieron igualar su hermosa palabra y espléndida dicción cuando él los desafió a hacerlo. Aunque ellos colaboraran entre si, no podrían elaborar ni siquiera una línea que pueda compararse con aquellas que él recitó. Desafiando una inmediata y más que severa oposición, él hizo frente a sus opositores mostrando una sonrisa y permaneció inmutable ante sus críticas y coacciones. Cuando la gente cayó en la cuenta de que sus amenazas no asustaban a este hombre noble y que las tribulaciones más implacables que les fueron infligidas a él y a sus seguidores no tenían ningún efecto, intentaron otra táctica — que también estaba destinada al fracaso—. Una delegación de los principales miembros del Quraysh (su tribu) le ofreció un soborno para que abandonara su misión: Si ansías la riqueza, acumularemos para ti tanto como desees; si buscas el honor y el poder, te juraremos lealtad como nuestro jefe supremo y rey; si deseas la belleza, tendrás la mano de la doncella más hermosa de tu elección. Las condiciones tentaban sumamente a cualquier persona común, pero no eran de gran importancia a los ojos del Profeta. Su respuesta cayó como un jarro de agua fría en la delegación del Quraysh, quiénes pensaban que al haber jugado todas sus bazas haban convencido al Mensajero: No quiero, ni riqueza ni poder. Dios ha encargado que yo advierta a la humanidad. Le entrego Su mensaje. Si lo acepta, tendrás la felicidad y la alegría en esta vida y felicidad eterna en la vida a continuación. Si lo rechazas, Dios decidirá entre nosotros dos. En otra ocasión él dijo a su tío, que estaba siendo presionado por los líderes tribales para persuadirlo a abandonar su misión: ¡Oh tío! Aunque ellos colocaran el Sol en mi mano derecha y la Luna en mi izquierda para hacerme renunciar esta misión, aun así no desistiría. Nunca desistiré en mi empeño. Esto complacerá a Dios para hacerla triunfar o moriré en mi intento. La fe, la perseverancia y la resolución con las que llevo su misión a su éxito final son una prueba elocuente de la verdad suprema de su causa. Si hubiera existido la más pequeña duda o la incertidumbre en su corazón, él no habría sido nunca capaz de afrontar la tormenta que siguió con toda su furia durante 23 largos años. El Profeta iletrado predicó con un conocimiento y una sabiduría tales que nadie había mostrado antes y ninguno pudo mostrar posteriormente. Él expuso los problemas intrincados de la metafísica y la teología; pronunció discursos acerca de por qué las naciones y los Imperios surgen y declinan, apoyando su tesis con ejemplos históricos; enseñó cánones éticos y principios fundamentales de la cultura; y formuló ·leyes que rigen la cultura social, la organización económica, la conducta de grupo, y las relaciones internacionales, de una envergadura tal que hasta los pensadores más eminentes y los eruditos podrían atisbar su sabiduría verdadera tan sólo después de una investigación de toda una vida y habiendo adquirido una gran experiencia. Sus bellezas y maravillas, así mismo, les son desveladas progresivamente en forma de avances de la humanidad en el conocimiento teórico y la experiencia práctica. Este mercader comedido y amante de la paz que nunca había desenvainado una espada, que no había recibido adiestramiento militar alguno y tan solo había participado en una única batalla (¡y en condición de espectador!), de repente se convirtió en un soldado tan valiente que nunca se retiró de las batallas más feroces, y se transformó en un general tan grande que conquistó Arabia en 9 años, en un tiempo en el cual el armamento no estaba desarrollado y los medios de comunicación escasos. Su sagacidad y eficacia militares desarrollaron el espíritu militar a un nivel tan alto que infundió a una muchedumbre heterogénea de árabes con la educación y la disciplina necesarias para derrocar a una de las dos superpotencias de su tiempo —el Imperio Sasánida de Persia y el Imperio romano de Oriente o Bizantino— y derrotar completamente el otro. Estos árabes se convirtieron en los amos y señores de la mayor parte del mundo entonces conocido en unas décadas. Este hombre reservado y tranquilo que, durante 40 años, no había ofrecido ninguna indicación de interés político o actividad, de repente apareció en la escena mundial como un estadista tan grande que, sin la ayuda, por ejemplo, de los modernos medios de telecomunicaciones, unificó a los habitantes dispersados en unos 3 millones de kilómetros cuadrados —una pueblo que era belicoso, ignorante, rebelde, inculto, y sumergido en una guerra tribal de aniquilación recíproca— bajo una bandera, ley, religión, cultura, civilización y forma de gobierno. Sir William Muir, nada amigo del Islam, confiesa: La primera particularidad, entonces, que llama nuestra atención, es la subdivisión de los Árabes en cuerpos innumerables¼ cada uno independiente de los demás: agitado y a menudo en guerra entre ellos; y aún cuando unidos por sangre o por interés, alguna vez listos sobre alguna causa significativa de separarse y ceder el paso a una hostilidad implacable. Así en la era de Islam la retrospección de objetos expuestos de historia árabes, como en el calidoscopio, un estado variable de combinación y repulsión, ya que había hasta ahora abortado cualquier tentativa de una unión general¼ el problema tuvo que ser aún solucionado, por que fuerza estas tribus podrían ser sometidas o llevadas a un punto en común; y fue solucionado por Muhammad. (Muir, Vida de Muhammad, Osnabrück, Biblio, 1988) Él ha cambiado los modos de pensar, los hábitos y las normas morales de estas personas. Él convirtió al inculto en el cultivado, al bárbaro en civilizado, a las personas malvadas en gente piadosa, religiosa y justa. Sus naturalezas rebeldes y tercas fueron transformadas en modelos de obediencia y sumisión al orden público. Una nación que no había producido ninguna figura de renombre durante siglos dio a luz, bajo su influencia y dirección, a miles de almas nobles las cuales viajaron a tierras remotas a predicar y enseñar los principios de la religión, la moral y la civilización. En la trayectoria de la historia mundial, estas sublimes figuras destacan por encima de todos los grandes personajes y los héroes de todas las naciones. Ninguno de ellos poseyó tal grado de genialidad que permitiría haber dejado una impronta profunda sobre más de uno o dos aspectos de la vida humana. Unos son defensores de teorías e ideas, pero con deficiencias en la acción práctica, gente de acción con falta de conocimientos, o tan solo renombrados como estadistas; otros eran maestros de la estrategia y la estratagema, totalmente enfocados en un aspecto de la vida social de modo que los otros fueran pasados por alto, dedicando sus energías a verdades éticas y espirituales, pero haciendo caso omiso de la economía y la política, o tomando demasiado en consideración a la economía y la política, descuidando la moral y la espiritualidad. En resumidas cuentas nos encontramos con héroes expertos y versados en tan solo un aspecto o ámbito de la vida. El Profeta Muhammad era la única persona en la cual todas las características excelentes confluían en una sola personalidad. Él era un hombre de sabiduría, un vidente, y una encarnación viva de sus propias enseñanzas; él era un gran estadista así como un genio militar; un legislador y un profesor de moralidad; una luz espiritual así como un consejero religioso. Su visión penetró en cada aspecto de la vida, y embelleció lo que tocó. Sus órdenes y mandamientos abarcan un amplio espectro, desde regular las relaciones internacionales hasta hábitos cotidianos tales como la comida, bebida, y limpieza. Sobre los principios fundamentales de su enseñanza, él estableció una civilización y una cultura y estableció un equilibrio tan fino entre los aspectos contrarios de la vida que ningún defecto, deficiencia, o falta pueden ser encontrados allí. ¿Puede alguien señalar algún otro ejemplo de una personalidad tan perfecta? Él gobernó su país, pero era tan desinteresado y modesto que permaneció sencillo y desinteresado en sus hábitos. Siguió viviendo de manera sencilla en su humilde casita de campo de paja y barro, durmiendo sobre un colchón, llevando puesto ropa corriente, comiendo el alimento más simple, y a veces experimentando los tormentos del hambre. Pasó noches enteras de pie durante el rezo ante su Señor, ayudó al indigente y al pobre, y trabajó como un trabajador más cuando fue necesario, nunca considerándolo ser una bajeza su dignidad. Incluso cuando yacía en el lecho de muerte, no mostró ni la más mínima macula ni suntuosidad o la arrogancia tan característica del rico. Como un hombre más, se sentó y anduvo con la gente y compartió sus alegrías y sus penas. Él se mezcló y se integró entre la muchedumbre tan fácil y naturalmente que si un forastero o un extranjero se encontraran con él les seria difícil reconocerlo como el líder de su nación y su gobernador. Una vez un beduino llegó ante su presencia y sin reconocerlo preguntó por Muhammad mientras éste servía a sus Compañeros. Su respuesta atesora un principio eterno: «el maestro de la nación es aquel que la sirve» (Daylami, Al-Firdaws, 2:324). Este es el tributo de Lamartine, el historiador francés, a la persona del Santo Profeta del Islam: Nunca un hombre ha establecido para sí mismo, voluntaria o involuntariamente, un objetivo más sublime, puesto que el objetivo era sobrehumano: Socavar las supersticiones que se han interpuesto entre el ser humano y su Creador, proveerle a Dios el hombre y el hombre a Dios; restaurar la idea racional y sagrada de la divinidad en medio del caos de dioses materiales y desfigurados de la idolatría entonces existente. Nunca un hombre ha acometido un trabajo tan fuera del alcance del poder humano con medios tan débiles, pues en la concepción y la ejecución de semejante empresa no tenía otro instrumento que a sí mismo y la única ayuda que un puñado de hombres que vivían en los confines de un desierto. Por último, nunca un hombre ha logrado una revolución de semejante envergadura y duración en el mundo. Pues en menos de dos siglos tras haber desaparecido, el Islam·reinó religiosa y militarmente sobre toda Arabia, y conquistó en nombre de Dios, Persia, Jorasán, el Oeste de la India, Siria, Abisinia, todas las tierras conocidas del Norte de África, numerosas islas del Mediterráneo, España·y parte de la Galia.· Si la grandeza del propósito, los pocos medios e increíbles resultados son los tres criterios del genio humano, ¿quién se atreve a comparar cualquier gran hombre con Muhammad? Los hombres más famosos solamente crearon armas, leyes e imperios. Si algo fundaron, no eran más que poderes materiales que frecuentemente se desmoronaron ante sus ojos. Este hombre no sólo cambió ejércitos, legislaciones, imperios, gentes y dinastías, sino millones de seres humanos en un tercio del entonces mundo habitado. Más incluso que eso, cambió altares, dioses, religiones, ideas, creencias y almas. Sobre la base de un Libro, cuyas letras se han convertido en ley, creó una nacionalidad espiritual que ha mezclado a gente de todas las lenguas y razas. Ha dejado en nosotros la imborrable característica de la nacionalidad musulmana, el odio a los falsos dioses y la pasión por el Único Dios inmaterial. Este patriotismo vengador contra la profanación del Cielo forma la virtud de los seguidores de Muhammad: la conquista de un tercio de la Tierrapor parte de su credo fue un milagro. La idea de la Unidad·de Dios proclamada en medio de las ya agotadas fabulosas teogonías era en sí un milagro de tal envergadura que, su sola declaración hecha por sus labios destruyó todos los antiguos templos de ídolos e incendió un tercio del mundo. Su vida, sus meditaciones, su heroica revolución contra las supersticiones de su país, y su valor en la lucha contra la furia de la idolatría; su determinación al resistir durante trece años en La Meca¼ Su predicación incesante, sus guerras contra la incertidumbre, la fe·en su propósito y su confianza sobrehumana en Dios en momentos de desgracia, su paciencia para conseguir la victoria, su ambición completamente dedicada a una idea y de ninguna manera orientada a ensalzar un determinado imperio; su rezo·incesante, su conversación mística con Dios, su muerte y su triunfo después de la muerte; todo esto no atestigua más que una convicción firme¼ Y fue esta convicción la que le dio el poder de restaurar un credo. Este credo era dual, la Unidad de Dios y Su inmaterialidad; lo primero dice lo que Dios es; y lo segundo lo que no es. Filósofo, orador, apóstol, legislador, guerrero, conquistador de ideas, restaurador de dogmas racionales, de un culto sin imágenes; fundador de veinte estados terrestres y un estado espiritual, ese es Muhammad. Respecto a los criterios por los cuales la grandeza humana puede ser medida, podemos preguntarnos: ¿Existe algún hombre más grande que él? (Lamartine, Historie de la Turquie). A pesar de su grandeza, el Profeta se comportó como un hombre común y sencillo con toda la gente. Él no buscó ninguna recompensa o ganancia en recompensa por sus luchas durante toda su vida y sus esfuerzos, ni dejo ninguna propiedad para sus herederos, ya que él vivió para servir su nación. No ordenó que ningún bien material se apartara para él o sus descendientes, y prohibió a su progenie recibir zakat de modo que los futuros Musulmanes no les dieran a ellos todo su zakat. Sus Compañeros profundamente le amaron, como evidencia este episodio histórico: Un grupo del Adal y las tribus Al-Qarah, quiénes eran por lo visto de la misma estirpe ancestral que el Quraysh, los cuales vivían cerca de La Meca, llegó ante al Profeta durante el tercer año de la era Islámica y dijo: «Algunos de nosotros han elegido el Islam, entonces envíe un grupo de musulmanes para que nos educaran en el Islam, enseñarnos el Corán, e informarnos de los principios fundamentales del Islam y sus leyes». El Mensajero seleccionó a seis Compañeros para ir con ellos. Antes de alcanzar la tierra de la tribu Huzayl, el grupo se paró y los Compañeros se dispusieron a descansar. De repente, un grupo de miembros de la tribu Huzayli cayó sobre ellos como un rayo con sus espadas desenvainadas. Visiblemente, la misión había resultado ser una estratagema desde el principio o sus miembros habían cambiado de opinión por el camino. De todas formas, se enfrentaron a los atacantes y se dispusieron a capturar a los seis musulmanes. Tan pronto como los Compañeros eran conscientes de lo que pasaba, empuñaron sus armas y se prepararon para defenderse. Tres fueron martirizados, y el resto fue capturado y llevado a La Meca, donde debían ser entregados al Quraysh. Cerca de La Meca, Abdullah ibn Tariq logró liberar su mano de las ataduras y alcanzó su espada. Sin embargo, sus captores vieron lo que él hacía y lo mataron mediante lapidación, apedreándolo sin cesar. A Zayd ibn Al-Dazina y Hubayb ibn Adiy se les trasladó a La Meca, donde fueron intercambiados por dos cautivos Huzayli. Safwan ibn Umayya Al-Qurayshi compró a Zayd a la persona que era su propietario de modo que pudiera vengar la sangre de su padre, que habían matado durante la Batalla de Badr. Lo llevó a las afueras de La Meca para matarlo, y el Quraysh se reunió para ver lo que pasaría. Zayd avanzó con paso valeroso y no tembló. Abu Sufyan, un espectador que quiso usar esta oportunidad para obtener una declaración de contrición y remordimiento o una confesión de odio del Profeta, dio un paso al frente y dijo: «Te imploro por Dios, Zayd, ¿No deseas que Muhammad este con nosotros ahora en tu lugar de modo que pudiéramos cortar su cabeza, y así estés con tu familia? » «Por Dios», dijo Zayd, «no sólo no deseo que ocurra eso, sino que tampoco deseo que una espina hiciera daño su pie». Abu Sufyan, sorprendido, se dirigió a los presentes y dijo: «Lo juro, juro que no he visto nunca a un hombre tan amado por sus seguidores como el Muhammad». Al rato, Hubayb fue llevado fuera de La Meca para la ejecución. Habiendo solicitado a la gente reunida dejarle realizar dos rakat del rezo, con lo cual ellos estuvieron de acuerdo, él lo hizo así con toda la humildad, respeto, y recogimiento. Entonces les habló: « Juro por Dios que si no pensara que tu debías estar pensando que estaba intentando retrasar mi muerte, sin miedo alguno, yo hubiera prolongado mi rezo». Después de condenarle el Hubayb a la crucifixión, su voz dulce fue oída, con una espiritualidad tan perfecta que atrapó a cada uno de los presentes en pronunciación, suplicando a Dios con estas palabras: « ¡Oh Dios! Hemos entregado el mensaje de Tu Mensajero, entonces infórmalo de lo que nos ha sido hecho, y exprésale mi deseo de paz y bendiciones sobre él».· Mientras tanto, el Mensajero de Dios devolvía su paz, diciendo: «¡Sobre ti·sea la paz de Dios y sus bendiciones, Oh Hubayb! » La siguiente explicación muestra la señal indeleble que el Mensajero de Dios ha impreso sobre la gente de cada época: Uno de los estudiantes de Ibn Sina dijo a Ibn Sina que su entendimiento extraordinario e inteligencia harían que la gente se juntara alrededor suyo si él reclamara la Misión Profética. Ibn Sina no dijo nada. Cuando viajaban juntos durante el invierno, Ibn Sina se despertó una mañana al amanecer, despertó a su estudiante, y le pidió traer un poco de agua porque tuvo sed. El estudiante se retrasaba, dando excusas. Por más que Ibn Sina persistiera, el estudiante no dejaría su cama caliente. En aquel momento, el grito del muecín (a rezo) llamando desde el minarete: «Dios es el más grande. Atestiguo que Muhammad es el Mensajero de Dios». Ibn Sina consideró esta una excelente oportunidad de contestar a su estudiante, y dijo: «Tu, que afirmas que la gente creería en mí si yo reclamara ser un profeta, mira ahora y comprueba como la orden que te di, tu que has sido mi estudiante durante años y te has beneficiado de mis lecciones, no ha tenido el efecto de hacer que dejaras tu cama caliente para traerme un poco de agua. Pero este muecín que escuchas obedece estrictamente la orden dada hace 400 años por el Profeta. Él se levantó de su cama caliente, como cada mañana lo hacen otros cientos de miles, subidos hasta esta gran altura, y atestiguan la Unidad de Dios y Su Profeta. ¡Mira y observa qué grande la diferencia es! » El nombre del Profeta ha sido pronunciado cinco veces al día junto al de Dios durante 1.400 años por todo el mundo. |
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| Modificado el ( martes, 29 de mayo de 2007 ) |
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